Vinoteca

El Barrio de la Estación viaja de Haro a Madrid: una nueva manera de entender el vino y la hospitalidad

Asistentes a una Cata del Barrio de la Estación. (Barrio Estación magazine)
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Basta pronunciar el nombre de El Barrio de la Estación para que la memoria nos traiga el silbido de una locomotora antigua, imaginar el humo sobre los tejados, las mercancías aguardando en los andenes y las barricas iniciando un viaje hacia Burdeos, Bilbao o cualquier confín donde el vino supiera encontrar conversación y mesa.

Más de un siglo después, aquel tren ha vuelto a ponerse en marcha. Esta vez no transportaba barricas, sino una idea. El Barrio de la Estación aterrizó en Madrid para presentar su nueva etapa y anunciar al mundo que aquel extraordinario enclave de Haro ya no quiere ser contemplado solamente como una reunión de bodegas históricas, sino como un destino completo, un territorio donde vino, gastronomía, arquitectura, paisaje, cultura y hospitalidad forman parte de una misma experiencia.

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La nueva divisa se resume en cuatro palabras: Tu Mundo es el Barrio. Una declaración que parece sencilla, pero contiene una ambición considerable. Porque no se trata únicamente de llevar el vino de Rioja al mundo, algo que estas casas llevan haciendo desde hace generaciones, sino de conseguir que el mundo viaje hasta Rioja, cruce las vías, camine entre sus piedras doradas, descienda a los calados y descubra que dentro de cada botella duerme también un lugar.

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Madrid recibió así un convoy procedente de Haro. No llegó a Atocha ni a Chamartín, aunque traía consigo todo el imaginario del ferrocarril: la promesa de partir, la emoción de llegar y esa melancolía leve que siempre dejan los trenes cuando abandonan un andén. En sus vagones figuraban seis nombres que explican una parte fundamental de la historia del vino español: CVNE, Gómez Cruzado, La Rioja Alta S.A., Bodegas BilbaínasViña Pomal, Muga y RODA.

Seis bodegas y seis personalidades. Podrían escucharse como un sexteto de cámara en el que cada instrumento conserva su timbre, pero acepta la disciplina de una partitura común. Hay en ellas violonchelos graves de madera, tiempo y penumbra; violines que afinan la fruta y la frescura; violas de serena elegancia, y también algún clarinete que introduce una nota más contemporánea. Ninguna renuncia a su voz. Precisamente por eso el conjunto posee armonía.

Seis maneras de interpretar Rioja

En la presentación madrileña, Alex de Aranzabal, nuevo presidente de la Asociación del Barrio de la Estación, explicó esa voluntad de ensanchar el relato. El vino seguirá siendo el corazón y la razón de ser del proyecto, pero alrededor de él late un mundo más amplio: el patrimonio, la historia, la cocina, el paisaje, la cultura y una hospitalidad nacida del territorio. Roberto Puras, coordinador de la asociación, abundó en esa idea: el Barrio está vivo todos los días del año y quiere convertirse en la puerta de entrada a una forma diferente de viajar.

En realidad, los grandes vinos siempre han sido una forma de viaje. Proust necesitó una magdalena para regresar a Combray; a Rioja le basta, a veces, el aroma de un tempranillo para devolvernos a una bodega en penumbra, a una sobremesa familiar o a aquel primer vino que nos enseñó que beber podía ser también recordar. Las copas tienen sus propios pasadizos secretos. Uno entra en ellas por el aroma y sale, quién sabe cómo, en un paisaje. El de Haro está escrito con viñedos, montañas y riberas. El Ebro pasa cerca con esa gravedad de los ríos que parecen saber más de nosotros que nosotros mismos. Las fachadas conservan la nobleza industrial del siglo XIX y bajo sus calles se extiende otra ciudad: la de los calados, las barricas y el silencio. Allí abajo, el tiempo no corre; madura.

Rilke escribió que la verdadera patria del hombre es la infancia. Para muchos aficionados al vino, alguna parte de esa patria sentimental se encuentra también en una bodega: en el olor de la madera húmeda, en la luz escasa, en la paciencia de las botellas cubiertas de polvo. El Barrio de la Estación ha comprendido que ese patrimonio invisible, la emoción que producen los lugares auténticos, posee hoy tanto valor como aquello que puede medirse o embotellarse.

Su propuesta va más allá de la visita y la cata. Haro cuenta ya con un ecosistema gastronómico y hotelero capaz de prolongar la estancia. En el corazón de la ciudad resplandece Nublo; en el entorno aguardan Echaurren y Venta Moncalvillo; y la apertura de El Palacio de los Ángeles, primer hotel de cinco estrellas de Haro, con los hermanos Echapresto al frente de la propuesta gastronómica de La Ventilla, añade una nueva razón para ir, para quedarse. A ello se suman las casas de cocina riojana, los wine bars de las bodegas, los recorridos por los viñedos y ese placer, cada vez más raro, de caminar sin prisa por un lugar que no necesita disfrazarse para seducirnos.

El Barrio propone, en definitiva, cambiar la velocidad. Frente al turismo que colecciona lugares con la ansiedad de quien marca casillas, ofrece una experiencia que exige tempo. Como en el segundo movimiento del Concierto para clarinete de Mozart, lo esencial sucede despacio. Hay que permitir que el paisaje entre, que la conversación se acomode, que el vino se abra y que la tarde encuentre por sí sola la manera de demorarse.

El proyecto nace, además, de algo infrecuente y valioso: la colaboración. Seis empresas centenarias, distintas y en algunos casos competidoras, entienden que el territorio crece cuando se interpreta como una obra común. Cada bodega conserva su carácter, pero todas comparten el bajo continuo de la excelencia. Bach sabía que sobre una estructura firme podían levantarse infinitas variaciones. Esta Asociación posee esa estructura: historia, vino, arquitectura y paisaje; y quiere desplegar sobre ella nuevas maneras de vivir la experiencia.

La Cata del Barrio de la Estación, celebrada cada dos años, fue quizá el primer gran ensayo general. Sus reconocimientos nacionales e internacionales confirmaron que aquel conjunto de bodegas podía convertirse en una referencia mundial del enoturismo. Después llegaron los tours, el pasaporte común y las experiencias particulares de cada casa. La nueva campaña ordena todas esas voces y les proporciona un horizonte: transformar el Barrio en un destino internacional abierto durante todo el año.

La aspiración, como resumió Alex de Aranzabal, es que el viajero llegue atraído por el vino, pero se quede y regrese por todo lo demás. Ahí reside la diferencia entre visitar un lugar y pertenecer un poco a él. El visitante llega con una reserva y se marcha con un recuerdo; acude buscando una etiqueta y acaba encontrando un paisaje; cree que ha ido a catar un vino y descubre que ha bebido tiempo.

Madrid fue la estación elegida para anunciar esa partida. Tal vez porque todas las grandes capitales necesitan que, de vez en cuando, alguien les recuerde que existe otra medida de las horas. Frente a la prisa urbana, Haro propone el compás de la viña; frente al ruido, la acústica grave de los calados; frente a lo instantáneo, la paciencia de una barrica que no entiende de urgencias.

El tren vuelve ahora hacia el norte. Al otro lado de sus ventanillas van apareciendo las llanuras, las montañas, el cauce del Ebro y, finalmente, las viejas bodegas reunidas junto a las vías. Podría sonar entonces el comienzo de la Pastoral de Beethoven: primero el rumor del viaje, luego la llegada gozosa al campo y, al final, esa gratitud serena que dejan los paisajes cuando sentimos que hemos regresado a un lugar que, aun sin conocerlo, ya nos estaba esperando.

El mundo puede ser inmenso, pero a veces cabe en un barrio. Y ese barrio, cuando el vino afina la memoria y el tiempo levanta la batuta, puede contener, como decía Vicente Risco, el mundo entero.