Vinos

La fiesta gastro de Meaño: mucho más que vinos y bateas

Fiesta del vino en Meaño
En Meaño, Pontevedra, hay una forma distinta de medir el tiempo. Gastro Mediaset
Compartir

En Meaño (Pontevedra) hay una forma distinta de medir el tiempo: las viñas bajan hacia el mar como si quisieran mojarse los pies en la ría; las parroquias todavía conservan esa dimensión doméstica de Galicia en la que una casa, una mesa y una conversación pueden explicar mejor un territorio que cualquier guía viajera.

El periodista Alberto Barciela ha recuperado hace unos días una expresión hermosa de Ramón Otero Pedrayo para definir Galicia: “conciencia original”. Algo de eso hay en Meaño. Una manera de pertenecer al mundo sin dejar de pertenecer a la aldea; de conservar la memoria y, al mismo tiempo, abrir las ventanas.

PUEDE INTERESARTE
En Meaño (Pontevedra) hay una forma distinta de medir el tiempo

Fuimos para celebrar la Fiesta del Vino y terminamos celebrando algo bastante más difícil de organizar: la amistad. Galicia, como escribió García Márquez después de mirarla con ojos de colombiano asombrado, pertenece a ese territorio misterioso donde “cos galegos xa se sabe que nunca se sabe”. Mejor así.

PUEDE INTERESARTE

Viernes: Lagüiña, la taberna ilustrada

Todo comenzó el viernes en esa especie de taberna de Edu Camiña e Iraia Mendizábal, uno de esos lugares donde parece que la sobremesa estuviese incluida en el menú, donde el producto humilde se convierte en un recital de identidad local. Una taberna ilustrada no necesita biblioteca. Le basta una buena tortilla, una botella abierta y alguien que sepa escuchar.

Cena en Meaño

La cena tuvo la exactitud de las cosas sencillas cuando están bien hechas, fue un goteo constante de autenticidad: jurelitos en escabeche, pequeños y brillantes, con esa acidez que despierta el apetito; tortilla, de las que obligan a discutir educadamente sobre el punto del huevo; tomate de su huerta, porque en julio un buen tomate debería ser considerado una categoría gastronómica propia; berberechos, croquetas y, finalmente, un chorizo asado espectacular, fragante y primitivo, como si alrededor de aquella fuente regresásemos por unos minutos a una Galicia anterior a las espumas, las pinzas y los menús degustación. Una cena sin arquitecturas y, precisamente por eso, perfectamente construida.

Las botellas de vino (cosa de Rodri Méndez y el propio Edu), fueron poniendo los acentos a la conversación. Cuatro vinos, cuatro paisajes y esa feliz costumbre de beber sin convertir la mesa en una sala de examen.

Comenzamos con Roulot Bourgogne 2023. Decir Roulot es pronunciar uno de esos apellidos que han conseguido que la Borgoña parezca todavía más pequeña. El vino tiene esa precisión que engaña por sencilla: cítrico, piedra, fruta blanca apenas madura, tensión y una especie de transparencia que permite verlo todo sin que nada sobresalga. No necesita volumen porque tiene dirección. Joven todavía, naturalmente, pero ya con esa cualidad de los buenos Roulot: parece más un lugar que un chardonnay. Entra afilado y termina largo, dejando la boca limpia y la botella peligrosamente vacía.

Cena en Meaño

Después apareció Lapola 2010, y con él Galicia cambió de paisaje. Un blanco de Ribeira Sacra al que los años han sentado como le sienta el otoño a una casa de piedra. Ya no importa tanto reconocer fruta como descubrir lo que el tiempo ha hecho con ella: cera, hierbas secas, infusión, piedra mojada, alguna nota de fruto seco y una acidez que sigue sosteniendo el edificio. Quince años después, continúa vivo y conversador. Un vino que ya no habla de juventud sino de memoria, y que demuestra cuánto nos hemos equivocado durante años bebiendo demasiado pronto algunos grandes blancos gallegos.

El Albert Grivault Meursault Clos des Perrières 2017 puso solemnidad sin ponerse solemne. Meursault, sí, pero sin mantequillas ni opulencias de guardarropa antiguo. Hay profundidad, volumen y una textura envolvente, pero también nervio, caliza y frescura. Avellana apenas insinuada, cítricos maduros, humo, piedra. Todo aparece y desaparece sin necesidad de un pronunciamiento agudo. Tiene esa rara virtud de los grandes borgoñas: cuanto más se ensancha, menos pesa. El 2017 empieza a mostrar ya la serenidad de quien ha dejado atrás la adolescencia pero conserva intacta la curiosidad.

Fiesta del vino en Meaño

Después de dos Borgoñas y un gallego con quince años a sus espaldas, podría parecer una temeridad otro vino de añada reciente. No lo fue. Fue una declaración.

La Muria 2024 apareció joven, fragante, atlántico, con esa sensación de vino todavía lleno de mañana. Fruta limpia, flores, hierbas, frescura y una textura que huye de cualquier artificio. Tiene nervio pero no aristas; ligereza, pero no levedad. Un vino que no quiere parecerse a ningún grande porque está ocupado intentando parecerse al lugar del que viene. Y acaso ahí empiece todo.

Roulot, Lapola, Grivault, La Muria. Borgoña, Galicia y lo más alto del Bierzo mirándose de reojo sobre una mesa. Hay una Galicia que sucede todavía alrededor de una mesa. Cunqueiro lo sabía. También Valle-Inclán, que convirtió pazos, aldeas, caminos, campanas y conversaciones en una geografía literaria.

Aquí la comida conserva todavía algo narrativo: antes de probarla, alguien cuenta de dónde viene; después de terminarla, alguien recuerda cómo se hacía. El vino hace el resto. Y de esta manera Meaño y Carlos Viéitez, su alcalde, empezaban a hacer lo suyo.

Camarones en Meaño

Villa Lores: una casa que recuerda

La mañana del sábado comenzó en la recién inaugurada Villa Lores, en la parroquia de Lores. Una preciosa casa noble gallega recuperada como alojamiento rural, rodeada de ese paisaje del Salnés donde el granito, las hortensias, las viñas y los caminos estrechos parecen haberse puesto de acuerdo para conservar una cierta idea de belleza.

Villa Lores ha acudido al rescate de la historia, la de una casa noble en donde la vida vivía sin disfrazarse. La recuperación la han procurado conservando la dignidad de lo antiguo y aceptando la comodidad contemporánea. Esa es también la Galicia de hoy: no convertir la tradición en una vitrina, sino hacerla habitable. A veces, viajar también consiste en dormir dentro de una historia.

El Nuevo Sandía o la mística de lo cotidiano

Si tuviera que escoger una imagen para resumir aquel sábado sería la cubierta del Nuevo Sandía avanzando entre las bateas. Íbamos de la mano de Óscar Otero Padín y su padre (jubilado hace ya algunos años), dos hombres que conocen aquel mar con la naturalidad con la que otros conocemos el pasillo de nuestra casa.

El nuevo Sandía

Tito Fariña había traído ostras. Rizadas y planas. Magníficas ambas. Las primeras, carnosas, salinas, exuberantes; las segundas, más delicadas y profundas, con esa elegancia mineral capaz de guardar en unos centímetros de concha la memoria de una ría. Rodri puso la otra mitad del paisaje descorchando botellas de Skecht que duermen su sueño marino a unos doce metros de profundidad.

Estos vinos no acompañan al mar: son parte de él. Albariños tensos, sin maquillaje, con la fruta en segundo plano y una salinidad que parece haberse adherido al cristal durante la travesía. Vinos que tienen el descaro de pronunciarse para decir de dónde vienen. Piedra, humedad, acidez, brisa. El Salnés convertido en líquido.

El resto de la tripulación la componíamos: Xosé Portas, el sanctasanctórum de Discarlux, y Marilo; Patricia, Merche, Amparo, Jaime, Carlos Sobera y un servidor. Allí, en medio de la ría, entre las bateas, sucedió “la mística de lo cotidiano”, otra vez Barciela.

Mejillones, ostras. dos o tres botellas; el mar, los amigos… Nada extraordinario. Esa es una de las grandes habilidades gallegas: hacer de la normalidad un privilegio sin la necesidad de anunciarlo.

Comer dentro del vino

Regresamos a tierra para comer en la recién inaugurada bodega de Rodri Méndez, uno de esos hombres que han contribuido decisivamente a escribir el albariño contemporáneo sin cortar jamás el hilo que lo une a sus mayores.

Nos esperaba Ari, su mujer (la ternura personificada), con esa manera de lanzar la hospitalidad más lejos del recibimiento cordial y que encima se había preparado un pollo casero espectacular. Antes llegaron unos camarones, un salpicón de bogavante y una empanada de vieiras elaboradas por el restaurante Posta do Sol de Cambados que eran algo fuera de lo normal, de esas viandas que consiguen que alrededor de la mesa se produzca durante unos segundos ese silencio que constituye probablemente la crítica gastronómica más fiable.

Y comenzaron a desfilar los vinos: Pazo da Sinsela 2023 llegó de primero. Vertical, largo, atlántico, con la fruta blanca apenas insinuada y una mineralidad que aparece poco a poco. Tiene nervio y tiene calma, que parece una contradicción pero esa es precisamente su virtud. Un vino que no se empeña en contar el paisaje: deja que éste hable.

Después probamos Pazo da Sinsela San Clemente 2023 y fue como acercar el objetivo de una cámara. El territorio era el mismo, pero cambiaba el encuadre. Más profundidad, otra textura, mayor concentración. La fruta se retira ligeramente y debajo empieza a hablar la tierra. Uno de esos vinos que no parecen terminados cuando se acaba la copa porque dejan detrás una promesa.

Leirana O Pradiño 2022 jugaba en otro registro. Más serio, quizá más ensimismado. Piedra húmeda, hierbas, cítricos, sal. Pero, sobre todo, textura. Un vino que entra por la nariz y que luego lo recuerdas por la manera en que atravesó la boca. O Pradiño sabe adónde va.

Finalmente, apareció Goliardo A Telleira 2024. Todavía no ha salido al mercado y quizá por eso tenía algo de secreto compartido. Sobrenatural. Eléctrico, profundo, casi táctil. Fruta contenida, frescura, tierra y una rusticidad bellísima llevada con precisión. No quiere demostrar músculo.

Insinúa el paisaje. Tiene algo antiguo y algo rabiosamente contemporáneo. Un vino de esos que dejan una conversación pendiente cuando la botella se termina. Pensé entonces que Rodri Méndez no hace vinos para explicar Galicia.Hace algo mejor: deja que Galicia se explique sola en sus vinos.

Pontevedra, cuando cae la noche

Tocaba caminar. Pontevedra posee una cualidad que otras ciudades han ido perdiendo: todavía se deja pasear. Sus plazas se suceden como habitaciones de una misma casa y uno puede atravesarlas sin rumbo, dejándose llevar por los soportales, las terrazas y esa piedra que por la noche devuelve una luz casi cinematográfica.

Meaño,  una botella abierta al Atlántico

Terminamos tomando un vino en Marna, donde Isma López convierte la acogida en una bandera extendida a todo trapo. Picamos sardinillas, tomate, pimientos de Padrón y un espectacular tartar de atún. Bebimos Sílice tinto 2022.

Entonces apareció otra Galicia. La interior. La de las pendientes, las cepas agarradas a la piedra y los ríos encajados. Un tinto ligero sólo en apariencia, fragante, aéreo, con fruta roja, hierbas y mineralidad. Tiene una virtud difícil: parece pesar menos de lo que cuenta. Fresco y largo, de esos tintos que piden una segunda copa antes de que uno haya terminado de entender la primera.

Otero Pedrayo comprendió que el paisaje gallego no era únicamente algo que se contemplaba, sino una fuerza que modelaba a quienes lo habitaban. Aquella noche pensé que también puede beberse. Después volvimos a pasear. Hay días que merecen terminar despacio.

Meaño levanta la copa el domingo

El domingo era el día grande. El de la Fiesta del Vino de Meaño que convierte al pueblo en una plaza compartida. Las bodegas, los vecinos, los visitantes, las copas de albariño pasando de mano en mano. Aquí el vino no es únicamente economía ni gastronomía. Es paisaje cultivado. Memoria familiar. Una forma de pertenecer.

Alfonso X el Sabio escogió el galaicoportugués para sus 'Cantigas de Santa María', aquella lengua medieval nacida para cantar. Ocho siglos después, por estas tierras seguimos utilizándola para algo bastante parecido: celebrar, recordar, agradecer y decir quiénes somos.

Carlos, el alcalde, invistió nuevos cofrades: Luis López, presidente de la Diputación de Pontevedra, y Carlos Sobera, que además pronunció un pregón memorable, probablemente el mejor de cuantos se recuerdan en la fiesta.

Meaño,  una botella abierta al Atlántico

Tuvo humor, cercanía y emoción. Pero, sobre todo, entendió algo fundamental: un pregón no consiste en hablarle a un pueblo, sino en conseguir durante unos minutos hablar desde dentro del pueblo. Meaño lo adoptó inmediatamente. Y entonces el fin de semana encontró su sentido. Habíamos empezado alrededor de una tortilla y unos jurelitos. Habíamos desayunado entre las piedras recuperadas de Villa Lores. Navegado entre bateas. Abierto ostras y mejillones sobre el mar. Bebido los vinos de Rodri Méndez. Comido agasados por Ari la princesa del Salnés. Paseado por Pontevedra. Brindado en Marna.

El mar y la tierra: la piedra y la viña

La memoria del porvenir en una Galicia que se dibuja como una estirpe capaz de coger una gaita, un paraguas, una maleta o una ilusión y hacernos ver que la vida se cita también allí, en esa escala diminuta, en un municipio del Salnés.

Meaño,  una botella abierta al Atlántico

Porque quizá la famosa "conciencia original" no necesite grandes explicaciones. Puede ser una casa antigua que vuelve a abrir sus ventanas en Lores. Un padre y un hijo gobernando una embarcación entre bateas. Una ostra abierta sobre la cubierta. Un viticultor empeñado en escuchar una parcela.

Una empanada de vieiras. Una plaza llena el domingo. Una copa levantada. Una manera de juntar a la gente y sentarla alrededor de una mesa. De guardar un paisaje dentro de una botella. García Márquez tenía razón: con nosotros los gallegos nunca se sabe. Vienes a Meaño para una Fiesta del Vino y terminas encontrando algo parecido a una explicación de Galicia.

Durante tres días sucedió exactamente eso: Una botella abierta al Atlántico. Y nosotros tuvimos la inmensa fortuna de estar a su alrededor.