Pinchos a la brasa, toque japonés y música en vinilo: el restaurante más indie de Las Negras

Entrevistamos a Leandro Moschner, uno de los socios de La Polacra, un pequeño local con terraza frente a la playa de Las Negras con identidad propia
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Los viajeros que eligen el Cabo de Gata para disfrutar del verano siempre tienen en su lista de destinos imprescindibles una visita a la impresionante playa de Las Negras. Allí, en su coqueto paseo marítimo, se encontrarán con uno de los bares con más personalidad de la zona, se llama La Polacra y en solo un año ha conseguido fama entre los locales, los turistas "perdidos" y también entre los 'foodies' que se preocupan por investigar qué sitios merecen la pena probar durante su estancia.

El delicioso aroma del pescado a la brasa, los cócteles en la terraza frente al mar, la bandera de Japón y la música en vinilo que invade la zona se convierten en atractivos elementos que han llevado a La Polacra a ser el nuevo sitio de moda del Cabo de Gata. La Polacra funciona (y muy bien) sin demasiadas normas, con una carta cambiante, con el espíritu del viento de la zona, una cocina que casi no cierra y con el firme propósito de ir dejando su impronta en cada momento del año de este increíble rincón del sur de España. 'Gastro' ha entrevistado a Leandro Moschner, uno de sus socios fundadores, para conocer la filosofía que engancha a todo el que entra.
Para alguien que no haya estado, cuéntanos: ¿cómo es, qué ves y qué se siente si te sientas en la puerta de La Polacra?
Lo primero que ves es el mar. Y eso parece una obviedad, pero en La Polacra es realmente lo primero. Estás sentado prácticamente encima del Mediterráneo, en ese pequeño paseo de Las Negras, con la playa de piedras delante y el cerro negro de origen volcánico al fondo. Es un paisaje muy particular de Cabo de Gata: seco, mineral, casi lunar por momentos, y al mismo tiempo con ese mar tan azul que lo cambia todo. Y luego está el viento, que aquí también forma parte de la experiencia. El olor a mar, el salitre, el sonido de las olas… y, de repente, el olor de las brasas. Creo que esa mezcla es muy La Polacra.
Hay además una cosa curiosa: cuando llegas, ves la bandera de Japón, la lámpara roja, la fachada blanca… y probablemente te preguntas qué pinta Japón aquí. Y después entiendes que todo tiene sentido. No queríamos hacer un sitio temático ni disfrazar Cabo de Gata de otra cosa, sino mezclar referencias que nos gustan con el lugar en el que estamos. Para mí, La Polacra tiene algo que es difícil de explicar si no estás allí: no necesitas que pase nada. Puedes estar tomando una cerveza, un vino o un cóctel mirando el mar y ya tienes el espectáculo delante. Y luego está el atardecer, claro. Hay días en los que la luz hace que todo parezca una película.

¿Cómo surgió la idea de La Polacra junto a tu socio y cómo llegasteis a este concepto de cocina con brasas de eucalipto, ese toque de Japón, las tapas frías, los cócteles…?
La historia es bastante menos planificada de lo que parece. El proyecto llevaba tiempo rondando, porque en 2023 el propietario de la casa nos propuso montar algo allí. Mi primera reacción fue decir que no. Ya tenía bastante lío con Samambar y la idea de meterse en una obra, conseguir licencias y montar otro negocio en primera línea de playa daba bastante respeto. De hecho, el proyecto estuvo más de dos años dando vueltas. Y entonces apareció Gonzalo.
Él conocía Samambar y venía del mundo de la coctelería en Madrid, donde tenía José Alfredo. A finales de 2024 hablamos del proyecto y le enseñé el local. Le di las llaves y le dije, básicamente, que se lo pensara. Dos días después ya había algo diferente en el ambiente. Él vio el sitio, vio las posibilidades y me dijo que sí, pero con una condición: que lo hiciéramos juntos. Y ahí empezó realmente La Polacra. La idea tampoco fue sentarnos delante de un papel y decir: “Vamos a hacer cocina japonesa con brasas, tapas y cócteles”. Fue más bien juntar nuestras obsesiones. A Gonzalo le apasiona la coctelería, la música, los vinilos… y a mí me interesaba mucho que el sitio tuviera una cocina muy informal, muy de aquí, pero con libertad para salirnos de lo habitual.
Japón aparece por una cuestión de afinidad con esa forma de cocinar sobre brasas, especialmente el concepto del yakitori. Y Brasil aparece también de una manera muy natural con Macaxeira, nuestra cocinera, que aporta su propia cultura gastronómica. Y Cabo de Gata es el elemento que termina de unirlo todo. No queríamos hacer un restaurante japonés, ni brasileño, ni un bar de cócteles al uso. Queríamos hacer La Polacra.
¿Qué se pone en esas brasas?
Las brasas son una de las columnas vertebrales de la cocina. Trabajamos con una idea muy sencilla: producto, fuego y poco más. Utilizamos eucalipto para las brasas y hacemos una especie de yakitori a nuestra manera, con pinchos que van cambiando. Y ahí es donde entra algo que para nosotros es fundamental: no queremos tener una lista cerrada de “estos son los diez pinchos que hay siempre”. Tenemos una pizarra y el producto manda. Puede aparecer pescado salvaje de la zona —rape, jibia, salmonete…— y también carne o verduras. El pescadero Antonio Piedra, de Campohermoso, nos suministra buena parte del pescado, y según lo que haya ese día, la carta de brasas cambia.
Eso hace que venir un día y volver una semana después no sea necesariamente la misma experiencia. Y me gusta también que las brasas no tengan que ser sinónimo de alta cocina. Aquí puede convivir un pincho de pescado con una hamburguesa o un choripán. La filosofía es bastante democrática: puedes venir expresamente a comer un buen pescado a la brasa o puedes estar tomando una caña, pedir un pincho y seguir con tu día. No queremos que la cocina sea una barrera.

Háblame de los platos que tienen más éxito...
Hay platos que se han convertido rápidamente en clásicos, como la hamburguesa, el choripán, la picanha curada o la ensaladilla de gamba roja. Y luego están los pequeños bocados que funcionan especialmente bien para compartir: la focaccia, la gilda, los salazones… Pero creo que lo más interesante es precisamente esa mezcla. Puedes tener una mesa con alguien comiendo un pincho de pescado de la pizarra, otra con una hamburguesa, otra tomando un cóctel y alguien simplemente picando una gilda con una copa de vino. Eso es muy La Polacra.
Y después están los salgadinhos de Macaxeira, que son una pequeña ventana a Brasil. Son como unas croquetas, pero sin bechamel, rellenas de pollo y queso. Es de esas cosas que pruebas y dices: “¿Por qué no había comido esto antes?”. También nos gusta mucho jugar con los postres. Tenemos, por ejemplo, un flan de hoja de higuera, que tiene muchísimo sentido en este paisaje, y una tarta de queso payoyo. La carta cambia porque el mercado manda, pero también porque nosotros nos aburrimos. No nos interesa montar una carta enorme y dejarla congelada durante todo el verano. Preferimos tener menos cosas, hacerlas bien y poder cambiar.
La coctelería vive un gran momento, ¿cómo planteáis vuestra carta?
Aquí Gonzalo tiene muchísimo que decir. La coctelería no está puesta como un complemento de la comida, sino como una parte importante de la experiencia. Queríamos que alguien pudiera venir a La Polacra exclusivamente a tomarse un cóctel. Y hacerlo a las cinco de la tarde, a las ocho o después de cenar. La carta intenta tener clásicos, pero también cócteles propios y combinaciones que tengan personalidad. Y sobre todo que funcionen con el entorno. No queremos una coctelería solemne, de estar sentado dos horas estudiando una carta. Queremos que sea divertida y accesible.
Tenemos alrededor de una docena de cócteles y uno de los que más representa el sitio es La Polacra, con mezcal, licor de chipotle, lima y jengibre. Tiene ese punto ahumado, picante, fresco… que, curiosamente, funciona muy bien con el ambiente de aquí. Y luego está el momento. Hay cócteles que saben diferentes viendo el mar al atardecer que dentro de una coctelería en Madrid. Eso también forma parte de la receta.

Tuvisteis que reformar una casa antigua en primera línea de playa. ¿Cómo se convirtió ese espacio en La Polacra?
Aquí tuvimos una premisa muy clara: tocar lo menos posible lo que ya funcionaba. La casa necesitaba una reforma importante y en mayo nos metimos de lleno. Tiramos paredes, abrimos el espacio, colocamos la barra… pero el exterior quisimos conservarlo prácticamente tal cual. Porque cuando tienes una casa en primera línea de playa en Las Negras, el peor error sería intentar competir con lo que tienes delante.
El lujo ya estaba allí. El mar, la montaña, el viento, la luz… todo eso no se puede mejorar. Lo que teníamos que hacer era construir un lugar que acompañara al paisaje. Por eso hay elementos muy sencillos: blanco, madera, la lámpara roja, la bandera japonesa… y mucha importancia a la terraza. La lámpara roja es también un guiño que compartimos con Samambar. Y la bandera de Japón terminó convirtiéndose en una especie de símbolo. Es curioso porque desde fuera parece que llevamos toda la vida allí, pero hace poco más de un año aquello todavía era una casa.
La Bodeguiya y La Galería del Mar son los bares vecinos del paseo de toda la vida. ¿Qué aporta La Polacra que la diferencia de estos?
Yo creo que lo bonito es que no intentamos sustituir a nadie. La Bodeguiya y La Galería del Mar forman parte de la historia de Las Negras y tienen una relación con el pueblo que nosotros todavía tenemos que ganarnos. Ellos son parte del paisaje desde hace mucho tiempo. Nosotros llegamos con otra propuesta. La Polacra mezcla cocina de brasas, producto del mar, una parte de inspiración japonesa y brasileña, coctelería, vinos naturales y vinilos. Es un sitio que puede funcionar desde el aperitivo hasta la noche. Pero tampoco queremos que todo parezca demasiado pensado. Una de las cosas que más nos gustan de Las Negras es precisamente esa libertad de ir de un sitio a otro.
Puedes empezar en un bar tomando una cerveza, venir aquí a comer algo, acabar con un cóctel y seguir paseando. Creo que el paseo funciona mejor porque existen propuestas diferentes, no porque todos hagamos lo mismo.

Y la música… en vinilo. ¿Por qué? ¿Qué estilo de música suena especialmente este verano?
Lo del vinilo tiene bastante que ver con Gonzalo y con su manera de entender un bar. Para nosotros la música no es simplemente “música ambiente”. Forma parte de lo que estás viviendo. Hay algo muy especial en poner un vinilo: eliges un disco, lo colocas, bajas la aguja y sabes que durante un rato vas a escuchar ese disco. Tiene un componente físico y humano que se ha perdido un poco con las listas infinitas. Además, el sonido del vinilo encaja muchísimo con el sitio. Hay algo de escuchar un disco entero mientras cae el sol, con el mar delante, que tiene mucho sentido.
En cuanto a estilos, no queremos encasillarnos. Hay soul, funk, rock, música brasileña, sonidos setenteros, cosas más tropicales… y también música que simplemente nos gusta y que creemos que funciona en ese momento. Y esa es una de las claves: no es lo mismo pinchar música a las cuatro de la tarde que cuando empieza a caer el sol o cuando ya es de noche. El disco que más suena este verano es 'Blackbird' de la banda de Nueva Zelanda Fat Freddy's Drop y su canción 'Blackbird'.
La Polacra ya tiene un año, ¿cómo ha ido cambiando desde entonces y en qué os ha sorprendido la clientela?
Abrimos en el verano de 2025, así que este verano de 2026 estamos celebrando nuestro primer año. Y ha cambiado muchísimo. Sobre todo, porque al principio crees que tienes clarísimo lo que va a ser el sitio y después llegan los clientes y te explican, sin decirte nada, lo que realmente es. Una de las cosas que más nos ha sorprendido es la capacidad de La Polacra para generar clientes habituales muy rápido. Gente que viene, vuelve, trae amigos, vuelve a traer a otros amigos… Eso para nosotros es la señal más importante.
También nos ha sorprendido que la gente no entiende La Polacra como un sitio exclusivamente para comer. Vienen a tomar un cóctel, una cerveza, un pincho, una hamburguesa, un vino… y muchas veces acaban quedándose mucho más tiempo del que habían pensado. De hecho, una de las frases que más resume este primer año es que “la gente no nos deja cerrar por la noche”. Y, sinceramente, es un problema que nos encanta tener.

¿Cómo es la filosofía de La Polacra? Horarios, reservas, tipos de mesas...
La filosofía es que aquí puedas venir casi a cualquier hora y que no tengas que cumplir un protocolo. Queremos que puedas venir a comer, a picar, a beber o simplemente a estar. La cocina está abierta prácticamente durante todo el día y el horario publicado actualmente ronda desde las 13:00 hasta la 1:00, aunque en verano estas cosas pueden ir adaptándose al ritmo del pueblo y de la temporada.
Tenemos una terraza con alrededor de doce mesas y capacidad para unas dieciséis personas dentro. Es un sitio pequeño y eso también forma parte de su encanto. No queremos convertirlo en un restaurante enorme. En cuanto a las reservas, la idea es mantener cierta flexibilidad. En temporada alta hay mucha demanda, especialmente en determinadas horas, pero también nos gusta que alguien pueda aparecer, sentarse, tomarse algo y dejarse llevar. Al final, La Polacra es más bar que restaurante en el sentido clásico. Y esa libertad nos interesa muchísimo.
¿Por qué La Polacra? Danos un consejo para disfrutar de esa cala virgen como un local.
Porque La Polacra no es solamente el nombre del bar. Es un lugar de Cabo de Gata. Y si vienes hasta aquí, mi consejo es que no tengas prisa. No intentaría hacer diez playas, tres restaurantes y cuatro miradores en un día. Este paisaje funciona mejor cuando bajas el ritmo. La cala de La Polacra es una de esas zonas aisladas del Parque Natural, con un acceso complicado y muy poca afluencia. Y precisamente por eso hay que tratarla con muchísimo respeto. Si quieres disfrutarla como un local, madruga, ve preparado para caminar, lleva agua, no dejes absolutamente nada y, sobre todo, no intentes domesticar el sitio. Cabo de Gata tiene una cosa maravillosa: todavía hay lugares que parecen estar fuera del tiempo. Y después puedes terminar el día en Las Negras, sentarte delante del mar, pedir algo de comer y ver cómo cambia la luz. Ese sería mi plan perfecto.

¿Cómo son vuestros clientes?
Tenemos una mezcla muy bonita. Hay mucho turismo, evidentemente, porque Las Negras y Cabo de Gata tienen una capacidad de atracción enorme durante el verano. Pero también tenemos cada vez más gente de la zona. Y eso es lo que más nos gusta. El turista puede venir una vez y descubrirnos, pero cuando alguien que vive cerca vuelve una y otra vez, significa que el sitio está consiguiendo algo más que una buena ubicación. Además, hay una mezcla generacional bastante interesante. Gente que viene por la comida, otros por los cócteles, otros por la música y otros simplemente porque les han hablado del sitio. Y luego está el fenómeno de “te traigo a alguien”. Eso ha sido muy importante durante este primer año. Un cliente viene, le gusta y vuelve con amigos. Y así el sitio empieza a crecer de una forma muy orgánica.
¿Vive La Polacra más allá del verano del Cabo de Gata? ¿Cambia en algo?
Sí, y de hecho creo que es una de las cosas que más nos apetecía descubrir. El verano en Cabo de Gata tiene una energía brutal, pero el parque cambia completamente cuando baja la temporada. Hay menos gente, cambia la luz, hace otro tiempo, los pueblos recuperan otro ritmo… y La Polacra también tiene que adaptarse a eso. No queremos que sea un sitio construido exclusivamente para julio y agosto. La idea es que la propuesta siga teniendo sentido fuera del verano, aunque probablemente cambien horarios, ritmo y parte de la oferta. El producto también cambia y eso nos interesa mucho.
En invierno, por ejemplo, tiene mucho sentido pensar en una cocina más recogida, más de temporada, y aprovechar esa sensación de estar frente al mar cuando prácticamente no hay nadie. Cabo de Gata fuera del verano tiene algo muy especial. Es más silencioso, más salvaje y más íntimo. Y creo que La Polacra puede contar también esa versión del lugar.

¿Cómo convive esto con tu otro negocio, Samambar, y en qué se diferencian?
Samambar y La Polacra son dos hijos bastante diferentes. Samambar está en Rodalquilar y tiene una vocación más gastronómica, más de sentarse a comer y dejarse llevar por una propuesta de cocina más elaborada. La Polacra es mucho más informal. Aquí hay brasas, pinchos, hamburguesas, cócteles, vinos, música, gente entrando y saliendo… y puedes venir simplemente a tomar algo. Pero las dos comparten una cosa fundamental: el territorio.
No tendría sentido hacer en Las Negras una copia de Samambar. Ni tendría sentido llevar La Polacra a Rodalquilar. Cada sitio tiene su personalidad. Samambar tiene esa relación con el pueblo, con el paisaje de Rodalquilar y con una experiencia gastronómica más pausada. La Polacra tiene el mar delante, el paseo, las brasas, los vinilos y esa sensación de estar en un bar de costa, pero con nuestra propia manera de hacer las cosas. Y también hay una cosa bonita: los dos proyectos se retroalimentan.
Hay gente que conoce Samambar y viene a La Polacra, y gente que descubre La Polacra y después acaba en Samambar. No los entendemos como competencia entre ellos, sino como dos formas diferentes de disfrutar del mismo territorio. Al final, creo que eso es lo que buscamos: que la gente venga a Cabo de Gata y no solo venga a comer a nuestros sitios, sino que se enamore un poco del lugar. Porque el verdadero protagonista de todo esto no somos nosotros. Es Cabo de Gata.
