Cine

Es más fácil ver a un animal hablando en el cine que a una mujer mayor de 60 años, según un estudio

Demi Moore en 'La sustancia'. Uppers
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Imagen una audición para una superproducción de Hollywood en la que se busca un perfil con carisma, experiencia y poder de convocatoria en taquilla. En el pasillo aguardan un actor de 60 años y una actriz de su misma edad. El resultado ya nos lo sabemos: él se convertirá en un intrépido héroe de acción que salva el planeta, mientras que a ella, con suerte, la llamarán para interpretar a su madre.

Aunque parezca una exageración, los datos demuestran que el edadismo sigue profundamente incrustado en la industria audiovisual, y cuando se cruza con el género, el resultado es demoledor para las mujeres. La última sacudida la ha dado la campaña Age Without Limits, impulsada por el Centro para un Envejecimiento Mejor en Reino Unido. Su análisis de las películas más taquilleras de los últimos años concluye que es más probable encontrar una película protagonizada por un animal parlante que por una mujer mayor de 60 años.

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Sí, un oso que habla, un gato con voz humana o cualquier criatura animada tiene hoy más opciones de liderar una superproducción que una actriz sexagenaria ganadora del Oscar. El estudio revisó los grandes éxitos de taquilla británicos entre 2023 y 2025 y encontró apenas cinco películas encabezadas por mujeres mayores de 60. En ese mismo periodo hubo más filmes protagonizados por actores llamados Chris —Chris Pratt, Chris Hemsworth, Chris Pine o incluso Christian Friedel— que por actrices de esa edad.

Detrás de la anécdota viral subyace la invisibilidad cultural de las mujeres maduras. Porque cuando un grupo apenas aparece en pantalla, la industria termina transmitiendo la idea de que sus historias importan menos, venden menos o interesan menos.

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La actriz Emma Thompson ha reaccionado públicamente a estos datos recordando que las mujeres de 60, 70 u 80 años siguen enamorándose, trabajando, equivocándose, viajando, teniendo sexo, cuidando, liderando empresas o empezando de cero. Es decir, siguen viviendo.

El problema no es nuevo

El problema, no obstante, viene de lejos. Desde hace años, universidades y observatorios especializados están cuantificando cómo desaparecen las mujeres de cierta edad del mapa audiovisual. Uno de los trabajos más citados es The Ageless Test, del Geena Davis Institute, fundado por la actriz Geena Davis.

El informe analizó películas de éxito en EEUU, Reino Unido, Francia y Alemania y llegó a la conclusión de que las mujeres mayores de 50 años están muy infrarrepresentadas y, cuando aparecen, suelen estar asociadas a estereotipos negativos.

Según ese estudio, las mujeres de más de 50 representan apenas una cuarta parte de los personajes maduros en pantalla. Además, tienen muchas más probabilidades que los hombres de ser retratadas como frágiles, seniles, dependientes o aisladas socialmente.

Otro gran termómetro del problema son los estudios de la Iniciativa de Inclusión de USC Annenberg, probablemente el observatorio más influyente sobre diversidad en el entretenimiento. Uno de sus informes más recientes mostró que en 2023 solo 30 de las 100 películas más taquilleras tenían una protagonista o coprotagonista femenina, el peor dato en una década. Y entre esas pocas películas, las lideradas por mujeres mayores eran todavía más escasas. Otro de sus estudios detectó que casi la mitad de las películas analizadas incluían bromas o comentarios edadistas dirigidos a personajes sénior.

Es decir, Hollywood acepta el envejecimiento masculino como una evolución natural, incluso atractiva, como demuestran casos como los de Harrison Ford, George Clooney, Brad Pitt o Liam Neeson, pero el femenino continúa tratándose como un problema narrativo. Y eso se nota en que, cuando se las incluye, las mujeres maduras suelen quedan reducidas a madres abnegadas, suegras excéntricas, abuelas entrañables o figuras de apoyo emocional para personajes más jóvenes.

Rara vez se les concede el centro del relato con la misma complejidad que a los hombres de su generación. De hecho, cuando una actriz madura logra un gran papel, suele presentarse casi como una excepción heroica. Que Jamie Lee Curtis, Michelle Yeoh o Demi Moore brillen en proyectos recientes debería ser normal, no noticia.

Lo curioso es que la industria insiste en ignorar a un público que lleva años demostrando poder adquisitivo y fidelidad cultural. El propio informe de Age Without Limits recuerda que casi una quinta parte de quienes van al cine en Reino Unido tienen más de 55 años.

El test más famoso sigue siendo incómodo

En cualquier conversación sobre representación femenina termina apareciendo el famoso test de Bechdel, una herramienta sencilla pero devastadora creada a partir de una viñeta de la historietista Alison Bechdel. El test plantea tres reglas básicas: que una obra tenga al menos dos mujeres con nombre, que esas mujeres hablen entre sí y que la conversación no trate sobre un hombre.

Parece facilísimo. Y, sin embargo, muchísimas películas todavía suspenden. El test evidencia hasta qué punto las mujeres han sido históricamente secundarias en la ficción. Si dos personajes femeninos ni siquiera pueden mantener una conversación sobre algo distinto a un hombre, queda claro quién ocupa el verdadero centro del relato. Porque ya no basta con 'estar' en pantalla. La pregunta debe ser cómo se está, cuánto espacio se ocupa y qué tipo de vidas se consideran dignas de ser contadas.