Óscar Martín, las locuras de un cazador de eclipses: “Fletamos un avión sin destino para no perdernos uno”

Este experto ha montado en un pueblo de Palencia el operativo de su vida para el eclipse
Óscar Martín, uno de los mayores cazadores de eclipses del mundo: “España no sabe la que se le viene encima”
Hay una frase que Óscar Martín, cazador de eclipses, repite con frecuencia y que explica bastante bien quién es: “Cada persona debería ver al menos un eclipse total en su vida”. Él lleva doce, vistos a lo largo de veinte años y de medio planeta, y por el camino ha hecho cosas que a cualquiera (o a casi todos) nos parecerían una locura. Es lo que tiene la sombra de la Luna: engancha.
La más sonada de las locuras que ha hecho Óscar por presenciar un eclipse en el mejor lugar del mundo para hacerlo tiene forma de avión. Ocurrió en 2015 y venía de una herida antigua: un par de años antes se había perdido el eclipse de Kenia por una tormenta de arena, y se juró que no le volvería a pasar.
Así que cuando en Düsseldorf el pronóstico amenazaba nubes, la solución fue ir a buscar el cielo despejado por encima de ellas. “Dije: este no lo pierdo ni de coña, y decidí verlo por encima de las nubes”, recuerda. Una empresa fletó el vuelo, se subieron unos sesenta cazadores de eclipses —“los que ocupan todas las ventanillas de un lado, porque si te toca el otro lado estás jodido”— y despegaron con la tarjeta de embarque sin destino, para interceptar la sombra lunar en pleno vuelo.

Él, que era escéptico, salió entusiasmado. “Yo antes pensaba que por la ventanilla se vería peor, y me equivocaba. A 12.000 metros el espectáculo fue otro porque ves, literalmente, la línea que separa el día de la noche, ves avanzar la sombra de la Luna bajo tus pies sobre las nubes, y como el cielo es más oscuro, la corona se ve más brillante y más extensa que desde el suelo”. Desde aquel día su recomendación tiene dos patas: hay que ver un eclipse desde el suelo, y otro desde el aire.
A 12.000 metros el espectáculo fue otro porque ves, literalmente, la línea que separa el día de la noche
La segunda locura es marítima y también nació de un cielo tapado. Indonesia, 2016, la isla desde la que iban a observar amaneció nublada. Pero Óscar es hombre de plan B, C y D (sigan avanzando con el texto y lo comprobarán). Tres años antes había alquilado, por si acaso, una lancha privada con patrón para tres personas. Y aquel día hizo falta. “Cogimos la lancha y nos fuimos navegando por el océano hasta que encontramos una isla donde se despejó, y allí paramos y lo vimos. Si no llega a aparecer esa isla, lo habríamos visto directamente desde el agua”.
Kenia: escolta, once segundos y un fracaso
No todas las historias acaban bien, y Óscar es el primero en contarlo, no sin cierto tono de resignación cuando mira hacia el pasado. El eclipse de Kenia es el único de los doce que no guarda con cariño, porque fue ir para nada. “Encima era muy corto, once segundos, así que me queda el consuelo de que solo sufrí once segundos”, ironiza. Era una zona remota, lejos de Nairobi, a la que había que ir con escolta por el riesgo de secuestro. Se les acopló un reportero que los hizo llegar tarde. Y aun así, lo que más le impresionó fue el ambiente: “Había gente acampada desde hacía una semana, llegada de todos los países del mundo, para ver algo que duraba once segundos. Y todos nos lo perdimos por una tormenta de arena”.

¿De dónde sale toda esta obsesión tan bien organizada? De un niño de once o doce años delante del televisor. “En 1991 vi mi primer eclipse por la tele, uno total en México, y desde entonces quise ver uno”. Pero los que venían caían lejísimos —Antártida, Australia, Galápagos— y lo fue dejando. En 1999, con el eclipse que cruzó Europa, se planteó ir a Francia o Alemania, pero no se atrevió a viajar solo y se quedó en Salamanca viendo un 74%. Le gustó. El problema llegó siete años después. “Cuando vi el de 2006 en Egipto, mi primer total, me enfadé muchísimo conmigo mismo: si hubiera sabido lo que era, me habría ido a gatas hasta Francia”. Nunca más se quedó en casa.
En un túmulo funerario
Sin embargo, todo lo que han leído anteriormente, por extraño que parezca, se ha convertido sólo en el entrenamiento de Óscar para el eclipse que viviremos el 12 de agosto en España. La gran obra es la que estrena ahora, y la prepara desde hace veinte años. “Cuando el eclipse no es en España es todo más fácil: con dos o tres años de antelación lo tengo listo. Pero este llevo veinte años preparándolo, con eso te lo digo todo”.
Cuando el eclipse no es en España es todo más fácil: con dos o tres años de antelación lo tengo listo. Pero este llevo veinte años preparándolo
Los dos hoteles enteros que ha alquilado los tiene desde hace tres años. Y el lugar de observación no es un descampado cualquiera: “Lo veré en un túmulo funerario del año 3000 antes de Cristo en un pueblo de Palencia. Conseguí el acceso exclusivo tras años de papeleo. No pude cerrarlo antes porque había elecciones y podía cambiar el alcalde y era un jaleo”.
El despliegue técnico marea. Lleva unas veinte cámaras —de fotos, de vídeo, fotómetros— y doce telescopios, y acumula tres o cuatro meses programando ordenadores para que todo se dispare solo. “Así ese día será, simplemente, para disfrutar, dar las charlas y recibir a la familia”, comenta.
Ha contratado seguridad para su recinto, que estará completamente vallado y al que sólo tendrán acceso un centenar de personas -familia, pareja y varios cazadores de eclipses colegas suyos venidos de Estados Unidos, China o Canadá- convenientemente identificadas, ha fletado los autobuses para los desplazamientos, ha reservado los restaurantes y hasta tiene prevista una hora de riego previa al evento para evitar incendios. El detalle más tierno es un audio pregrabado que sonará por un altavoz para guiar a los suyos: “Estará todo automatizado al segundo. La gente sabrá cuándo buscar a Venus, cuándo llegan las perlas de Baily, cuándo quitarse o ponerse los filtros…”. Él solo enciende el ordenador y la máquina ajusta cada aviso al segundo exacto.
Plan B: 65 puntos y quince globos
Lo único que no controla es el cielo, y contra eso ha construido una red digna de un centro de operaciones. Tiene 65 puntos alternativos repartidos por toda la franja de totalidad, revisados durante años uno a uno. Y una web privada con cámaras de tráfico, cámaras web de campanarios para ver las nubes en directo, un mapa de incendios de la NASA que se actualiza casi al minuto, imágenes de satélite y unas fórmulas propias para saber qué nubes le van a molestar. “La gente cree que si hay nubes ya está: yo puedo tener nubes en Salamanca y estar despejado tirando hacia Portugal a sesenta kilómetros”, apunta.
Por si fuera poco, colabora en el lanzamiento de quince globos a la estratosfera —el principal, desde su propio recinto— para captar datos e imágenes de la Luna sobre España durante el eclipse.

Con semejante maquinaria, uno pensaría que hay dinero de por medio. No lo hay. “Lo voy a ver a nivel personal; profesionalmente nunca gano dinero con esto. Durante la totalidad no hago nada, simplemente lo miro”. Su empresa, Startrails, se dedica a actividades divulgativas con telescopios en la zona de Salamanca, pero los viajes no los vende: cuando va, va con un grupito de cinco o seis colegas cazadores, cada uno pagándose lo suyo, en plan amigos. Y ya tiene los siguientes en el calendario: Australia en 2028, un anular en Grecia y un total en Namibia en 2030, Alaska en 2033 y, si el cuerpo aguanta, China hacia 2034.
Al final, después de tanta cámara y tanto plan B, lo que de verdad le importa cabe en una frase. “Lo bonito no es el eclipse solo: es con quién lo compartes”. Por eso, el 12 de agosto, el hombre que ha cruzado océanos y fletado aviones estará quieto en un cerro de Palencia, sin tocar una sola cámara en la mano pero docenas repartidas por el suelo, mirando al cielo junto a sus seres queridos.

