Cine

Las secuelas más cutres (pero entrañables) de las películas míticas de los 70 y 80

'Superman IV', o cuando todo lo que puede ir mal... va peor. Uppers
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Mucho antes de los universos compartidos, las escenas postcréditos, las precuelas y los reboots fabricados a golpe de algoritmo, hubo un tiempo en el que la secuela de una película mítica podía ser cualquier cosa. Frente a las continuaciones que engrandecían el original como 'El padrino II', 'El imperio contraataca' o 'Regreso al futuro 2', convivían las desastrosas, las que nadie había pedido, las que parecían hechas después de una noche de consumo desenfrenado de sustancias psicotrópicas. Y, sin embargo, muchas de ellas terminaron siendo entrañables clásicos de videoclub precisamente por su descaro y vocación suicida. Repasamos algunas de las secuelas más bizarras e incomprensibles de los títulos más queridos de los 70 y los 80.

El exorcista II: el hereje (1977)

Hacer una secuela de un tótem tan glorificado como 'El exorcista' ya era un acto de valentía temeraria. Hacerla mística, confusa y casi new age fue directamente kamikaze. 'El exorcista II' abandonaba el terror seco y malsano del original para abrazar una mezcla de hipnosis, langostas africanas y monólogos solemnes que ni daba miedo ni se terminaba de entender. Y, sin embargo, su ambición de hacer algo distinto unida a la soberbia partitura de Ennio Morricone nos hace verla con tierno afecto.

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Halloween III: el día de la bruja (1982)

La secuela que se atrevió a preguntar: “¿Y si Halloween en realidad no va de Michael Myers?”. La respuesta fue una conspiración de máscaras asesinas, druidas tecnológicos y anuncios de televisión mortales. El público se quedó estupefacto ante un thriller de ciencia ficción y terror sobrenatural que poco tenía que ver tonalmente con el slasher de las dos películas anteriores. El sonoro batacazo en taquilla obligó a traer a Michael Myers de vuelta en las posteriores secuelas. Hoy, sin embargo, algunos reivindican esta tercera entrega de la saga como ese invitado estrafalario que llega a la fiesta equivocada pero termina cayendo bien por pura personalidad.

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Staying Alive (La fiebre continua) (1983)

John Travolta volvía a ponerse los zapatos de baile de Tony Manero, pero ya nada era lo mismo. Dirigida nada menos que por Sylvester Stallone, 'Staying Alive' convertía el musical crudo y urbano de 'Fiebre del sábado noche' en un melodrama hipertrofiado, lleno de miradas intensas, sudor existencial y coreografías al borde del ridículo con los peores tics de la era MTV. Era seria cuando no debía y exagerada donde no hacía falta, aunque tal vez por ser tan hija de su tiempo ahora muchos la consideran una película de culto.

Conan, el destructor (1984)

Si 'Conan el bárbaro' era sudor, fatalismo violento y épica solemne, 'Conan, el destructor' es su marca blanca, convenientemente esterilizada para el consumo de toda la familia. No es de extrañar que los niños de los 80 la prefiriesen al original. Aquí Schwarzenegger sonríe y habla más pero reflexiona menos, rodeado de secundarios y situaciones humorísticas que chapotean en los lodazales de la 'explotation'. Menos interesada en la mitología oscura que en pasarlo bien, formaba un perfecto programa doble de sábado por la tarde junto a 'El guerrero rojo (Red Sonja)', que no era estrictamente una secuela de Conan pero lo parecía.

Superman IV: en busca de la paz (1987)

A día de hoy resulta inconcebible que los derechos de Superman, el superhéroe más grande de la historia, terminaran en manos de la Cannon, la productora más cutre de todos los tiempos. Pero así fue, y, claro, todo terminó en una catástrofe que bordeaba la irresponsabilidad. El Hombre de Acero empujando misiles como si fueran carritos del súper, combates en la luna que parecen ensayados en el salón de casa, escenas de vuelo propias de un videojuego chusco de Atari, caracterizaciones ridículas, decisiones narrativas de un surrealismo sonrojante y un Christopher Reeve maldiciendo el momento en el que le convencieron para meterse en semejante berenjenal.

Tiburón la venganza (1987)

Puestos a seguir explotando al mítico escualo de Spielberg que aterrorizó al público a mediados de los 70 con secuelas cada vez más insulsas, alguien soltó la pregunta definitiva en la sala de guionistas: ¿y si el tiburón tuviera motivos personales? Dicho y hecho. En esta cuarta entrega el tiburón ya no ataca por instinto, sino por rencor familiar, persiguiendo a los Brody desde Amity Island hasta las Bahamas sediento de venganza. Es absurda, sí, pero también gloriosamente inconsciente de su propio disparate. Lástima que no lograrse generar el más mínimo suspense, terror o emoción, y que al bicho se le viesen todas las costuras.

Gremlins 2: la nueva generación (1990)

Más que una secuela de uno de los grandes éxitos ochenteros de la factoría Amblin, 'Gremlins 2' funciona una parodia de sí misma y del cine comercial en general. Joe Dante, el mismo director de la primera, decidió dinamitar cualquier expectativa y convertir la continuación en un satírico festival de meta-humor, con las pendencieras criaturas convertidas en mutantes imposibles que presentan talk shows e interrumpen la película para discutir con el proyeccionista. Es caótica, salvaje y demencial. Y por eso mismo muchos fans la adoran. La perfecta anti-secuela.

Los inmortales II: el desafío (1991)

Pocas continuaciones han reescrito su propio universo con tanta alegría y desfachatez como 'Los inmortales II'. De repente, los inmortales eran alienígenas venidos del espacio y la mitología construida en el primer filme se desintegraba sin pedir permiso. A pesar de contar con el reparto original -unos aquí desganados Christopher Lambert y Sean Connery- , todo resulta confuso, excesivo y profundamente incomprensible, pero también es un ejemplo perfecto de que cuando el cine se deja llevar sin red el trompazo puede ser verdaderamente memorable. Y al final es mejor eso que pasar ni pena ni gloria.