Ximena Maier ilustra su nueva vida en el campo: “Ahora tenemos cada día lo que antes buscábamos los fines de semana”

La ilustradora y ceramista narra su cambio de vida a los 50 en el libro 'Una casa portuguesa' (Lumen), cuando se mudó a un rincón del Alentejo
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MadridNos cuenta Ximena Maier (Madrid, 1975) que el libro que es ahora Una casa portuguesa (Lumen) iba, en origen, sobre una de sus pasiones: los azulejos. Pero que la editora estuvo hábil e intuyó que tras él había otro libro, uno en el que esta ilustradora y escritora narrara su mudanza a Portugal y, sobre todo, la rehabilitación de su nuevo hogar, una vieja casa en el Alentejo.
Maier ilustra con trazo impresionista su reinvención a partir de una nueva manera de vivir marcada por los ritmos de la naturaleza, el trabajo manual y el aprendizaje cotidiano. Con ella charlamos de su peripecia portuguesa, plasmada en pequeños relatos ilustrados que dejan su huella.

En el libro cuentas que durante mucho tiempo te imaginabas envejeciendo como una urbanita, y no viviendo en una casa en el campo portugués. ¿Te reconoces ahora más en esta vida?
Claro, porque es que ahora estoy ahí. Pero no me veía para nada así. Si me lo hubieran preguntado hace siete años habría dicho que ni de broma. En todo caso, hubiera pensado en algún momento en algo como irse a las afueras, no en convertirme en alguien que está todo el día con la azada en la mano. Y al final, pues aquí estoy.
¿Tenías alguna relación previa con el trabajo del campo o el huerto?
Ninguna. Cero. De hecho, creo que la gente que sí conoce ese mundo sabe perfectamente la trabajera que supone y no se mete a lo loco. Yo, como no lo sabía, pensé: “¡Qué bonito!”. Y luego descubres lo que cuesta hacer un simple surco. Intento que los haga mi marido porque es más fuerte, pero él tampoco tiene demasiado interés. Aunque ahora la tendencia moderna es no hacer surcos y respetar más la tierra, así que me viene mejor (risas).
Portugal aparece en el libro como un lugar especialmente amable, casi detenido en otro tiempo. ¿Eso también ayuda a sentir la casa como hogar?
Bueno, en Portugal pasa algo parecido a España: ha habido un éxodo rural enorme. Yo vivo en el Alentejo, que es el Portugal vaciado en su máximo esplendor. Muchísimos vecinos son personas mayores con hijos viven en Lisboa, en Luxemburgo... Yo he llegado allí desde fuera, tomándomelo todo con mucha fascinación, pero también siendo consciente de que es una vida dura si realmente dependes del campo. Yo tengo la suerte de no vivir del campo, sino de vivir en el campo. Y eso es muy distinto.
Imagino que habrás aprendido muchísimo de tus vecinos.
Claro. Ellos llevan allí cincuenta o setenta años. Saben cuándo va a llover, cuándo llegan las ranas, cómo responde la tierra… Toda esa sabiduría viene de haberlo vivido durante décadas. Yo espero aprender algo de eso con el tiempo, pero mientras tanto tengo a quién preguntar.
En el libro cuentas escenas muy divertidas con Manuel, el antiguo dueño de la casa.
Manuel es increíble. Parece un señor muy tranquilo, pero coge la azada y en dos movimientos hace un agujero perfecto, como trazado con compás. Y tú piensas: “Esto parece facilísimo”. Luego lo intentas y acabas llena de barro, con un agujero informe y ridículo. Entonces él llega, hace tras, tras y lo deja perfecto. Ahí te das cuenta de la experiencia que hay detrás de gestos aparentemente simples.

La reforma de la casa ocupa una parte importante del libro. Viéndolo ahora con perspectiva, ¿qué fue lo más complicado?
Lo más difícil fue asumir cómo funcionan las obras. Retrasos, materiales que no llegan, presupuestos que cambian… Yo, como ilustradora freelance, estoy acostumbrada a entregar a tiempo y correctamente. Entonces me costaba muchísimo esa sensación de estar completamente vendida a las circunstancias. Pero al final te entregas y entiendes que no controlas nada.
Además de ilustradora, ahora también eres ceramista. ¿La vida en esa casa ha cambiado tu manera de trabajar?
Muchísimo. He aprendido muchísimo sobre plantas y animales. Antes dibujaba plantas “más o menos”. Veía verdes distintos, pero no conocía realmente las especies. Ahora sí. Y eso me ayuda mucho también en la cerámica, porque tienes que sintetizar muchísimo: una hoja puede resolverse con una sola pincelada. Cuanto más conoces una planta, mejor puedes resumirla visualmente. También me pasa con los pájaros. Ahora los observo continuamente y ya entiendo cómo son, cómo se mueven, cómo funcionan sus cuerpos. Todo eso acaba entrando en el dibujo casi sin darte cuenta.
De hecho, en el libro hay páginas enteras dedicadas a aves. ¿Te has convertido en una especie de ornitóloga accidental?
Totalmente. Y además sin proponérmelo. Lo bonito es que estoy viendo el ciclo completo de los animales año tras año. Esta es ya mi séptima primavera allí y ahora escucho un sonido y sé qué pájaro es. Antes todo me parecía increíble y exótico; ahora reconozco patrones, sé cuándo llegan ciertas especies o qué plantas atraen determinadas mariposas. Es un aprendizaje muy cotidiano, nada académico.
También hablas mucho del tiempo y de cómo cambia la percepción de los días viviendo allí.
Sí, siempre digo que ahora tenemos todos los días lo que antes buscábamos los fines de semana. La frontera entre trabajo, ocio y vida cotidiana se mezcla completamente. Como soy freelance, puedo estar un martes leyendo tranquilamente y un sábado terminando un proyecto. Y al mismo tiempo estoy pensando en cosas que ocurrirán dentro de tres meses o dentro de tres años: cuándo habrá aceitunas, si llegarán las almendras, qué plantar para que luego vengan determinadas mariposas…
La casa parece haberse convertido casi en un personaje más del libro.
¡Lo es! Porque la casa no es solo la casa: es una forma de vida. Hay tareas diarias, como regar en verano, pero también estás continuamente pensando a largo plazo. Todo está conectado. Empiezas a entender pequeños ciclos ecológicos de una manera muy doméstica, muy de bolsillo.
¿Crees que esta transformación tiene algo que ver con la edad? ¿Cada vez buscamos más reinventarnos pasados los 50?
Sí, creo que sí. Es un tópico eso de “la señora de cincuenta años con jardín”, pero tiene bastante sentido. Tus hijos ya empiezan a independizarse y, de repente, en vez de criar criaturas, estás criando plantas. Además, aunque parezca un giro radical, en realidad no empiezas de cero: yo llevo treinta años trabajando como ilustradora. Toda esa experiencia y disciplina la aplico ahora a la cerámica y a esta nueva etapa.
Eres madrileña. ¿Qué echas de menos de Madrid?
Todo. Estoy feliz donde vivo, pero adoro la ciudad. Echo muchísimo de menos abrir la puerta y bajar a tomar un café. Parece una tontería, pero para mí es un lujo. También echo muchísimo de menos a mi familia y a mis amigos, claro. Y me encanta ir al Museo del Prado, caminar por Madrid, todo eso. Me sigue gustando muchísimo la vida urbana.
¿Te ves viviendo definitivamente allí?
Sí. Después de la mudanza no tengo ninguna ganas de volver a moverme. Mi marido, que es profesor universitario, a veces aparece por casa con ideas de proyectos interesantísimos en Groenlandia y yo le digo: “No me líes, por favor”. Ya vivimos en Escocia, ya hemos pasado frío suficiente. Ahora estamos muy bien aquí.

