David DeMaría regresa tras su etapa más difícil: “Llegué a odiar mi voz, me dolía cantar”

El cantante y compositor gaditano reaparece con ‘La puerta mágica’, un álbum con el que pone buena cara al mal tiempo vivido en los últimos años.
David DeMaría, emocionado al recordar la profesión de su padre: "Era mi héroe"
Hubo un momento en el que subirse a un escenario dejó de ser un refugio para convertirse en una carga. No era una metáfora ni un exceso dramático. Era físico. “Llegué a odiar mi voz. Me dolía cantar”. Así, sin rodeos, resume David DeMaría (Jerez de la Frontera, 1976) la etapa más oscura de una carrera que, durante años, había discurrido con la naturalidad de quien encadena discos, éxitos y giras sin demasiadas fisuras.
Ese punto de quiebre no llegó de golpe, sino como una sucesión de pérdidas. Hace cinco años, cuando su hijo era aún muy pequeño, recibió una demanda de divorcio. Su mujer era, además, su mánager. A ese golpe personal se sumó otro profesional: su discográfica comenzó a distanciarse de él (“dejó de apostar por mí”, dice), su equipo se desmoronó y, de un plumazo, se quedó sin estructura.
“Me quedé sin núcleo familiar, sin ver a mi hijo todos los días, con demandas, sin oficina de management, sin compañía de discos… Fue un momento en el que pensé que me iba a pique”, explica.
Ese contexto explica el tono de su anterior trabajo, Capricornio, y también la necesidad de dar un paso al frente con La puerta mágica, el disco con el que ahora regresa tras cinco años sin material inédito. Un álbum que, más que un simple regreso, funciona como un punto de inflexión emocional.
“He aprendido a vivir con la soledad, con la soledad deseada. Este disco tiene optimismo, ilusión, luz. Las cosas se pueden superar, pero hay que sudarlas, llorarlas y sufrirlas”.
La paternidad aparece, en ese proceso, como un salvavidas inesperado. No tanto como tema —aunque también, con canciones como “Mi príncipe blue”—, sino como motor vital. “Creo que la paternidad me ha salvado”, admite. Y ese cambio de perspectiva se filtra en todo el trabajo, tanto en las letras como en la actitud con la que encara esta nueva etapa.
Musicalmente, La puerta mágica es un disco abierto, sin prejuicios, que combina baladas, guiños al rock, reggae, bachata o incluso texturas más cercanas al dance. Una mezcla que no responde a una estrategia de mercado, sino a una biografía musical muy concreta: la de un artista que creció entre peñas flamencas en Jerez, pero que a los diez años escuchaba a Pink Floyd o The Beatles.
“No sé si tuve la suerte o la desgracia de nacer en el barrio de Lola Flores, de La Paquera, de Paco Cepero… y sin embargo me dio por escuchar a Pink Floyd. Luego a Triana, El Último de la Fila, Radio Futura, los Gipsy Kings… y la música italiana que escuchaban mis padres”.
Ese mestizaje, que también se alimenta de sus viajes a Latinoamérica o de sus grabaciones en Italia junto a Pablo Pinilla, su anterior productor, encuentra en este disco una especie de síntesis. Un trabajo cocinado a fuego lento —casi tres años de proceso— y sin la presión de una multinacional, que le ha permitido ir y venir sobre las canciones, abandonarlas y retomarlas, pulir arreglos y ajustar matices.
“Me ha dado tiempo a dejar el disco, volver, cambiar cosas, decir ‘le falta un toque más andaluz’ o ‘le falta algo más chispeante’. Lo he hecho sin prisas, tío”.
El título, además, no es casual. La puerta mágica remite a una idea de tránsito, de cierre y apertura, pero también tiene un origen doméstico. Surge de una película que vio con su hijo (La puerta mágica, 2023) y de una conversación posterior en la que el niño interpretaba cada canción como una puerta hacia un mundo distinto. “Cada canción es como abrir una puertecita hacia donde la música te lleve”, explica DeMaría.
La “quinta planta” de su vida
A sus 50 años —“hemos subido a la quinta planta de nuestra vida”, dice con media sonrisa—, DeMaría parece haber encontrado un cierto equilibrio entre lo que fue y lo que es. Sin imposturas. Sin intentar aparentar una juventud que ya no le corresponde. Esa nueva etapa la celebró de forma discreta pero significativa: su exmujer y su hijo le organizaron una fiesta sorpresa en la que le regalaron un tocadiscos, símbolo también de este nuevo momento en el que publica por primera vez un disco en vinilo.
“No me gusta teñirme ni parecer más joven”, afirma. “Creo que ahora canto mejor que nunca, que tengo canciones más frescas. El tiempo pasa, pero lo importante es qué haces con él”.
En ese recorrido, la composición sigue siendo el eje central. Por encima incluso de la interpretación o del directo. No en vano, buena parte de su carrera se ha sostenido también sobre canciones escritas para otros, desde “Niña piensa en ti”, de Los Caños —la que cree que más dinero le ha dado—, hasta temas para artistas como David Bisbal o Malú. “Si no fuese compositor, no estaría en este mundo. Lo que más disfruto es el proceso creativo”.
Esa defensa del oficio se vuelve especialmente contundente cuando habla de la música actual y del papel de la inteligencia artificial, a la que observa con escepticismo. Se siente más cerca de su paisano Manuel Alejandro que de la maquinaria con que hoy se fabrican canciones a destajo. “Hoy cualquiera se cree compositor”, lamenta. “Se copia lo que está de moda y ya está. Pero componer es otra cosa. Es artesanal. Tiene técnica, emoción, oficio. En cinco minutos hacen canciones y se creen autores… hay una falta de respeto enorme”.
No es una queja nostálgica, sino una forma de reivindicar una manera de entender la música que atraviesa todo el disco. Desde la escritura hasta la producción, pensada desde lo orgánico, desde la emoción, desde ese lugar en el que, como él mismo dice, la música todavía puede doler… o curar.

Y si ese dolor ha marcado su presente más reciente, hay episodios del pasado que, vistos con perspectiva, también ayudan a entender el personaje. Uno de ellos es su relación con Chenoa, una historia que en su momento se contó de forma fragmentaria y que él ahora reconstruye con naturalidad.
En aquellos años, DeMaría mantenía una relación formal con Elsa Pinilla, hija de su productor (y excomponente del trío musical Tess); ella se trasladó a Argentina dos años para desarrollar su carrera como actriz de televisón. “Yo coincidía con Elsa porque iba allí de promoción con mi disco Barcos de papel, y nos veíamos, pero tenía allí su vida, sus ligues, su movida, sus guiones…”.
En paralelo, el sencillo “Que yo no quiero problemas”, que David había grabado a dúo con Chenoa, se convirtió en un éxito en España. “Fue el roce del trabajo. Me veía con Laura [Chenoa] semanalmente, porque compartíamos promo, conciertos, una gira que hicimos con una marca… Y claro, Laura es una mujer increíble como artista, en el escenario, en el estudio. Cogimos muchísima química. Llegamos al punto de: ‘¿Qué vas a hacer esta Semana Santa?’. Conocí a su familia… Y de ahí surgió el romance, macho. ¿Cómo no va a surgir entre dos personas que nos dedicamos a lo mismo, que tenemos el mismo feeling?”
Había un problema: “Seguía enamorado de Elsa”, dice David. “Fui muy sincero con Laura”. Cuando Elsa regresó a España, la historia dio un nuevo giro. “Me dijo: ‘¿Pero qué haces, tío? Yo siempre te he querido a ti’. Y yo le dije: ‘Sí, tú siempre me has querido, pero llevamos dos años sin saber nada el uno del otro, te he visto dos veces en un aeropuerto, a ti te daba igual mi vida… déjame vivir la mía’. Y bueno, no me dejó vivirla”. Al ver que Elsa le tendía de nuevo la mano, David optó por retomar la antigua relación.
“Muchas veces pienso: ‘¿Qué habría pasado si hubiese seguido con Chenoa?’. Pues no lo sé. Pero yo fui sincero con lo que mi corazón dictaba y eso Laura lo supo siempre, porque se lo conté”. Con el tiempo se ha dado cuenta de que todo pasa por algo. “Al final tengo un hijo maravilloso, que es el amor de mi vida, y me llevo con Chenoa que te cagas. Somos compañeros. ¿Por qué? Porque siempre fuimos sinceros”.
Quizá ahí, en esa mezcla de heridas cerradas y lecciones aprendidas, esté también la clave de este nuevo disco. Un trabajo que no niega el pasado, pero que decide, por fin, abrir otra puerta.

