Las cinco veces que Bowie esquivó callejones sin salida vitales y mudó de piel

El documental 'David Bowie: The Final Cut' repasa una trayectoria singular en la que cada etapa suponía una ruptura deliberada con la anterior
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Diez años después de su muerte la figura de David Bowie sigue siendo irreemplazable. En una época de pocas certezas, volvemos una y otra vez al artista que ejemplificó como ningún otro la búsqueda artística, la fuga permanente y la reinvención como forma de vida. El documental 'David Bowie: The Final Cut', recién estrenado en nuestro país, indaga en cómo esa exploración incesante, esa negativa a quedarse mucho tiempo en un mismo lugar, se convirtió en el eje central de su legado y en una filosofía de vida. Más que un musico, Bowie fue un camaleón que perfeccionó el arte de desaparecer, una constante mutación de piel que le permitió esquivar los múltiples callejones sin salida artísticos y vitales que se fue encontrando en el camino. Repasamos en cinco hitos (aunque hubo muchos más) una trayectoria singular en la que cada etapa suponía una ruptura deliberada con la anterior (ríete tú de las Eras de Taylor Swift), incluso cuando esa ruptura bordeaba el suicidio comercial.
Ziggy Stardust: auge y caída del mito
Ziggy Stardust no fue un alter ego más, sino un acto fundacional. A comienzos de los setenta, Bowie entendió que el rock necesitaba una nueva narrativa, un nuevo cuerpo, una ficción total. Y Ziggy fue exactamente eso. Un extraterrestre bisexual, andrógino, destinado a brillar intensamente en muy poco tiempo pero condenado a desaparecer. Como los replicantes de Blade Runner. Como bien recuerda 'The Final Cut', su asesinato público en 1973, cuando Bowie anunció en pleno concierto del Hammersmith Odeon que ese sería "el último show", supuso una conmoción sísmica de dimensiones desconocidas hasta entonces en el mundo del rock. El dramático gesto anticipaba toda su carrera posterior: Bowie crearía identidades para abandonarlas antes de que se fosilizaran. Y nunca, jamás, las resucitaría.

Young Americans: escapar del rock en las aguas del soul
Después de Ziggy y antes de la aventura berlinesa, Bowie protagonizó una de sus huidas más desconcertantes: 'Young Americans' (1975). En pleno estatus de estrella del glam rock, Bowie decidió descolgarse de ese relato para sumergirse en el soul y el funk, un territorio al que, en principio, no pertenecía ni cultural ni simbólicamente. El propio Bowie definió aquella música como 'plastic soul': coros góspel, secciones de viento, grooves infecciosos y una imagen más limpia, más estadounidense. El riesgo era evidente y tuvo que aguantar desde acusaciones de apropiacionismo al desencanto de su facción de fans más rockeros, pero demostró que podía borrar sus marcas más reconocibles sin perder relevancia.

Tin Machine: boicot a la superestrella del pop
Con 'Let's Dance' (1983), Bowie se convirtió en una superestrella global al nivel de Michael Jackson o Madonna: videoclips rotando en MTV, estadios llenos, hits planetarios y portada de revistas. El propio artista reconocería después que quedó atrapado en una versión de sí mismo diseñada para el consumo masivo en la que no se sentía cómodo. Durante esa fase comercial -autobautizada jocosamente como sus "Phil Collins years"-, discos como Tonight' (1984) o 'Never Let Me Down' (1987) por primera vez en su carrera se sentían irrelevantes. Y esa insatisfacción fue el germen de su siguiente mutación: abandonar el estrellato global para integrarse en una banda ruidosa, poco comercial y sin una pizca de glamour: Tin Machine. A nadie le gustó ese grupo ni que Bowie se empeñara en desaparecer en él, pero el desprecio generalizado con el que fueron recibidos sus dos discos quizás fue excesivo (en el documental se cuenta que llegó a llorar con una despiadada crítica que apareció en la prensa británica). Hoy se entiende ese paso como una transición necesaria para matar al Bowie corporativo de los 80.

Glastonbury 2000: la reconciliación con el legado
Bowie se pasó los 90 ejerciendo de outsider de sí mismo. Mientras muchos de sus contemporáneos se acomodaban en la nostalgia, Bowie prefirió vivir en los márgenes. Se contaminó de la escena electrónica de la época, del rock industrial y el drum and bass, y firmó álbumes arriesgados como 'Outside' (1995) o 'Earthling' (1997) que presentaba en directos en los que intencionadamente escamoteaba sus grandes éxitos. Lo que nadie esperaba ya en el cambio de siglo es que el Duque Blanco se reconciliara con su propia historia volviendo a Glastonbury, el multitudinario festival británico en el que ya tocó en sus inicios, y -más importante- abrazando su repertorio clásico, sin nostalgia y sin parodia. Era Bowie dejando de huir del pasado. En 'The Final Cut' se incide en los nervios previos de Bowie, en cómo solo una semana antes del evento apenas podía cantar y en cómo aquella actuación le devolvió la relevancia cultural y le descubrió a las nuevas generaciones.

Un regreso inesperado y una despedida inolvidable
Tras casi una década de silencio discográfico y una salud frágil, Bowie reaparecía en 2013 con 'The Next Day', sin entrevistas, sin explicaciones y sin gira. Simplemente con un excelente álbum que parecía una reescritura contemporánea de todas sus facetas anteriores: de Ziggy al explorador electrónico, pasando por el saboteador de Tin Machine. Y después de una resurrección tan gloriosa llegó 'Blackstar' (2016). La última obra maestra, publicada tan solo dos días antes de su fallecimiento y grabado con la absoluta certeza de que su tiempo en este mundo estaba contado. Bowie convirtió su muerte en una pieza artística definitiva y definitoria: jazz oscuro y desencajado, letras crípticas y videoclips funerarios que solo adquirieron su sentido pleno aquel fatídico 10 de enero de 2016. Bowie tuvo tiempo para diseñar su última fuga con la misma convicción que exhibió durante toda su carrera: sobrevivir no es permanecer para siempre, sino saber desaparecer a tiempo.

