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Tablao y buena mesa: celebramos los 70 años del Corral de la Morería

Huerto cordobés, uno de los platos del Corral de la Morería. (Foto: cedida)
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El Corral de la Morería cumple setenta años y lo hace convertido ya en algo más importante que un tablao flamenco, más duradero incluso que un restaurante de prestigio o una referencia turística mundial. El Corral de la Morería es una catedral del duende que Manuel del Rey intuyó hace ya siete décadas y que hoy, como una lámpara milagrosa se resiste a la cordura de los tiempos, sigue encendiendo las noches de la villa. Es una forma de entender Madrid.

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Decía Manuel Martín Ferrand que “Madrid nunca pregunta de dónde vienes, sino qué estás dispuesto a vivir”. Y quizá ahí resida el secreto último de esta casa, en haber convertido cada velada en una experiencia irrepetible, en un pequeño viaje emocional donde el flamenco, el vino y la cocina dialogan como viejos amigos alrededor de una mesa.

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La Academia Madrileña de Gastronomía se reunió el pasado martes para celebrar este aniversario redondo, setenta años de hospitalidad y de pellizco, bajo el pretexto de un menú que era, en sí mismo, una declaración poética. No podía ser de otra manera en la casa que Blanca del Rey llenó de luz y de un baile que elevó el mantón a la categoría de misterio laico. Sus herederos, Juanma y Armando, custodian hoy esa llama sagrada, habiendo logrado lo más difícil: que la herencia no huela a museo, sino que siga conservando su más pura esencia. Una juerga flamenca conviviendo con la alta gastronomía.

La celebración en sí

El programa parecía escrito para recordar que el arte sigue siendo una verdad viva y no una reliquia. María Moreno y Yoel Vargas pusieron el baile; Miguel Soto “El Londro” y Pilar “La Gineta” llenaron la sobremesa de ese cante que parece venir de muy lejos, de patios antiguos, de tabernas encaladas y madrugadas insomnes; Daniel Mejía acarició la guitarra con esa delicadeza de quien sabe que en seis cuerdas cabe un país entero; y Roberto Jaén dejó en la percusión el pulso exacto de una tarde que latía.

Mientras tanto, la cocina de David García —uno de los cocineros más sensibles y personales de Madrid— construía un menú que parecía dialogar con cada palo flamenco. Una cocina de raíz y vuelo. De tradición interpretada desde la inteligencia contemporánea. Como si el chef entendiese que el duende también puede aparecer en un caldo, en un punto de brasa o en un vinagre viejo.

Todo comenzó con un pintxo de kokotxa crujiente, una miniatura perfecta, delicada y eléctrica. Después llegaron la langosta, la salsa Thermodor y el caviar, donde el lujo no aparecía como exhibición sino como armonía. Y enseguida esos guisantes de lágrima a la brasa con consomé de jamón ibérico, puro territorio español convertido en emoción liquida.

Hubo mejillones, vizcaína y encurtidos con el compás salino del norte; lubina al pil pil y limón, como una caricia elegante del Cantábrico; y un puchero flamenco que parecía resumir en un solo plato la memoria humilde y orgullosa de tantas cocinas familiares. El cénit llegó con un plato clásico: pichón con almendra y palo cortado que condensaba la esencia misma del tablao: umbrío, complejo, inolvidable.

El laberinto líquido de los jereces

Pero un plato en el Corral de la Morería está incompleto sin su reverso líquido. La bodega de esta casa es un tesoro único en el mundo, un mapa de venencias y botas olvidadas que escolta cada pase con una precisión casi mística.

La sinfonía de jereces de la jornada fue un recorrido por la historia de Andalucía: desde la frescura punzante de la Manzanilla Dios Baco y la Manzanilla Pasada Cigarrera, pasando por la limpia finura del Fino 2012 Williams & Humbert y el misterio del Amontillado Bota 69 Equipo Navazos.

El recorrido alcanzó notas de leyenda con el Palo Cortado Antique Fernando de Castilla Single Cask Corral de la Morería, embotellado en exclusiva para la casa, y se tornó crepuscular con joyas como la Bota Cero La Inglesa 200 años o el prodigioso Moscatel Toneles 100 años que acompañaban al dulce cierre del Tocino de Cielo con Vinagres Viejos y la tradicional Intxaursalsa.

Joaquín Merino escribió una vez que “Madrid posee el raro privilegio de convertir algunos lugares en costumbre del alma”. Y eso exactamente fue lo que sucedió en el Corral de la Morería. En estas siete décadas han cambiado los gobiernos, las modas, las músicas y hasta la forma de vivir la noche. Pero el Corral sigue ahí, resistiendo con elegancia el desgaste del tiempo. Como esos míticos cafés europeos donde todavía parece posible escuchar el eco de las conversaciones antiguas.

Y buena parte de esa permanencia se debe también a Blanca del Rey. Su figura atraviesa el Corral con la autoridad luminosa de las grandes damas del arte español. Su baile convirtió el mantón en una forma de poesía visual. Su inteligencia artística evitó que esta casa quedase detenida en el folclore o la nostalgia. Blanca entendió algo fundamental: que la tradición solo sobrevive cuando continúa respirando.

Y luego están sus hijos: Juanma y Armando del Rey que prolongan ese legado con una mezcla admirable de respeto y modernidad. Que han sabido conservar el alma sin congelarla. Y eso, en tiempos de imposturas rápidas y emociones fugaces, tiene mucho mérito. Al terminar, mientras aún resonaban algunos acordes y las últimas copas de amontillado dejaban en la boca esa melancolía elegante de los vinos eternos, tuvimos la sensación de haber asistido a algo más profundo que un almuerzo y un espectáculo. Fue una celebración de Madrid. De su memoria. De su capacidad infinita para seguir emocionando.

Setenta años después, el Corral de la Morería continúa encendido como un farol antiguo en mitad de la ciudad. Y quizá el verdadero lujo de nuestro tiempo sea precisamente ese: que todavía existan lugares capaces de recordarnos que el arte, la belleza y la emoción compartida siguen teniendo su propia morada.