Manuel Jabois: "La pregunta es, ¿hasta donde estarías dispuesto a llegar para defender a tu familia?"

El escritor publica 'La Víspera' (Alfaguara), una historia de familia, silencios y giros argumentales: "Las familias felices existen, pero no suelen ser material literario", dice
Manuel Vilas narra su segundo divorcio a los 63: "El dolor era insoportable"
Son casi las 2 de la tarde y Manuel Jabois (Sanxenxo, Pontevedra, 1978) quiere coger aire y tomar algo. Por eso, nos propone trasladar esta entrevista de la funcional oficina de su editorial, Alfaguara, a una terraza. Hace ya calor en Madrid, pero no demasiado, y es buen momento para conversar tomando una caña. La vida fluye alrededor.

El motivo de la charla con el periodista y escritor gallego es la publicación de su nueva novela, 'La Víspera' (Alfaguara), una historia familiar que esconde otras historias, como siempre suele suceder. El punto de partida perfecto para una conversación en la que caben los 'youtubers' que se graban jugando, los regates de Ronaldinho o los niños de los 80 que querían a mamá, pero buscaban ser como su papá.
Todo comienza con los preparativos de la comida del 65 cumpleaños de Amalia Constenla, madre de dos hijos adultos. Uno de ellos, Chami, ex futbolista de éxito con TDAH y ciertos problemas con la noche. Al mismo tiempo, la policía busca a dos niños desaparecidos en el pueblo gallego donde trascurre la trama. Silencios. Secretos. Nada será como parece.
¿Es la víspera siempre preludio de algo grande, una olla a presión?
La víspera de una celebración es la ficción, porque como todavía no ha ocurrido nada puedes fabular, imaginar qué pasará a continuación. En realidad, la fiesta ya está sucediendo; la fiesta la escribe el periodista y la víspera la escribe el novelista. Es todo expectativa, todo potencial. Podemos imaginar versiones distintas de lo que puede ocurrir, pero tenemos que imaginarlas porque todavía no estamos ante hechos consumados.
En las celebraciones familiares, como sucede en la novela, ¿hay más tensión y más concentración de cosas?
En esta familia en concreto todo lo que tiene que pasar ocurre en la víspera porque es una familia construida sobre silencios. Cuando los silencios construyen las relaciones, queda un espacio enorme para mentir o para ocupar esos huecos de la forma que a cada uno le convenga. Las celebraciones familiares son una fuente narrativa maravillosa porque unen a personas a través de un vínculo muy literario: la sangre. Nos encontramos sentados con otros porque nacimos de la misma gente, porque alguien nos parió o alguien nos engendró. A mí eso me parece algo muy hermoso, y no solo desde un punto de vista literario. Aunque también es cierto que muchas veces esas uniones desembocan en tragedias o en conflictos.

Está esa idea de que la familia es la familia, la elijas o no.
Hay vínculos que parecen indestructibles, pero también creo que uno tiene que tener el derecho a aceptar a su familia o a repudiarla. Hay familias que son infernales y me parece completamente legítimo que alguien se vaya y construya otra familia con quien quiera. Y también me parece lógico lo contrario: defenderla por encima de todo si eres feliz en ella.
Defenderla ¿hasta dónde?
Esa es precisamente la gran pregunta de la novela: ¿hasta dónde estás dispuesto a llegar para defender a tu familia? Es una pregunta que atraviesa todo el libro.
Hasta ahí: no hagamos 'spoilers'. Antes hablabas de los silencios. ¿Esos silencios tienen que existir siempre en las familias?
Creo que sí. No veo mal que no se cuente todo, porque no es necesario. Tampoco hace falta entender siempre las cosas. Hay una especie de moda o de obsesión por querer comprenderlo absolutamente todo.
¿Se vive mejor así, sin entender las cosas al cien por cien?
Hay cosas que sí debemos entender, claro: cómo funciona el mundo, ciertas reglas básicas de la vida... Pero no hace falta entenderlo todo ni pretender que todo tenga una explicación racional. Puedes disfrutar de una relación sin comprender completamente a tu pareja. Puedes disfrutar de muchas cosas sin entenderlas al cien por cien. Por ejemplo, ¿qué explicación tiene que un bebé de dos días, con el que todavía no has interactuado y que ni siquiera te conoce, haga que sientas inmediatamente que darías la vida por él? Y, sin embargo, no la darías por un amigo con el que llevas cuarenta años compartiendo viajes, risas y vida. Eso me interesa mucho, porque tiene que ver con la sangre y con el vínculo.
¿Las relaciones familiares tienen algo inevitablemente tóxico?
Las familias felices suelen interesar poco en la literatura, aunque existen y no tienen por qué tener necesariamente nada tóxico. La familia de mi novela es especial; por eso merece convertirse en novela. La mía probablemente no, porque somos una familia bastante normal y bastante feliz. Con nuestras taras y nuestras cosas, claro, pero una familia que se reúne, habla, viaja junta y funciona como tantas otras.
La madre de la novela parece buscar algo muy concreto: ser admirada.
Ella ha tenido un hijo famoso y ha absorbido una parte de esa gloria. Pero llega un momento en que se pregunta cómo será eso de que te admiren por algo que hayas hecho tú: no porque hagas buenos bizcochos o porque limpies bien la casa o sostengas a una familia, sino porque hayas hecho algo más. Pero es complicado porque la admiración normalmente aparece sola. No sales de casa diciendo: "Voy a hacer algo para que me admiren". Bueno, hay de todo, habrá gente que se plantee el día con el objetivo de salvar a un gato...
Al hilo de esto, hoy parece que vivimos permanentemente buscando reconocimiento.
Hace 20 años, para ser famoso hacía falta una habilidad extraordinaria: jugar increíblemente bien al fútbol, tocar la guitarra de forma espectacular o destacar muchísimo en algo. Hoy en día alguien puede hacerse famoso grabándose en la cocina o comentando videojuegos. Y no lo critico, ojo. Me parece perfecto, pero a mi no me genera admiración. Este tipo de admiración lo siento ante el guitarrista brillante, el abogado extraordinario o a alguien que hace algo muy difícil. Pero se ha instalado la idea de que puedes alcanzar la fama sin un talento extraordinario. Y eso ha provocado que mucha gente viva grabándose esperando que ocurra algo.
Uno de los protagonistas de la novela, Chami, parece vivir entre dos mundos distintos
Tiene 48 años, mi misma edad, y es verdad que nuestra generación ha conocido dos mundos completamente distintos, el antes y después del digital. Además, en el caso de Chami eso pasa por partida doble: antes conseguía subidones de dopamina llenando estadios y marcando goles. Ahora la busca mirando Instagram y esperando que alguien le envíe un mensaje: está perdido. Me interesan mucho esos personajes que están en equilibrio precario y que no sabes si van a caer o no. Además, ya sabe que lo mejor de su vida ha quedado atrás: en el caso de los deportistas, ese momento es mucho más claro que en el caso de otros.
¿Por qué?
Porque un escritor puede pensar que quizá todavía no ha escrito su mejor libro; un músico puede creer que todavía puede componer otra obra maestra; pero un futbolista sabe científicamente que llegará un momento en que ya no podrá volver a hacer lo que hacía. Recuerdo ver a Ronaldinho intentar un regate que siempre le salía y ver que ya no funcionaba. Y pensé: hasta aquí. Es una putada enorme y algo que a mí, personalmente, siempre me transmite muchísima nostalgia.
¿Quieres a tus personajes aunque no se parezcan a ti?
Sí. Es imposible escribir sobre un personaje sin quererlo, incluso cuando es un monstruo. Además, siempre hay algo mío en todos. Por ejemplo, en Chami está mi aceleración y cierta ansiedad por la dopamina. En otros personajes están mi culpa o ciertas necesidades personales.
Una pregunta que puede parecer tonta: ¿Somos más de papá o de mamá?
Pues es interesante: cuando le preguntas a un niño a quién quiere más, muchas veces responde: a mamá. Pero si preguntas quién quiere ser, también a menudo responde que papá. Antes, pasaba que los padres salían de casa y parecían tener una vida misteriosa, mientras las madres se quedaban sosteniendo el día a día. Esto hace que surja una idea interesante: la madre de la novela anhela que alguien se cambie, aunque sea durante un instante, por ella. Convertirse de alguna manera en ese padre al que el niño quiere parecerse.
Los pueblos pequeños como en el que transcurre la novela, ¿son el paraíso o el infierno?
¡Hay de todo! El roce genera cariño, pero también genera odio, y en un pueblo pequeño hay mucho contacto, pero nunca sabemos al cien por cien lo que puede salir de ahí... Las personas son un experimento social constante.
¿Han leído la novela tus padres?
No lo sé. Puede que haya algunas cosas que no les gusten: es una novela dura, aunque tiene muchísimo humor, mucho de él negro, eso sí. Pero mi madre lee mucho así que supongo que sí, aunque creo que la disfrutaría más si no supiera que es mía. ¡Igual le cambio la cubierta y se la dejo en la mesilla de noche! (Risas).

