Vino tinto

Barón de Chirel: el vino de cuarenta años hecho con viñas centenarias en sus mejores añadas

Barón de Chirel 2021 40th Anniversary Special Edition.. Gastro Mediaset
Compartir

Barón de Chirel es uno de esos vinos que pertenecen a una época, de los que cuentan el clima de un año, la lluvia que llegó tarde, el verano que apretó las viñas o aquella vendimia que dejó a los hombres mirando el cielo con una plegaria entre los labios; de los que guardan en su interior una manera de entender el mundo.

PUEDE INTERESARTE

Nació en 1986 como nacen algunas aventuras memorables: con una convicción y una duda. Marqués de Riscal quiso recuperar entonces una idea antigua de la casa, casi un murmullo conservado entre barricas: elaborar únicamente en las mejores añadas un gran vino a partir de sus viñas más escogidas, reuniendo el Tempranillo riojano y el Cabernet Sauvignon, esa variedad llegada desde Burdeos que la bodega conocía desde mucho antes de que la modernidad empezase a presumir de moderna.

Aquel primer Barón de Chirel fue concebido como un experimento. Pero algunos experimentos contienen ya su destino, igual que ciertas canciones parecen clásicas desde la primera vez que suenan. Se eligieron viñas de entre ochenta y ciento diez años, cepas de bajos rendimientos acostumbradas a conversar despacio con la tierra; la vendimia fue manual y la selección de la uva, rigurosa. No se trataba de obtener más, sino de escoger mejor. No de forzar la voz, sino de encontrarla.

PUEDE INTERESARTE

Una edición especial

Cuarenta años después, Marqués de Riscal celebra aquella intuición con Barón de Chirel 2021 40th Anniversary Special Edition, una edición conmemorativa que recupera el espíritu del vino original y reivindica su condición de pionero dentro de Rioja. Las uvas proceden de Elciego y Laguardia, la vendimia continúa haciéndose a mano y el vino se cría en barricas de roble francés. También la botella se viste para la ocasión con una etiqueta exclusiva presidida por el escudo de Barón de Chirel, como si el tiempo hubiese decidido imponerle su propia condecoración.

Pero los aniversarios de verdad no sirven solamente para contar años, sino para comprobar qué queda después de que todo haya cambiado. Y queda el vino.

Queda aquella alianza entre el Tempranillo y el Cabernet Sauvignon, que no es una rendición de Rioja ante Burdeos, sino una conversación entre dos mundos. El Tempranillo aporta la raíz, la fruta oscura, la memoria de la tierra; el Cabernet, una nervadura distinta, una profundidad que prolonga el vino y le abre pasillos hacia el futuro. Conviven como dos instrumentos que conocen su lugar dentro del tema.

Hay algo de jazz en Barón de Chirel. Algo de aquella trompeta de Dizzy Gillespie en 'A Night in Tunisia': un comienzo que parece asentado en la tradición y, de pronto, una desviación luminosa, un salto, una audacia que altera el paisaje sin destruir su armonía. Las uvas sostienen el pulso de Rioja e introduce una síncopa extranjera. Y entre ambas variedades nace un vino que sabe de dónde viene, pero no acepta quedarse quieto.

Alma de territorio

Marqués de Riscal llevaba más de un siglo ensayando esa libertad. Fundada en 1858, la bodega fue una de las primeras de Rioja en incorporar métodos de inspiración bordelesa. En 1895 recibió el Diploma de Honor de la Exposición de Burdeos, reconocimiento que por primera vez se concedía a un vino no francés. Después llegaría su proyecto en Rueda, en 1970; y en 2006, el edificio de Frank Gehry en Elciego, esa llamarada de titanio que parece haber caído sobre el viñedo desde un futuro todavía sin estrenar.

En 2024, la finca fue reconocida como Mejor Viñedo del Mundo por 'World’s Best Vineyards'. No es una sucesión de episodios aislados, sino una misma vocación: avanzar sin romper el hilo que conduce hasta el origen.

Me conviene ahora recordar a la riojana María de la O Lejárraga cuando escribió que las mujeres son quienes “hacen el alma de los pueblos”. También los vinos, cuando perseveran, terminan haciendo el alma de un territorio. Lo hacen reuniendo generaciones, protegiendo palabras antiguas, conservando en una botella el trabajo de quienes podaron aquellas cepas antes de que nosotros llegáramos. Lejárraga, nacida en San Millán de la Cogolla, conocía bien el precio de las obras que sobreviven a la firma y a las sombras.

Barón de Chirel ha acompañado la transformación de Rioja durante cuatro décadas. Ha visto cómo la denominación afinaba su atención sobre los paisajes, los pueblos, las parcelas y las variedades; cómo el vino dejaba de explicarse únicamente por el tiempo de crianza para comenzar a pronunciar con mayor precisión el nombre de su procedencia. Y mientras todo eso ocurría, él permaneció fiel a unas cuantas certezas: viñas viejas, rendimientos reducidos, selección minuciosa, paciencia y vocación de longevidad.

Fidelidad no significa inmovilidad. También Louis Armstrong repetía una melodía y conseguía que sonara distinta cada noche. En West End Blues, la trompeta parece abrir una puerta en el aire: primero declara el tema, después lo eleva y finalmente lo deja suspendido en una región donde ya no sabemos si escuchamos júbilo o melancolía. Algo parecido sucede con los grandes vinos cuando envejecen. La fruta se convierte en memoria; la madera deja de ser madera; el tiempo borra las costuras y convierte cada elemento en parte de una sola emoción.

En la poesía del también riojano Esteban Manuel de Villegas, un pajarillo se quejaba sobre un tomillo “de la ausencia de su amor”. Tal vez todo vino longevo guarde también una ausencia: la de la vendimia que ya no existe, la de unas manos que regresaron a casa, la de una luz de septiembre extinguida hace años. Beberlo consiste en convocar por un instante aquello que se marchó.

De ahí la emoción de esta edición de 2021. No pretende reproducir 1986, porque el tiempo no admite copias. Pretende mantener despierta su pregunta. Aquella acerca de cuánto podía crecer Rioja sin dejar de ser Rioja; hasta dónde podía aventurarse un vino sin perder de vista la casa.

Cuarenta años después, Barón de Chirel ofrece su respuesta. Está en la viña vieja que entrega poco y dice mucho. En la mano que escoge cada racimo, en la madera noble que acompaña su envejecimiento, en la botella que aguarda, en esa forma de entender la modernidad no como una ruptura, sino como una tradición que ha reunido valor suficiente para dar un paso más.

Un icono no es aquello que permanece intacto. Es aquello que, después de atravesar los años, continúa siendo reconocible y necesario. Barón de Chirel comenzó siendo un experimento y terminó convirtiéndose en patrimonio. Entre ambos extremos transcurrieron cuarenta vendimias, varias generaciones y una larga conversación entre el territorio y el tiempo. Ahora vuelve con la serenidad de quien aparece sin necesidad de reivindicar su presencia.

Como Charlie Parker cuando abandonaba durante unos compases la melodía para regresar después a ella, más libre y más exacto, este vino se alejó de lo previsto para ensanchar los límites de su propia tierra. Y ha regresado convertido en un clásico.