Así es el trabajo silencioso de los médicos en conciertos: “La gente viene poco hidratada"

Doctores, enfermeros y técnicos sanitarios tratan mareos, borracheras y caídas (y, en ocasiones, navajazos) en eventos musicales. Así es su trabajo
La experta en exprimir al máximo los mejores conciertos: "Hay trucos para no quedarte sin entrada"
En el transcurso de la hora y media que dura el concierto, docenas de jóvenes desfilan, por su propio pie o transportados en pequeñas sillas de ruedas plegables, por el puesto médico del recinto. La mayoría son chicas a quienes el calor o el agobio de las primeras filas ha provocado súbitos desmayos; también hay chicos que han bebido de más. Un veinteañero sobrio explica que no deja de vomitar, aun cuando no siente mareo ni mal cuerpo. El trasiego es constante y no hay realmente espacio en la sala de espera —apenas ocho sillas distribuidas a la puerta de la caseta del doctor— para que todos, quienes llegan y quienes ya han sido atendidos pero necesitan un rato de recuperación— tomen asiento. A unos y otros el equipo médico trata con urgencia, solvencia y, lo más inesperado, casi diría que con dulzura.
Me levanto de mi silla para dejar sitio a nuevas incorporaciones. Estamos en febrero, y una de mis hijas, menor de edad, me ha engatusado para que la acompañe dos noches consecutivas al concierto de un reguetonero de los que ahora arrastran multitudes. La primera noche acepto el trago de presenciar la actuación, con ella, a pie de escenario; la segunda, y amparándome en el dolor de espalda que la experiencia me ha producido, busco un lugar en los pasillos del Palacio de los Deportes de Madrid donde sentarme a esperar que termine el suplicio.
Pero incluso los pasillos están acotados; un empleado de seguridad se apiada de mí y habla con la señora que parece estar al mando del puesto médico, quien me ofrece amablemente una de las sillas de la sala de espera. Es esta señora, cara visible del equipo sanitario, quien recibe a los espectadores indispuestos y, con increíble calor humano, les suministra los primeros auxilios.
Esa señora se llama Rocío da Cunha. Días después me reúno con ella en el Hospital Gómez Ulla, de Madrid, donde trabaja a diario como técnico sanitario y conductora de ambulancias. “Si el espectador viene en mal estado, lo último que se necesita es que lo trates peor. De entrada, tratamos de quitar importancia a su problema, para que no se asuste y esté más tranquilo”, dice. Asiste al público en conciertos de música todos los fines de semana y festivos desde hace diecisiete años.
Da Cunha, que tiene 59, entró en el sector facultativo cuando lo conoció de cerca: su hijo fue cogido por un toro en un encierro en la localidad donde residen. “En el trayecto en ambulancia me preguntaron por qué no me planteaba dedicarme a esto”, recuerda. “Y aquí estoy. La verdad es que es la horma de mi zapato”. Su labor en conciertos la realiza fuera de su horario semanal; como un plus. “No lo hago por la música, sino porque me gusta mi trabajo y me enfrenta a situaciones diferentes de las que se dan en el día a día”, añade. Su cometido consiste en dar apoyo a médicos y enfermeros y, en determinados casos, realizar curas.
Mareos, intoxicaciones, traumatismos
Las situaciones a las que estos profesionales se enfrentan en cualquier espectáculo musical van más allá de los típicos mareos e intoxicaciones por alcohol. “Hay que tener en cuenta —dice— que hay gente que pasa mucho tiempo de pie en la fila o hacen noche a las puertas del recinto. No se hidratan, y eso conduce a bajadas de tensión. Más raramente vemos caídas o infartos, que también los hay. El consumo excesivo de alcohol y drogas es habitual”.
Un público de más edad no garantiza una noche tranquila. “No hay que fiarse —advierte—: hay personas maduras que, como no salen habitualmente, a lo mejor se toman dos o tres cervezas y se ponen malos. El otro día atendimos a una chica madurita por consumo de drogas a quien tuvimos que trasladar, porque no había manera. Se habían repartido una pastilla entre cuatro amigas y a una le sentó peor”.

El doctor Francisco Javier López Carmona lidera los equipos médicos en muchos conciertos. “Lo más normal son episodios de mareos —explica—, incluso pérdidas de consciencia, algún traumatismo menor o a veces mayor, como fracturas por caída. Traumatismos torácicos, craneoencefálicos… En eventos grandes, como festivales de quince mil personas que duran toda la noche, pueden producirse peleas o agresiones, en las que se presentan heridas por arma blanca”.
“Mi pasión es la emergencia pura y dura”, prosigue el doctor, curtido en estas lides. “Me agrada asistir en conciertos no tanto por la música, aunque si podemos, vemos un rato al artista, sino por la situación laboral. No quiero que ocurra nada, pero me satisface el poder estar a la altura si ocurre”.
Los dispositivos sanitarios para conciertos están planificados al detalle. “No se deja nada al azar”, señala el doctor. “Como mínimo debemos estar dos médicos, dos o tres enfermeros y técnicos suficientes, que se mueven por parejas, para coordinar la evacuación. Hay festivales que se celebran en zonas apartadas y hemos de trasladar a las personas a un hospital”. Llegan al recinto horas antes del inicio del concierto y no se marchan hasta que todo se recoge. “También atendemos al personal laboral que se dedica al montaje y desmontaje de escenarios”, añade.
Consejos para no pasar por enfermería
Unos sencillos consejos podrían ahorrarnos disgustos en estos eventos a los que acudimos con gran ilusión (no como yo y el reggaetón). “No somos conscientes de que vamos a un sitio donde hay mucha gente. Hay quien fuma aunque sea en un recinto cerrado, y los asmáticos se ponen malísimos. Lo bueno sería que fuesen hidratados, bien comidos, porque cuando el cuerpo está mal, te tira al suelo para que la cabeza no se quede sin riego. Que no hagan cosas indebidas como tomar drogas y demasiado alcohol”, dice Rocío da Cunha.
Y apostilla el doctor López Carmona: “Habitualmente la gente es muy cabal, pero hay personas que no han descansado. Notamos falta de descanso de gente joven que está deseando ver a su cantante y pasa horas en una fila bajo un calor excesivo. A veces preguntas y te dicen que no es la primera vez que les sucede en lugares donde hay mucha gente. Apelo a la sensatez, desaconsejando el consumo de estupefacientes y siguiendo las indicaciones del personal de seguridad”.
El trato humano por parte de estos profesionales siempre va por delante. “Nos ponemos en el lugar de las personas”, dice el galeno. “Hay espectadores que vienen de otras ciudades e intentamos minimizar su estrés. Están sufriendo y hay que tratar de sosegarlo. Es obligado empatizar con el paciente y sus circunstancias”.

