'El pan que como' o la historia de España a través de la comida de cada época
El periodista y experto gastronómico Antonio H. Rodicio nos trae esta semana su experiencia con 'El pan que como', un libro que se rinde ante el esfuerzo, el mimo y el significado de la cocina de la España en blanco y negro
MadridPaloma Díaz-Mas ha inventado una singular máquina del tiempo: un artefacto que conecta nuestra existencia con la de nuestros abuelos. Un cordón umbilical que nutre la relación de lo que somos con los que fueron nuestros antepasados a través de lo que comieron, bebieron y cocinaron. Y del cómo vivieron. Es un libro que aúna el respeto, el esfuerzo, la tradición y el placer que encierra cada acto relacionado con la comida. Conviene decirlo pronto: El pan que como (Anagrama) es un libro que debería estudiarse, o al menos leerse, en los colegios. Evitaría que las nuevas generaciones de españoles crezcan creyendo que siempre fuimos, aun intermitentemente, un país de gustos y modos opulentos o que las vacas son esa cosa fileteada y envasada al vacío que venden a diez euros el kilo en los lineales de los supermercados.
Homenaje a las raíces
Es un homenaje a las raíces, al origen de un sociedad que se hizo fuerte en la adversidad y vadeó las carencias con imaginación, resignación y oficio de resistencia. Una instantánea de la España oculta de Cristina García Rodero, que no deja de ser lo que hoy llamamos la España vacía, aunque aquella España casi extinguida no lindaba solo con lo rural, su territorio era más ancho, penetraba directamente en el corazón de las ciudades, en las barriadas obreras de aluvión y en las cocinas de un país que peleaba por superar el blanco y negro en una finta definitiva al malditismo, el retraso histórico y el paternalismo de una dictadura espesa.
Una España sin blondas en la mesa pero con mucho fuego interior en los fogones, la auténtica argamasa familiar. Ni siquiera las “cátedras ambulantes” de la Sección Femenina de la Falange -con sus curas y sus bailes regionales girando por la meseta- y su apostolado a favor de que las señoritas de la época aprendieran a bordarlos impuso el uso diario del mantel en las mesas más populares. Ese era un privilegio burgués; en casa del pobre, solo se vestía la mesa en celebraciones especiales.