Cultura

Bernardo Atxaga, escritor: "Urtain fue, más que un juguete roto, un niño abandonado"

El escritor Bernardo Atxaga vuelve al ruedo literario con 'Golondrinas'
El escritor vasco reflexiona sobre lo que significó el conocido boxeador para la España de su época. (Editorial Alfaguara)
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MadridHabita Bernardo Atxaga (Asteasu, Gipúzkoa, 1951) un universo personal pero que está conectado de manera íntima con el nuestro. El escritor vasco vuelve con Golondrinas (Alfaguara), un libro que parte de la historia del famoso boxeador José Manuel Ibar Urtain, para bifurcarse en múltiples direcciones, en una mezcla de intriga, humor y realismo mágicos.

El libro discurre, como otras obras de Atxaga, por caminos poco trillados, en los que sumerge al lector a través de una prosa poética e imaginativa que teje una historia a lo largo de más de 50 años, acabando en el aún por llegar 2042. Una charla con el escritor vasco es también una conversación de conversaciones, porque Atxaga trufa de una filosofía muy personal sus -agudas-reflexiones sobre su propia obra y la realidad circundante. 

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Golondrinas: ¿a qué alude el título del libro?

Todo lo que existe tiene historia, y las golondrinas también. Todo el mundo visualiza enseguida qué son: unos pájaros concretos, con un vuelo característico. Pero además tienen una historia fascinante, como su migración anual de miles de kilómetros. Hace poco leí que una golondrina anillada en la costa vasca había aparecido en Malí. Esa es una buena historia.

Portada de 'Golondrinas', el nuevo libro de Bernardo Atxaga
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Imagino que es un hilo del que tirar para enhebrar un relato…

Cuando escribo, digo que es como trabajar en una ferretería: necesitas tornillos, arandelas… materiales. Yo tenía cincuenta o sesenta apuntes sobre golondrinas. En la novela aparecen como elementos que van construyendo el relato: en una lápida, en el aire… y siempre descritas de forma poco convencional, porque el narrador es un ser inmaterial, casi demoníaco, que las observa con distancia.

¿Por qué decides estructurar la novela en torno a tres momentos separados en el tiempo?

No fue una decisión totalmente previa, pero vi que me funcionaba dividirla en tres momentos separados por 25 años. Esos momentos coinciden con funerales, que son situaciones de gran intensidad emocional. Además, narrativamente tienen una ventaja: concentran a muchos personajes en un mismo lugar. En un entierro puedes reunir a treinta o cuarenta personas y presentarlas en conjunto, y luego ir desarrollándolas. Si no, necesitarías miles de páginas. Cada funeral introduce un mundo distinto: en uno aparece un boxeador, en otro un personaje cercano a un capo con todo su entorno, y en el tercero quise introducir luminosidad, con personajes más creativos y vitales.

El primer finado que aparece es el famoso boxeador Urtain. ¿Qué te interesa de él?

Todo tiene historia, y Urtain también. Podría haber escrito sobre su vida anterior al boxeo, en el mundo rural vasco, que conozco bien. O sobre el tópico del “juguete roto” Pero a mí me interesa otro círculo: el del desamparo. Urtain es alguien fuera de su lugar. Ha salido de su entorno y entra en otro que no domina, y eso acaba destruyéndolo. En el fondo, la novela habla de ese “niño abandonado”, da igual la edad. Ese es el tema central, y Urtain encarna muy bien esa idea. Fue un ídolo para el franquismo, lo que lo convirtió en una figura polémica.

A este respecto, has mencionado alguna vez que, en tu opinión, boxeo y fascismo están íntimamente relacionados…

Es una relación histórica. El boxeador siempre ha simbolizado fuerza, poder, una visión autoritaria de la vida de alguna manera. Ahí tenemos figuras como Primo Carnera, que fue un ídolo en la Italia de Mussolini. En el siglo XX, el boxeo tuvo un papel muy particular como símbolo político. Aunque también hay excepciones extraordinarias como Muhammad Ali, que además de ser un gran deportista tuvo una postura ética y política admirable.

En la contraportada se habla de cómo la máscara pública devora a la persona. ¿Es así?

La palabra “persona” viene de “máscara”. En el teatro griego, la máscara servía para amplificar la voz y expresar emociones. Hoy seguimos viviendo con máscaras. Nuestra identidad social depende mucho de los otros. Y en la actualidad, con los medios de comunicación, muchas veces no vemos a las personas, sino su máscara. En el caso de figuras públicas es aún más evidente: parecen actores. Cuando ves a alguien como Donald Trump, lo que percibes es una representación. Es un baile de máscaras.

Atxaga vuelve a componer un mundo muy personal, con reflexiones que rondan lo filosófico

Si antes los boxeadores eran mitos sociales, ¿quién ocupa ese lugar hoy?

No lo tengo claro. No estoy seguro de que el boxeo haya perdido tanto peso, al menos en algunos países. Pero más allá de eso, lo importante es que hoy lo irracional está muy presente. Los mitos siguen existiendo, pero de otras formas. Vivimos en una época donde la irracionalidad y las narrativas y noticias falsas se imponen con mucha fuerza.

¿Dirías que vivimos en una especie de ficción colectiva?

La realidad siempre ha sido compleja y difícil de entender. Nadie vive en ella como pez en el agua. Lo que ocurre es que aceptar mitos o explicaciones irracionales simplifica mucho las cosas: te evita pensar. Y eso hoy en día es muy frecuente.

¿Esta situación es nueva o ha existido siempre?

Esa es una gran pregunta. Por un lado, estas cosas siempre han pasado, solo que ahora las vemos más. Pero también me pregunto si lo que estamos viviendo es un anticipo de algo peor. Como cuando un volcán empieza a temblar antes de una erupción mayor. El problema es que ahora los medios amplifican todo, y cuando eso ocurre, sobre todo en potencias grandes, las consecuencias pueden ser muy serias.

¿Cómo afrontas el recorrido del libro una vez publicado?

Uno habla de lo que cree haber escrito, pero luego el libro ya no es suyo. Es el lector quien lo completa, lo interpreta y decide su verdadero recorrido.