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La única película que Demi Moore se arrepiente de haber aceptado: “Fue una experiencia desastrosa”

Fotograma de Una Bruja en Nueva York
Fotograma de Una Bruja en Nueva York. Redacción Uppers
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Hay decisiones que se toman en un momento de debilidad, o por presión ajena, y que luego se arrastran durante décadas como si se tratara de una herida que nunca termina de cerrar. Para Demi Moore, esa decisión tiene nombre y apellidos: Una bruja en Nueva York (1991). Y lo peor, según ella misma ha reconocido, es que no tenía ningún motivo real para aceptar ese papel.

Un error tras el mayor éxito de su carrera

Para entender la magnitud de su equivocación, hay que entender el contexto. En 1990, Moore había protagonizado Ghost, un fenómeno de taquilla que catapultó a la actriz hacia lo más alto del star system de Hollywood. La película recaudó más de 500 millones de dólares en todo el mundo con un presupuesto de apenas 22 millones, y Moore recibió por ella una nominación al Globo de Oro. Era, en todos los sentidos, uno de los momentos cumbre de su carrera.

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Fue precisamente ese éxito el que la condujo al error. Como ella misma relata en sus memorias Inside Out. Mi historia (2019), su agente de entonces la presionó para aceptar Una bruja en Nueva York con un argumento puramente económico, el de subir su caché cada película aprovechando el impulso de Ghost. Moore cedió, y desde entonces no ha dejado de lamentarlo: “Estaba lidiando con una sensación de rechazo e incertidumbre que no podía superar cuando me ofrecieron esa película. No debería haberla hecho, pero por razones que no tenían nada que ver con Bruce Willis. Mi agente en ese momento me convenció de hacerla por el dinero, para subir mi salario. Nunca más he vuelto a hacer una película solo por dinero”.

Una experiencia que no quería repetir

Lo que vino después en el rodaje no hizo sino confirmar sus peores presagios. En el film, dirigido por el británico Terry Hughes, que era conocido hasta entonces por series de televisión como Las chicas de oro, Moore interpretaba a Marina, una joven clarividente de una pequeña isla de Carolina del Norte que se casa con un carnicero de Nueva York convencida de que es el hombre de sus sueños. Para el papel, tuvo que adoptar un acento sureño muy específico, el del dialecto histórico de la isla de Ocracoke, lo que le generó una ansiedad constante. «Tuve que emplear un acento sureño y me preocupaba sonar ridícula», reconoció en sus memorias.

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Una Bruja en Nueva York

Pero el acento era solo una pequeña parte del problema. Moore describe el rodaje completo como una fuente continua de inseguridad e incomodidad: “Nunca había trabajado así, y fue una experiencia desastrosa que no quería repetir. No me sentía segura ni al principio, ni mientras estuve allí, ni confiaba en el director. La película dependía de mí, pero no tenía ni la mitad de la experiencia de los otros actores, que eran Jeff Daniels, Frances McDormand y Mary Steenburgen. Me sentí intimidada y no tuve la confianza para pedirles ayuda”.

Es decir, que estando rodeada de un reparto de altura, con Frances McDormand, que años después ganaría el Óscar por Fargo; Mary Steenburgen, ya entonces ganadora del Óscar por Melvin y Howard; y Jeff Daniels, en pleno ascenso, Moore se sintió la menos preparada de todos, y no fue capaz de pedir apoyo ni al director ni a sus compañeros.

Un fracaso en toda regla

Por supuesto, el resultado no estuvo a la altura de las expectativas, y Una bruja en Nueva York recaudó apenas 9 millones de dólares en Estados Unidos, con una recepción de parte de los críticos igualmente desastrosa. La crítica de The New York Times, Janet Maslin, escribió en su reseña que la película pasaba demasiado tiempo tratando de resolver enredos amorosos que no necesitaban resolverse de esa manera.

Como colofón, en los premios que ponen nombre a los peores trabajos cinematográficos del año, los Razzies, se nominó a Demi Moore como Peor Actriz, tanto por su trabajo en Una bruja en Nueva York, como en El gran lío. Por suerte para Demi, ese año el premio recayó en Sean Young. Sin embargo, años después, se llevó el dudoso honor de ganar en dos ediciones consecutivas de los Razzies. Primero por Striptease y Coacción a un jurado, y después por La teniente O'Neil.

Lo que hace que todo este episodio sea algo más que una simple anécdota es la conclusión que Moore extrajo. Aceptar una película únicamente por razones económicas, sin convicción artística y bajo la presión de terceros, la condujo a una experiencia de la que todavía habla con visibles cicatrices emocionales más de tres décadas después. Y la lección fue tan contundente que la convirtió en un principio inamovible de su carrera: «Nunca más he vuelto a hacer una película solo por dinero».

Una declaración de principios que, viniendo de una actriz que en los años siguientes llegaría a cobrar 12,5 millones de dólares por Striptease, convirtiéndose en la actriz mejor pagada de Hollywood en aquel momento, adquiere una dimensión diferente. El dinero, sin duda, siguió llegando. Pero las condiciones para aceptarlo cambiaron para siempre.