Así es un cata de Roda, cuarenta años embotellando el tiempo
Nuestro experto gastro, testigo de una cata con 140 profesionales que recorre cuatro décadas de Bodegas Roda
Barón de Chirel: el vino de cuarenta años hecho con viñas centenarias en sus mejores añadas
“El vino es la única manera dinámica de embotellar el tiempo”, dice Agustín Santolaya. La frase podría servir de brújula para recorrer estas cuatro décadas de Bodegas RODA: no como quien mira una colección de botellas quietas, sino como quien escucha cómo el tiempo trabaja dentro de ellas. En el Barrio de la Estación de Haro, la historia no se exhibe tanto como se prueba.
La celebración comenzó en Madrid, en el Hotel Wellington, con una cata ante 140 profesionales y cuatro voces ligadas al origen del proyecto: Mario Rotllant, Agustín Santolaya, Isidro Palacios y Carlos Díez, otro de los pioneros de la casa. A través de ellos aparecieron los tanteos, las decisiones y también aquella navegación entre la experimentación y la incertidumbre. Apostando, rompiendo algunas reglas, pero sin irreverencia y sin apartar nunca la mirada de la viña.
“El vino viene de la viña”, recordó Isidro Palacios. En RODA, esa convicción ha sido una forma de empezar y de volver. El viñedo viejo, el cultivo en vaso, la vendimia en cajas, la selección de la uva y el trabajo por parcelas fueron parte de una manera de hacer que miraba al origen mientras se atrevía a cambiar las herramientas. Llegaron la primera mesa de selección en Rioja, las fermentaciones espontáneas y las tinas de roble. La técnica tenía sentido si ayudaba a escuchar mejor el paisaje.
La primera añada de la bodega que salió al mercado fue RODA I 1992. Casi una década de búsqueda antes de mostrarla: no es poca cosa en un tiempo que suele confundir la prisa con el progreso. Aquel vino, visto hoy, tenía algo de perfecto bordelés; una afirmación que no lo aleja de Rioja, sino que permite asomarse a la ambición de aquellos comienzos. Había que aprender, comparar, probar. Y encontrar una voz propia.
Juan Ramón Jiménez pidió a la inteligencia “el nombre exacto de las cosas”. El vino, sin embargo, conserva siempre un margen de misterio: se puede analizar, describir, medir; queda después ese instante en que una añada dice algo que no estaba en la ficha. En la cata, Agustín Santolaya evocó incluso la salida airosa —y casi jocosa— para un vino que no había llegado a buen puerto: “el aroma de un jazmín marchito”. Hay en esa imagen una elegancia lírica, la de quien sabe que el vino también necesita humor y que no todo se resuelve con una puntuación.
La travesía del aniversario ordenó las copas como un relato: RODA I 1992, 2001, 2011 y 2021; después,c; al final, las añadas 2019 y 2022 de RODA I Blanco, junto con la 2023, presentada en primicia. Cada vino ocupaba su momento, aunque ninguno parecía dispuesto a quedarse en él. Había vida por delante. Vinos largos y sabrosos, con una cierta ligereza en boca que no restaba profundidad, sino que la hacía más habitable.
En CIRSION asoma otra de las preguntas fértiles de la casa: qué sucede cuando se observa con atención una cepa y se descubre que madura de un modo distinto. La investigación reveló una predisposición genética singular en aquellas uvas, y de esa observación nació un vino de textura propia y larga vida, pese a una crianza en madera más breve que la habitual. La ciencia, allí, apareció como una inevitable compañía de la curiosidad y volvió a poner el viñedo en el centro.
Agustín habla de una cierta inteligencia vegetal de la naturaleza. Por ello la investigación en RODA no se ha limitado a lo que cabe en una barrica o en un laboratorio: ha alcanzado la conservación de la diversidad del tempranillo, con un banco de germoplasma que ha logrado reunir más de quinientos morfotipos, y hoy vuelve la mirada hacia la viura. También atiende al agua y al suelo, con el sistema keyline en Cellorigo, y a las respuestas que exige el cambio climático. El futuro, en una bodega, no es una palabra pronunciada desde lejos: empieza bajo los pies.
La cata terminó con el aceite de oliva virgen extra AUBOCASSA, elaborado en Mallorca bajo esa misma atención al origen. Y tal vez ahí se cerraba el círculo: cuarenta años después, la búsqueda continúa, con vinos blancos y rosados, con viñas por comprender y preguntas que no han perdido su pulso.
Beethoven podría prestar a este recorrido el arranque de su 'Pastoral': no una descripción literal del campo, sino la emoción de sentirse dentro de él. Cada parcela, cada añada, una línea distinta que encuentra su lugar en el conjunto. Y en algún rincón de la memoria, la intérprete argentina, María Elena Walsh dejaría flotando esa idea de que después de resistir también se puede seguir cantando y contando. Cuarenta años después de aquella primera apuesta, RODA sigue ahí: embotellando respuestas y el tiempo vivo de una viña.