Von Benda-Beckmann o descubrir que tu familia era nazi: “Siempre he sentido que cargaba con un peso heredado”
El historiador neerlandés de ascendencia alemana reconstruye en 'Mi familia nazi' el papel que desempeñaron varios parientes suyos en el Tercer Reich
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"¿Qué harías si descubres que tu pasado familiar está estrechísimamente ligado al régimen de Hitler?". Esa impactante pregunta encabeza el texto promocional del libro 'Mi familia nazi' (Espasa), en el que el historiador neerlandés de ascendencia alemana Bas von Benda-Beckmann reconstruye el papel que desempeñaron varios familiares suyos en el Tercer Reich a partir de cartas, diarios, memorias y documentos de archivo, lo que también le permite reflexionar sobre el peso de heredar una historia tan incómoda.
En realidad, Von Benda-Beckmann supo muy pronto, con 13 años, que su tía abuela Luise era la viuda del general más leal del Führer, Alfred Jodl, que fue condenado a muerte durante los Juicios de Núremberg por crímenes de guerra. "Lo descubrí mientras fregaba los platos con mi tía alemana. Fue un gran impacto para mí. Conocía a Luise como una anciana dulce y amable, y de repente descubrí que había estado muy cerca de uno de los líderes militares de la Alemania nazi", nos cuenta el autor.
"Me sentí confundido: ¿cómo era posible que un miembro de mi familia hubiera estado implicado en el nazismo?". Esa pregunta llevó a otras que, en última instancia, le impulsaron a escribir esta historia familiar que nos habla de los prejuicios, de la memoria, de la culpa y del sentido de la responsabilidad hacia nuestro propio pasado.
En muchas familias alemanas, el legado del nazismo sobrevivió durante décadas a través del silencio, los eufemismos o la negación directa. ¿Cómo fue en su propia familia?
El innovador libro de Harald Welzer 'Opa war kein Nazi (Mi abuelo no era nazi)' mostró que las familias alemanas, incluida la generación de los nietos, recordaban sistemáticamente a sus abuelos como resistentes o víctimas, en lugar de como perpetradores. En varios aspectos reconocí mucho de mi propia familia en ese libro.
La memoria familiar sobre Jodl siempre fue ambivalente y algo incómoda. Mi padre, mi tío y mis tías nunca aceptaron por completo la imagen idealizada que Luise tenía de él, pero sus críticas también tenían límites. Por un lado, cuestionaban la lealtad de Alfred Jodl a Hitler y también las anécdotas edulcoradas que Luise contaba sobre la guerra, pero les costaba considerarlos nazis. En relación con Luise, tendían a no llevar la conversación demasiado lejos y reaccionaban más bien con cierta incomodidad y una ironía moderada.
¿Qué le enseñó este viaje sobre la transmisión intergeneracional de la culpa y la vergüenza?
Sinceramente, no creo que la culpa sea algo que pueda transmitirse de generación en generación. No soy responsable de los errores cometidos por mis abuelos ni por sus hermanos. Sin embargo, a nivel emocional siempre he sentido que cargaba con algún tipo de peso heredado, y una de las cosas que intento hacer en mi libro es comprender claramente qué significa ese peso.
Creo que se reduce a esto: lo que sí se transmite entre generaciones es una forma de gestionar el pasado. En mi familia, a menudo adoptó la forma de la evasión: el tono irónico, las bromas suaves sobre el entusiasmo de Luise por Hitler, que nunca llegaban a convertirse en una verdadera confrontación con el grado real de implicación que ella y otros miembros de la familia tuvieron con el sistema y la ideología nazi.
Así que, si este viaje me enseñó algo sobre la transmisión, es que lo que cruza las generaciones no es la culpabilidad, que muere con la persona, sino una responsabilidad: la de revelar en lugar de embellecer, la de entrar en las habitaciones que la familia mantuvo cerradas. Luise no me legó su culpa. Me legó la obligación de no apartar la mirada.
Los sistemas malvados no funcionan gracias a monstruos. Funcionan gracias a personas reconocibles que intentan preservar su autoestima durante todo el proceso
Una de las preguntas más inquietantes que subyacen en el libro es cómo personas corrientes llegaron a formar parte de sistemas monstruosos sin verse a sí mismas como monstruos. ¿A qué conclusión llegó?
La respuesta a la que llegué es también la más perturbadora, aunque no necesariamente una idea nueva: los sistemas malvados no funcionan gracias a monstruos. Funcionan gracias a personas reconocibles que intentan preservar su autoestima durante todo el proceso.
Eso fue lo que encontré aterrador en mi propia familia: no que resultaran ser demoníacos en secreto, sino que amaban, temían, sufrían y también participaban, miraban hacia otro lado o permanecían indiferentes. El horror y la humanidad nunca estuvieron en compartimentos separados. Eran las mismas personas.
Entonces surge la pregunta: ¿qué permitió esa coexistencia? Creo que aquí intervienen varios mecanismos. Quizá el más importante sea lo que yo llamaría la decisión deliberada de mirar hacia otro lado o el acto motivado de no querer ver.
Luise admitió que había reprimido los rumores y que, cuando un médico le habló de los gaseamientos, fue "lo bastante ingenua como para reírse". Vio lo que quería ver, antes de 1945 y después. Esa capacidad de visión selectiva es un mecanismo fundamental para sostener ideologías y sistemas políticos que terminan implicándose en genocidios.
Como historiador, está formado para mantener una distancia crítica; como descendiente, está emocionalmente implicado. ¿Cómo gestionó esa tensión?
Fue una dificultad que tuve que superar durante este proyecto. Antes de investigar la historia de mi familia había escrito varios libros sobre la historia del nazismo y el Holocausto, pero en esos casos era más fácil mantener una distancia crítica porque no existía una conexión personal directa.
Para esta historia familiar, por un lado, mi formación y experiencia profesional como historiador fueron fundamentales. Esa 'caja de herramientas profesional', por así decirlo, me ayudó a contextualizar mis fuentes, analizarlas críticamente y comprender los procesos históricos más amplios.
Por otro lado, en este proyecto esa caja de herramientas no era suficiente. Al tratarse de mi propia familia, la historia se volvió profundamente personal y aparecieron emociones y vínculos afectivos. Desde el principio comprendí que era imposible abordar este tema como cualquier otra investigación histórica. Necesitaba reflexionar explícitamente sobre mi propia posición, mis sentimientos, mis preguntas y mis dudas. Creo que eso me ayudó a identificar posibles puntos ciegos y también a separar, en cierta medida, mi análisis histórico del impacto personal de mis descubrimientos.
¿Hubo algún descubrimiento que hubiera preferido no hacer?
Antes de empezar, comprendí que la única manera de hacer este trabajo correctamente era ser totalmente honesto e incluir en el libro todos los hallazgos relevantes, por dolorosos que fueran. En ese sentido, recibí con interés todos los descubrimientos que hice en los archivos y en la documentación familiar.
Sin embargo, sí hubo hallazgos especialmente dolorosos. Por ejemplo, la historia de mis tíos abuelos Dorelise y Eberhard fue profundamente angustiosa. Antes de comenzar no tenía ni idea de que habían vivido en Lublin, en la Polonia ocupada, en pleno corazón del Holocausto, ni de que Eberhard había sido responsable de organizar el trabajo forzado de judíos polacos y había presenciado la liquidación del gueto judío de Lublin por parte de las SS, la primera fase de los asesinatos masivos de la tristemente célebre Operación Reinhard. Siempre había imaginado que mi familia había estado más alejada del genocidio real.
Me parece sorprendentemente reconocible la relativa facilidad con la que personas bastante corrientes y, a veces, incluso agradables, pueden verse atraídas por ideas políticas radicalizadas
¿Qué rasgos o características de sus antepasados le resultan reconocibles en el mundo actual?
Lo que me parece sorprendentemente reconocible es la relativa facilidad con la que personas bastante corrientes y, a veces, incluso agradables, pueden verse atraídas por ideas políticas radicalizadas.
Creo que el proceso de mirar hacia otro lado y no querer ver, ya sea de forma inconsciente o deliberada, desempeña aquí un papel importante. Lo vemos en el auge de la extrema derecha en Europa y Estados Unidos, pero también en las reacciones ante conflictos como el de Israel y Palestina o en relación con los refugiados: a la gente le resulta muy difícil sentir empatía por personas y grupos con los que no se identifica.
Por eso observo, incluso en mi propio entorno social, que muchas personas sensatas e inteligentes solo son capaces de percibir una cara de la moneda, únicamente el sufrimiento de un grupo.
¿Esta investigación cambió su comprensión de la historia alemana del siglo XX?
Creo que mi enfoque personal me ayudó a comprender mejor el impacto de los acontecimientos históricos en la vida cotidiana de las personas y la interacción entre la educación social y política y la capacidad individual de decisión. La pregunta fundamental de "cómo pudo ocurrir el Holocausto" solo puede abordarse mediante una comprensión profunda de lo que las personas creían y de por qué actuaban como lo hicieron.
Mi método de yuxtaponer las vidas de mis familiares con el contexto histórico más amplio, como una lente que se acerca y se aleja constantemente, me ayudó a comprender mejor los procesos de radicalización, el apoyo al nazismo y la participación en sus crímenes.
La diversidad de comportamientos entre los distintos miembros de mi familia también me mostró cómo las personas están condicionadas por su entorno, pero siguen siendo capaces de pensar y actuar de maneras muy diferentes.
¿Qué cree que puede enseñar su libro a lectores de países que no han afrontado seriamente su propia memoria histórica?
Dos cosas. La primera es que resulta absolutamente necesario que los países con una historia de dictadura y violencia afronten su pasado difícil y doloroso. Una democracia constitucional sólida debe fundamentarse en la apertura, no solo hacia el presente y el futuro, sino también hacia el pasado. Creo que, en muchos sentidos, aunque nunca de forma perfecta, Alemania Occidental dio un buen ejemplo. Al menos en el plano cultural y político, una condena clara del pasado nazi se convirtió en un elemento central para reconstruir una democracia sólida.
La segunda, y este es un paso que Alemania solo ha empezado a dar recientemente, es que es importante abordar esta cuestión no solo de forma abstracta y general, sino también a un nivel más personal. Creo que la historia familiar crítica ofrece una vía de acceso muy valiosa para enfrentarse a un pasado doloroso, precisamente porque añade una dimensión personal. Tanto el autor como el lector se ven obligados a afrontar de forma muy directa las implicaciones de la culpa y la complicidad, no solo en términos generales y abstractos.
De este modo también resulta mucho más difícil externalizar estas cuestiones: uno se ve obligado a plantearse la pregunta de Tini: "¿Qué percibo del sufrimiento que existe en el mundo y qué hago al respecto?".
¿Siente que ha curado una herida o que, por el contrario, la ha abierto completamente por primera vez?
No creo que mi intención fuera realmente curar una herida. Creo firmemente en la necesidad de una memoria veraz y significativa del pasado nazi y del Holocausto, y tenía muchas preguntas sobre mi propia familia a las que quería dar respuesta. En mi libro he intentado responderlas lo mejor posible. El resultado, creo, no es ni una herida curada ni una herida recién abierta. Es más bien como si se hubiera limpiado un cristal empañado y se hubieran añadido varias lentes nuevas. De ese modo, la imagen se ha vuelto más nítida.
Para mí, eso también significa liberarme de la carga de necesitar saber solo una parte de la historia. Tengo que convivir con este pasado familiar, y eso puede resultar difícil, pero al menos ahora sé con qué estoy conviviendo.
Después de todo lo que ha descubierto, ¿qué cree que habría hecho usted si hubiera nacido en esa familia y en aquella Alemania?
Es una pregunta que me hacen mucho, también mis propios familiares. La verdad es que no lo sé. Pero sí sé que, por mucho que las personas estuvieran condicionadas por su entorno social y su educación, siempre existía un margen para la decisión individual. Por tanto, no era inevitable que alemanes como mi tía abuela Luise pensaran y actuaran como lo hicieron, ni que Alfred Jodl siguiera a Hitler hasta el final. Tenían elección, y hubo otras personas en circunstancias similares que tomaron decisiones diferentes.
