Música

Noches del Botánico o el placer de cenar escuchando un concierto entre árboles

Las Noches del Botánico, una puerta secreta en medio del asfalto de Madrid.. Gastro Mediaset
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Cuando llega junio y Madrid se vuelve una hoguera lenta y las sombras buscan refugio bajo cualquier árbol, es entonces cuando aparecen Las Noches del Botánico, como si alguien hubiera abierto una puerta secreta en medio del asfalto. El Real Jardín Botánico Alfonso XIII se transforma pues en una pequeña república de la música, la conversación, la gastronomía y el paseo. Un año más, este ciclo musical que cumple ya una década, vuelve a demostrar por qué es el festival boutique por excelencia de la ciudad. Por qué ha logrado convertirse en uno de los acontecimientos culturales más singulares de Europa.

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Helados y cocina de barrio

Allí la noche comienza mucho antes del primer acorde. Empieza en el camino entre magnolios y acacias, en el rumor del agua y de las conversaciones que se cruzan entre desconocidos, en los puestos del Mercado del Encanto y, por supuesto, dejarse seducir por un espacio gastronómico que ha aprendido a afinar el oído, alcanzando así este año su madurez definitiva. Ya no es un simple paréntesis entre conciertos, sino otra forma de interpretar la velada. Se cena de pie, se brinda caminando, se comparte un bocado mientras el escenario aguarda. La oferta ya no es el mero acompañamiento de un festival, es un destino en sí mismo. A las propuestas ya consolidadas, se han sumado las nuevas incorporaciones de esta edición gastronómica : Marzeah y la heladería Toto.

La oferta de Marzeah es pura irreverencia y sabor, trasladando su concepto de cocina de barrio al formato festivalero. Sus bocados son una explosión —como ese icónico sándwich de oreja crujiente o sus particulares versiones de street food ilustrada— donde el picante, el punto ácido y las texturas canallas te vuelan la cabeza antes de la primera canción. Y para el broche de oro (o el intermedio perfecto), el oasis helado de Toto. Sus helados artesanalísimos son de una cremosidad insultante, elaborados con materia prima de una pureza brutal; tomarse una tarrina de su pistacho o de sus sorbetes de fruta de temporada bajo la sombra de la vegetación, mientras el sol se esconde tras la Ciudad Universitaria, aporta al recinto un aire de verbena elegante, de feria ilustrada, de plaza mayor contemporánea.

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Las Noches del Botánico nunca han sido sólo un festival de música. Son una forma de habitar la noche madrileña. Un modo de demorarse entre junio y julio.

La liturgia sentimental de Love of Lesbian

El día que fuimos se convirtió en pura catarsis. El escenario aguardaba a Love of Lesbian, una de esas bandas capaces de transformar un concierto en un viaje introspectivo y colectivo a la vez. La banda catalana no solo repasó sus grandes himnos, sino que tejió una atmósfera de complicidad con un público entregado que encuentra en sus letras un refugio contra las embestidas de la rutina diaria.

Santi Balmes y los suyos aparecieron en el escenario convertidos en algo más que una banda. En una especie de hermandad melódica. Sus canciones —esas que llevan más de dos décadas acompañando amores, rupturas, reconciliaciones y derrotas cotidianas— volvieron a funcionar como una conversación colectiva entre miles de personas. La gira Ejército de Salvación es, según los se propios protagonistas, un homenaje a la amistad y la lealtad. Y en el Botánico adquirió la dimensión de una despedida provisional, de un abrazo multitudinario antes del anunciado parón del grupo.

En la cercanía de este anfiteatro natural, este grupo desplegó un repertorio impecable donde no faltó la fuerza de La Hermandad ni, por supuesto, la irrupción de La Champions y el Mundial, un tema que resonó con especial gracia y complicidad, cómo no, en estos tiempos tan futboleros. La meteorología quiso sumarse tímidamente a la atmósfera de la noche, dejando caer unas breves gotas de lluvia que, lejos de enfriar los ánimos, añadieron una pátina de mística y épica al ambiente.

Uno de los momentos más espectaculares de la velada llegó con los acordes de Contradicción. Gracias a la magia de la tecnología, Rigoberta Bandini apareció en la gran pantalla posterior del escenario para marcarse un impresionante y vibrante dueto con Balmes, desatando la locura de los asistentes.

Pero más allá de la música y la tecnología, también hubo espacio para la reflexión profunda y el compromiso. En un momento del concierto, Santi Balmes se dirigió al público para recordar que el arte, aunque a veces no se quiera, siempre está comprometido con la política. Desde el escenario, el líder de la banda lanzó una proclama que resonó con fuerza entre los árboles del Botánico al cruzar tres conceptos que, según él, son radicalmente incompatibles: inteligencia, honradez y fascismo. "Si eres inteligente y fascista, difícilmente serás honrado. Si eres honrado y fascista, por fuerza no serás inteligente. Y si eres inteligente y honrado, no serás fascista", sentenció, arrancando una de las ovaciones más encendidas de la noche.

Las crónicas hablaron de una “trinchera sentimental”. La expresión es exacta. Pocas bandas españolas han sabido retratar mejor la fragilidad contemporánea. Sus canciones hablan de quienes intentan sobrevivir a la incertidumbre con ironía, belleza y algo de melancolía. El público no escuchaba simplemente las canciones, las coreaba, las habitaba.

A mi alrededor había gente cantando con los ojos cerrados. Otros se abrazaban. Algunos sonreían al reconocer versos que probablemente les habían acompañado durante media vida. Y pensé que eso es lo que diferencia a ciertos artistas de los meramente exitosos: que terminan formando parte de la biografía de quienes los escuchan.

Un corazón vegetal en Madrid

En una ocasión escribió el poeta José Mateos que "la felicidad no hace ruido". Tal vez por eso el momento más hermoso de la noche fue observar cómo miles de personas compartían un mismo estado de ánimo bajo los árboles iluminados del jardín.

El Botánico tiene algo que ningún otro recinto posee: allí la música dialoga con el paisaje. Las canciones ascienden hacia las copas de los árboles, las luces se filtran entre las ramas y Madrid desaparece durante unas horas detrás de un muro vegetal. Uno sabe que la Castellana, Moncloa o Princesa siguen ahí, a pocos minutos. Pero dejan de importar.

En algún momento de la noche, mientras terminábamos un vino y la multitud comenzaba a abandonar lentamente el recinto, recordé una frase del artista, Ramón Gaya: “La cultura no consiste en añadir, sino en quitar lo que sobra”.

Ese el secreto de las Noches del Botánico. Quitar el ruido. Quitar la prisa. Quitar la urgencia. Y dejar únicamente lo esencial: unos árboles, unas canciones, una copa compartida, un paseo bajo las estrellas y la certeza de que Madrid, cuando quiere, también sabe meterse en un jardín.