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Antonio Ayuso, el ingeniero espacial que une números y filosofía: “Lo peor de la ciencia es pensar que es todopoderosa”

Antonio Ayuso
Antonio Ayuso, entre la ciencia y la filosofía. (Libros del Asteroide)
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Antonio Ayuso (Madrid, 1971) es ingeniero aeroespacial y ha dedicado toda su vida profesional al diseño y construcción de máquinas enviadas en misiones espaciales a explorar nuestro universo. Entre ellas, a Marte. De esa particular mirada a los cielos que lleva décadas moldeando surge 'Una apacible turbulencia' (Libros del Asteroide), obra que propone un recorrido reflexivo y sensible por los pliegues de la experiencia humana.

El que fuese miembro de la Agencia Espacial Europea y parte del equipo que trabajó en la creación del primer microsatélite español, invita a explorar las grandes preguntas que se han formulado filósofos y pensadores de todas las eras sobre la muerte, el miedo o el amor. De lo particular a lo general. De la ciencia a la filosofía. Del orden al caos. Del ruido al silencio. Porque comprender el mundo es siempre la manera más directa de comprender quiénes somos. Todo, partiendo de un momento concreto: cuando su hijo pequeño se dio cuenta de que todos nos íbamos a morir. Ese miedo.

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El libro comienza por el miedo a la muerte del hijo del protagonista. ¿Cómo explica un hombre de 50 años a su hijo la muerte?

Por una parte, el narrador no tiene una edad definida, le conocemos a través de sus ideas, pensamientos y preocupaciones, que son las de cualquier persona que se haya preguntado alguna vez en su vida sobre la muerte, el amor, la ciencia, la poesía, la tecnología o el misterio. Por otra, cualquier edad es buena para interpelar a la muerte: de hecho, me gusta mucho el colofón que elegimos para el libro, la frase de Séneca que dice: “(…) a vivir hay que estar aprendiendo toda la vida y, algo que te va a extrañar más, toda la vida hay que estar aprendiendo a morir.”

¿Cómo se explica a sí mismo la muerte?

Como algo que no te cabe en la cabeza, que te supera, que es más grande que tú. La muerte es infinita. Lo que hace el libro es ponerte en ese lugar, en un sitio desde el que se pueden pensar infinitos, porque una vez allí aparecen más, bastantes más, infinitos que precisamente por su infinitud son capaces de interpelarse, de hablarse entre ellos mismos, de relacionarse, hasta el punto de que algunos infinitos —y ya me estoy refiriendo específicamente al amor— son capaces de, no solo plantarle cara a la muerte, sino hacerla desaparecer. El amor, colocado en su lugar, es más grande que la muerte. Ama, y ensancha el alma, decía el poeta.

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Una apacible turbulencia - Antonio Ayuso

Eres ingeniero aeroespacial y cuentas que tu fe en la ciencia fue ciega... hasta que no. Una cosa que te haya dado la ciencia y una que no, que te faltase

Abracé una ciencia omnipotente y todopoderosa que parecía tener respuestas para todo, capaz de desvelar —en principio— los secretos de la existencia. La realidad es, sin embargo, que hay una infinidad de interrogantes cuyas respuestas desconocemos y que no sabremos nunca. Y lo mejor es que está bien así: el misterio, lo desconocido, los márgenes, todo eso forma parte de la vida. Y la ciencia está también bien así, entendida desde ese lugar. De hecho, la ciencia me ha dado después la sobrecogedora belleza de algunos modelos que se corresponden con mi realidad, con lo que percibo. El hallazgo de modelos que armonizan con la vida es curativo: un alivio y una alegría. Y me refiero ahora a la cuántica, a la teoría del caos, a la dinámica de fluidos: modelos en los que te puedes ver, desde la honestidad y el asombro.

¿Da miedo no tener todas las respuestas o consuela?

Ambas cosas. Da miedo cuando piensas que vas a obtenerlas y luego no sucede. Pero una vez que has pasado el desengaño, es un consuelo. Creo que es un libro necesario porque nos puede ayudar a colocar ciertas cosas —el amor, la muerte, la ciencia, la poesía, la tecnología— que hemos puesto últimamente un tanto a desmano, o fuera de sitio. El misterio es parte de la vida, nos constituye. Curiosamente, todo esto nace de mi capacidad innata de sentirme emplazado en medio del universo, plantado en ese infinito que tenemos encima de nuestras cabezas, allá arriba, un lugar donde aparece con una tremenda claridad la idea y la sensación de que no tenemos ni la menor idea de lo que hacemos aquí, en esta vida. A lo que voy: ¿eso consuela o da miedo? Las dos cosas.

¿Recuerdas el momento en el que quisiste saberlo todo sobre el cielo?

Una tarde de julio en el salón de casa de mis padres. Un servidor adolescente y Carl Sagan hablando de Kepler en la televisión. La serie, claro, era 'Cosmos'. Flechazo absoluto e instantáneo.

Intentaste ser astronauta, ¿puede que fuese mejor no haberlo logrado?

Claro que sí y claro que no. Me llevé un buen chasco, de verás lo intenté. Así que, por esa parte, no. Pero visto en perspectiva, pienso que en aquel momento hice lo que quería hacer y que eso estuvo bien. Intento hacer siempre lo que está bien, entendido como lo que se basta a sí mismo. Lo complicado es saber qué es lo que se basta a sí mismo, claro. Puede que intentarlo sí se bastara a sí mismo, pero no llegar a serlo.

Estuviste en el equipo que mandó una nave a Marte: ¿qué aprendiste de aquel error de aterrizaje que sufrió?

Que el diablo se cuela por los huecos más pequeños. Centenares de miles de horas de ingeniería, la experiencia acumulada de los expertos europeos durante decenas de años, nada de eso pudo con la concatenación de tres diabluras. Mirábamos al gran cuadro cuando la vida estaba pasando donde nadie se lo esperaba. A veces lo más importante sucede ahí, en los huecos, en los márgenes, en las sombras. Un pliegue de un paracaídas, una medida errónea y una comprobación equivocada. Zonas de penumbra.

Tres cosas cotidianas para las que sirve la mecánica de los fluidos

Esto que cuento en el libro: para entender que un salto de rana —lo de llegar a un lago y hacer que una piedra rebote sobre el agua—, la reentrada en la atmósfera de las naves espaciales que vienen de la luna y una estrella fugaz que recorre en dos tramos el arco celeste comparten el mismo y asombrosamente bello principio físico.

Similar pero mezclado con cálculo estructural: darse al columpio, lanzar un la a una orquesta con un diapasón para afinar los instrumentos y tirar abajo el tercer puente más grande del mundo con unas ráfagas de viento son procesos que igualmente comparten el mismo y asombrosamente bello principio físico. En el caso del puente la importancia de la mecánica de fluidos es definitiva. ¿Quién ha visto flamear un puente al viento? Pues ocurrió.

¿También podrías explicar el amor con esa teoría?

A estas alturas ya intuirás mi respuesta: sí y no. Sí porque la turbulencia moderada se correlaciona bien con la vida. El amor, el miedo, un adolescente, todos ellos son fenómenos que se llevan mal con el determinismo: ya sabes, aquello de que si haces esto primero y después lo otro al final obtendrás lo de más allá. Nada de esto es cierto, el que ha tenido una relación estrecha con el amor, el miedo o un adolescente sabe de lo que hablo. Y también la respuesta a la pregunta es no porque la mecánica de fluidos admite cierto grado de indeterminación —transiciones de un régimen a otro, turbulencias multiescala—, lo cual implica incertidumbre y, por tanto, la aceptación de que hay procesos que no podemos explicar en su totalidad.

Me atrevo a decir, en cualquier caso, que en una relación amorosa comenzamos en flujo laminar (sin turbulencia alguna), después podríamos acabar en un régimen turbulento fuerte pero que lo suyo —y más difícil— sería mantenerse en un régimen de moderada turbulencia. Una apacible turbulencia, claro.

¿Tu hijo qué dice ahora del libro?

Tengo antes que aclarar que yo tengo dos hijos. Al mayor le construimos un lugar desde el que moverse en torno a la muerte y, de algún modo, le hizo sentir bien. Fue el pequeño el que, después de hacer algo parecido, me llamaba a su cama cada noche y me decía: “papá, me ha entrado la muerte y, no sé qué pasa, pero hoy no se me va”. Ese es el origen de este libro. Aquella frase, repetida varias noches, y yo sin saber qué decirle. Así que podría decirse que el niño del libro es una superposición —cuántica— de mis dos hijos más un yo mismo pequeño. En el libro hay un yo adulto que dialoga con un yo pequeño que al mismo tiempo es tres. ¿Qué dicen ellos, los tres? Están bien, conversan sobre esta página o aquella. Se reparten los párrafos, las frases. Lo están disfrutando.

¿Han elegido ciencias o letras?

El mayor está en ciencias. El pequeño aún no se ha decantado. No quiero ni mirar: hagan lo que hagan, tendrán que cortarse una pierna, la científica o la de humanidades. Elegirán y aparecerán en una de las dos cajitas —ciencias o letras— con poca capacidad de ósmosis entre ellas. Me resulta una división asfixiante e insuficiente.

Lo mejor de la ciencia es...

Ponerla en su lugar. El método científico es un modo de relacionarse con la realidad que nos ha dado infinidad de alegrías. Conocemos por qué las piedras saltan sobre el agua de los estanques. Sabemos cómo ir y volver de la Luna. Hemos construido instrumentos maravillosos para poder indagar en ese infinito que tenemos sobre nuestras cabezas. Podemos salvar vidas con implantes de hígado. Tenemos —desde hace relativamente poco— una sustancia a la que llamamos anestesia que nos permite mitigar el dolor a nuestra voluntad. Aplicar el método científico, eso es lo mejor de la ciencia. Un paso tras otro en el que no podemos olvidar la obligación de estar siempre abiertos a la posibilidad de que nuevas evidencias desdigan la teoría en vigor. Y si eso ocurre no pasará nada, al contrario, creceremos todos.

¿Y lo peor?

Divinizarla. Creer en ella. Tener fe. Pensar que es todopoderosa y plenipotenciaria. De hecho, creo que el terraplanismo es una reacción en contra de esa divinización. A una fe siempre se le enfrenta otra. La ciencia es perfecta tal y como es. Somos nosotros, los seres humanos, aquellos que la hemos inventando e imaginado, los que ponemos a la ciencia en lugares en los que quizá no debería estar.

Lo mejor de la literatura es...

La capacidad de relacionarse con el misterio, con lo inefable, con lo que está en los márgenes, en la penumbra, fuera de foco. El libro rezuma poesía porque es el gran canal para hablar con el mundo, una de las pocas miradas capaces de plasmar el asombro de estar aquí, de preguntarle a la vida por qué estamos respirando este aire y viendo estos colores, una mirada que puede encararse con ella al tiempo que le rinde pleitesía y asume que no sabremos nunca la respuesta a la gran y única pregunta: qué hacemos aquí.

La literatura, el arte en general, nos abre las puertas a un infinito que se relaciona bien con la muerte, con el amor, con el miedo y, también, diría yo, con la gran pregunta.

¿Y lo peor?

Nada. No encuentro nada malo en la literatura. Algunos usos, quizá, en momentos concretos de la Historia. Pero son usos, y los usos son personas que bien podrían estar equivocadas, como lo estamos todos en distintos momentos de la vida.

¿Cómo te ves a ti y a tus hijos en 10 años?

Espero seguir haciéndome preguntas sobre el amor, la muerte, la ciencia, la poesía, la tecnología. Espero situarme así donde vivo. Sin olvidar nunca, como decía más arriba, mi capacidad innata de situarme en medio del universo. Siendo consciente de nuestra humilde posición. La arrogancia me echa para atrás. La honestidad es necesaria. No sabemos qué hacemos aquí: consuelo y miedo de la mano.

A mis hijos les intuyo en un lugar similar, haciéndose preguntas. Y haciendo un camino en el que espero que se equivoquen en lugares distintos a donde yo me equivoqué. Tendrán sus bajadas a los infiernos, y tendrán que hacerlas completamente solos. Me limitaré a estar cerca, para cuando me necesiten y pueda ayudarles.

Por último, de aquí a diez años será igualmente adecuado el colofón con el que empezamos esta entrevista: “(…) a vivir hay que estar aprendiendo toda la vida y, algo que te va a extrañar más, toda la vida hay que estar aprendiendo a morir.”