Cultura

Espido Freire y los lugares que ya no existen: “La idealización de lo que amamos es una trampa”

La escritora Espido Freire acaba de publicar 'Guía de los lugares que ya no existen'
La escritora Espido Freire acaba de publicar 'Guía de los lugares que ya no existen'. RBA
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Madrid“Donde fuiste feliz alguna vez no debieras volver jamás”, dice uno de los versos del poeta extremeño Félix Grande. Esa sensación gravita sobre el último libro de la escritora Espido Freire (Bilbao, 1974), ‘Guía de lugares que ya no existen’ (RBA, ganador del XX Premio Eurostars Hotels de Narrativa de Viajes).

En él, la autora propone un libro de viajes atípico: uno que discurre por destinos de todo el mundo y que supone también un viaje interior. Damasco, Madrid, Bath… son algunos de los lugares que Freire revisita a través de su memoria para constatar que lo vivimos una vez ya nunca es igual a lo vivido. Del libro y de otros ‘no lugares’ en los que habitamos hablamos con ella. 

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¿Qué es lo que te atrae de la literatura de viajes?

Antes de éste, yo ya había escrito varios libros de viajes por lugares que existen, pero siempre desde una perspectiva personal. Por ejemplo, ‘Hijos del fin del mundo’ tenía que ver con el Camino de Santiago, que es una peregrinación con una intención inicialmente sagrada y que luego se transforma de muchas maneras, pasando a ser un viaje comercial, experimental, de moda, de descubrimiento… no exactamente espiritual, sino ligado a otras circunstancias. 

¿Por qué eliges ahora hablar de los lugares que no existen?

Desde que empecé a viajar —mi primer viaje sin mis padres fue con 14 años— me llamó mucho la atención ese momento de ‘shock’ en el que descubres que el lugar al que llegas ya lo habías imaginado, ya lo conocías a través de fotos, y no es como esperabas. A eso se suma otro descubrimiento: la idealización de los lugares que amas es una trampa, porque los congelas en el tiempo. Cuando regresas, ya no son lo que eran. De ese cruce nace la idea de escribir sobre viajes a lugares que ya no podían vivirse de la misma manera.

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En el libro hablas de ello desde el principio, incluso en el prólogo, cuando mencionas tu Bilbao transformado por las inundaciones de 1983…

Sí, también es muy evidente en el primer capítulo, cuando hablo de Damasco. La visité en 2011 y la abandono la ciudad justo antes de que llegue la guerra y, cuando regresé, todo había cambiado. Me ocurrió durante una etapa en la que visité varios lugares del Mediterráneo que, en cuestión de semanas iban a vivir revoluciones que los convertirían en algo irreconocible. Llegaba a países en paz y pocas semanas después veía esas mismas calles en las noticias, transformadas. En algunos casos, como Damasco, bombardeadas y arrasadas.

¿Son los recuerdos materiales una manera de quedarnos con esa imagen que conocimos de un lugar?

Sí, porque los lugares también habitan en los objetos, se cristalizan en los souvenirs, incluso en ese imán de nevera aparentemente banal.

¿A qué lugar te gustaría volver y sabes que ya no puedes hacerlo?

En el libro no he incluido Rusia, pero coincidiendo con el centenario de los zares llevé a un grupo de viajeros siguiendo mi novela ‘Llamadme Alejandra’. Ese viaje hoy no es posible y no sabemos cuándo lo será. Y esto es algo está pasando constantemente con las dinámicas internacionales.

¿Cambian los lugares hoy más deprisa que antes?

Absolutamente. Y coincide, además, con que nosotros nos hacemos mayores, así que nos aferramos con nostalgia a los lugares que conocimos. Se mezclan la rapidez del cambio y nuestra mayor lentitud a la hora de reaccionar. Por ejemplo, ahora mismo estamos evocando 2016 en redes sociales como si hubiera sido una edad dorada, cuando fue antes de ayer. Y lo hacemos compartiendo fotos que maquillan la realidad y que muestran solo lo mejor. Construimos la nostalgia en torno a los lugares y al tiempo, pero en el fondo muchas veces nos estamos consolando por la pérdida de quienes fuimos.

Portada del libro 'Guía de lugares que ya no existen' de Espido Freire

Ahora que hablamos de las redes sociales, ¿serían éstas un ‘no lugar’?

Lo son. Son espacios donde pasamos más tiempo del recomendable y que funcionan con reglas propias. Además, son normas cambiantes según la red de que se trate. No es lo mismo X que TikTok, ni Facebook que Instagram. Ya no son un espejo: son un laberinto de espejos. Son territorios fragmentados, con identidades múltiples, donde una frase o una foto pueden llevarte a la cancelación, al olvido o a la antipatía.

¿Y cuál sería tu ‘no lugar' físico por excelencia?

Las estaciones de tren. Para mí son el ‘no lugar ‘por excelencia. Aunque sepas dónde estás, siempre hay una sensación de desubicación: ¿estás donde deberías?, ¿estás esperando algo que aún no ha llegado? Me encanta escribir y leer allí. En los últimos tiempos incluso mando mensajes contando dónde estoy y por qué estoy ahí cuando no debería estarlo. Son espacios muy literarios.

Y de la estación al tren, a que le dedicas un capítulo en el libro

El tren es un hervidero de historias posibles, sobre todo en los viajes largos, esos que ya casi no hacemos. El Transcantábrico, el Orient Express, el Transiberiano son trayectos que permiten habitar el tránsito. Salvo en los cruceros, casi nadie vive hoy esa experiencia de estar “entre” lugares durante mucho tiempo. El vagón es un espacio semipúblico, sin privacidad total, compartido. Desde el punto de vista literario y psicológico, es fascinante.

¿Tiene sentido seguir viajando como antes? ¿O ha cambiado la forma en la que lo hacemos?

Hemos vivido una etapa de democratización del viaje, pero ahora esa ventana vuelve a cerrarse por inflación, pérdida de poder adquisitivo y otras razones. Es una pena, porque viajar no nos hace necesariamente mejores, pero sí nos obliga a enfrentarnos a realidades distintas, incluso a cosas tan simples como no dormir en nuestra cama. Viajar pone a prueba relaciones, hábitos y hasta identidades.

Hemos hablado de tu ‘no lugar’ favorito, pero, ¿cuál sería tu lugar favorito?

Bergen, en Noruega. No tengo ningún vínculo familiar con la ciudad, pero la primera vez que estuve allí sentí una pertenencia inmediata, como volver a un sitio que ya conocía. He regresado muchas veces y sigue siendo uno de mis lugares favoritos. Y, por supuesto, Galicia. Como cualquiera que tenga una gota de sangre gallega, siempre me ronda la idea de volver a la tierra de los abuelos y de los padres. 

¿Cómo es ser un viajero después de los 50?

Los que ya tenemos 50 estamos en una edad estupenda para viajar: seguimos siendo jóvenes, pero ya tenemos experiencia, madurez y prudencia. Aprovechemos mientras podamos, porque después estaremos toda la eternidad quietos en un solo lugar.