Pancho Varona y su mundo tras Sabina: “Ahora soy el puto amo. Digo lo que quiero y voy donde me da la gana”
Treinta años después de su único disco en solitario, el compositor, guitarrista y cantante vuelve con canciones nuevas, repasa su relación con Joaquín Sabina y reivindica una libertad que no esperaba encontrar a los 68 años
El último dardo de Pancho Varona a Sabina en su nueva canción: “No podría simular que estamos bien"
Estamos acostumbrados a ver músicos que rondan los 70 años seguir recorriendo escenarios, publicando discos y defendiendo repertorios construidos décadas atrás. Lo excepcional no es mantenerse en activo; es volver a empezar. Y eso es exactamente lo que está haciendo Pancho Varona. A los 68, tres décadas después de aquel único disco en solitario publicado en 1995, el compositor de algunas de las canciones más populares del repertorio de Joaquín Sabina y de otros grandes artistas vuelve con material nuevo, gira interminable y una sensación inesperada: la de sentirse más libre que nunca.
La primera vez que firmó un álbum con su nombre, en realidad, no se moría de ganas. “Yo no tenía vocación de grabar discos, no me apetecía mucho”, recuerda. “La compañía insistía, insistía. La misma compañía de Joaquín Sabina. Me insistieron: ‘Venga, graba un disco’. Lo grabé acojonado, porque yo no me considero ni artista ni solista, yo soy músico. Luego al disco no le hicieron ni el puto caso después de grabarlo, que es muchas veces lo que hacen las compañías. Pero no me importó, porque el disco me gusta, quedó ahí y ya está. Yo seguí con mi trabajo”.
La ruptura
Y aquel trabajo era, precisamente, hacer canciones: escribirlas, producirlas, vestirlas, acompañarlas. Durante décadas, Pancho Varona ha sido una de esas figuras fundamentales de la música española que rara vez ocupan el centro del escenario. Mientras otros recibían los focos, él iba dejando huellas por todas partes. Ahora le toca defender repertorio propio. “Una vez que he terminado con Joaquín, o que Joaquín ha terminado conmigo, porque él ha terminado la relación profesional conmigo (yo sigo más vivo y más activo que nunca), pensé que era un buen momento para hacer alguna cosa nueva. Para que la gente vea que sigo componiendo, grabando y teniendo cosas que decir”.
Se ha reseteado, pero con una ventaja que admite sin falsa modestia. “Me reinicio a los 68, pero con un colchón. Porque yo compuse la música de ‘Peces de ciudad’, ‘Y sin embargo’, ‘El pirata cojo’, ‘Contigo’... Me reinicio, pero el colchón está ahí. La gente cuando va a verme a un concierto no va a escuchar ‘Sospechas’, va a escuchar ‘Y sin embargo’. Tengo que convencerlos: oye, también he hecho esto. Pero realmente la gente va a escuchar ‘Y sin embargo’, ‘Contigo’, ‘Ruido’ y muchas otras que conoce perfectamente”.
Manolo Tena y Miguel Bosé
En lo que llevamos de 2026, Pancho Varona ha publicado dos canciones. La primera que lanzó se titula “Sospechas”, con letra del añorado Manolo Tena (fallecido en 2016). “Manolo era muy bueno”, dice Varona. “Tenía una varita mágica que le permitía decir frases muy bonitas sin que necesariamente significaran algo. Era ese tipo de genio que podía escribir un verso maravilloso que ni siquiera él sabía exactamente qué significaba. Da igual. Era bello”. “Sospechas” es una de las letras que, durante años, Tena le daba cuando quedaban para verse. “Manolo y yo éramos muy amigos. Pasaba por mi casa, me dejaba un par de folios y se iba. Así hicimos canciones para Miguel Ríos, para Ana Belén, para sus discos, para Gurruchaga. También me dejó letras que nunca cantó nadie. Las tenía guardadas y les puse música”.
La otra canción que ha estrenado lleva el llamativo título de “Como Miguel Bosé”. “La música de ese tema la hice hace como veinte años. Y la letra la escribí el año pasado. Durante todo ese tiempo estuve pensando que esa música debería cantarla Miguel Bosé. Me pegaba para su voz. Estaba tan relacionada para mí la música con Miguel Bosé, que al final dije: ‘¿Y por qué no hago una letra nombrando a Miguel Bosé?’. Y eso es lo que hice”. Imposible pasar por alto la base electrónica de la canción; ¿es un tema de Pancho Varona?, se preguntará cualquiera que la escuche. La elección no es casual: le divierte desmontar la idea de que cierta edad obliga a sonar siempre igual.
“Hay un poquito de provocación, claro. También quería llamar la atención. Pensé: ‘Si saco una canción acústica más, igual pasa desapercibida’. Y además me apetecía. Soy muy feliz en festivales viendo a gente de 20, 30 o 40 años. Tengo más amigos de 30 que de 60. La gente con la que me escribo mensajes en Instagram es La La Love You, Niña Polaca, La M.O.D.A., Arde Bogotá... más que Miguel Ríos, Víctor Manuel o Joaquín y su entorno. Soy más amigo de la gente que va detrás de mí que de la gente que está a mi nivel en edad. Y eso me da una energía y una vitalidad tremendas”.
En cuanto a la letra, la canción tiene algo juguetón, elegante y ligeramente excéntrico. “Quería usar la rima en ‘é’ todo el rato. ‘Como Miguel Bosé, yo me marcharé, girando sobre el parqué, dando pasos de ballet’. Como diciendo: me voy de la forma más elegante posible, sin dar el coñazo”. Cuando le comento que algunos versos, por su gracia y originalidad, recuerdan al universo de Vainica Doble, responde: “Ojo, vaya piropo me has echado. Yo amo a Vainica Doble. En este disco hay una canción que compuse con letra de Carmen Santonja, de Vainica Doble. Se llama ‘El pueblo sumergido’. Yo a Vainica Doble las sigo amando, adorando, reverenciando, y me parece lo mejor que le ha pasado a la música española en mucho tiempo”.
Vainica Doble
Vainica Doble eran alquimistas de las palabras, patrimonio que Varona cuida con fervor. “A mí, Joaquín me ha contagiado el amor por mi idioma y por el lenguaje. Eso lo llevo muy en el corazón y en la memoria. No se me olvida quién me lo enseñó. Todos los días intento escribir bien mis mensajes, hasta los de WhatsApp; poner cada coma, usar bien cada palabra. Me parece que hay que respetar y amar el idioma más que a ti mismo”. Aunque insiste en que nunca se ha considerado un letrista puro. “No lo soy, pero cuando no tengo a otro, lo intento yo. No tengo capacidad para escribir sobre cualquier cosa. Tengo capacidad para escribir sobre las cosas que puedo escribir”.
En esa escuela de las palabras, el nombre de Sabina aparece también como artesano y reconocida influencia. “Joaquín tiene un método para escribir letras muy bueno. Hace listas. Por ejemplo, en ‘Contigo’: ‘Yo no quiero un amor civilizado...’. Una lista de ‘yo no quiero’. En ‘Ahora que...’: una lista de ‘ahora que’. En ‘Más de cien mentiras’: una lista de ‘tenemos’. Eso me lo ha enseñado a mí Joaquín. ‘Como Miguel Bosé’ es una modesta lista de cosas que resuelven un estribillo”.
Luz Casal, Amaral o Estopa
La biografía musical de este madrileño se antoja inabarcable. Con 25 años acompañó por primera vez a Sabina sobre un escenario (en el teatro Salamanca, de Madrid); poco después, entraría a formar parte de Viceversa, la banda de acompañamiento del cantautor. El logo del grupo, con las “e” volteadas, brillaba en neón en la portada del disco en directo que el jienense publicó en 1986. Pero Varona seguía tocando y componiendo con y para otros; en 1989, Luz Casal grabó el memorable “No me importa nada”, con música de Varona (y Manolo Rodríguez, también miembro de Viceversa) y letra de la hermana de Pancho, Gloria.
“La música la empecé a hacer yo en casa con una guitarra bastante country”, evoca. “Luego Manolo Rodríguez me ayudó a terminarla. Cuando le enseñamos la maqueta a Luz Casal, ella o su productor decidieron darle un aire más latino y acertaron de pleno. El arreglo de ‘No me importa nada’ es maravilloso. Insuperable. Es mucho mejor la versión de Luz que la mía propia. Supieron ver algo que yo no veía”. Gloria Varona escribió varias letras más antes de regresar a una vida bastante menos artística. “Decidió volver al ministerio”, cuenta su hermano. “Parece mentira, pero era más feliz en el ministerio que en la música. Yo siempre digo que hay dos ramas de los Varona muy diferenciadas: la que vuelve al ministerio y la mía, que sigo viajando con 68 años y cuantos más kilómetros me meten, más feliz soy”.
En 1998 produjo el primer álbum de Amaral, titulado con el nombre del dúo; aquel que no obtuvo gran repercusión pero contenía uno de sus primeros éxitos, “Rosita”. “Fui a verlos a un bar. Eran dos chicos jóvenes que se comían el mundo por las patas. Tenían un directo abrumador. Guitarra y voz. Canciones muy buenas. Les hice un disco que no fue muy conocido y que sigue pareciéndome precioso”. Y aprovecha para reivindicar a Juan Aguirre, el guitarrista de Amaral. “Los méritos van al cincuenta por ciento. Juan es muy bueno musicalmente. Muy bueno. Ellos se compenetraban maravillosamente bien. Eran un dúo, pero parecían uno solo. Juan es totalmente imprescindible”.
Más recientemente, produjo ¿La calle es tuya? (2004) y Voces de ultrarumba (2005), de Estopa. “Nos tenían mucho cariño porque eran muy fans de Joaquín Sabina, de Antonio García de Diego, de José Antonio Romero y de mí. Como sabían que éramos productores de Sabina, nos llamaron para producirlos. Fue un detalle muy bonito. El reto de superar los dos primeros discos era imposible porque eran arrebatadores de canciones, de repertorio y de talento”.Y en 2020, otro hito, este ya en solitario: durante el confinamiento por covid, le dio por subir vídeos impartiendo clases de guitarra. “Más desinteresado, imposible. Lo hacía solo para entretener a la gente”, dice.
… y Joaquín Sabina
Pero el empleo estable, por así decirlo, de Pancho Varona ha sido como músico y compositor de Joaquín Sabina. Cuarenta años de relación, no solo laboral, sino personal; incluso fraternal. Relación que se rompió bruscamente en noviembre de 2022, cuando Sabina le comunicó que prescindía de sus servicios. Joaquín quería hacer algunos cambios en su entorno de trabajo; ese era el fondo. Pero las formas (un frío correo electrónico con amarga frase final) no parecen las propias para despedirse de un amigo.
“Yo entiendo perfectamente que un cantautor diga: quiero cambiar de equipo. Ningún problema. Que me llame por teléfono o me cite en su casa y me diga: ‘Oye, Pancho, han sido cuarenta años fantásticos. Tú a Boston y yo a California’. Claro que sí. El problema es que me lo comuniquen por mail. En diez líneas no se puede resumir una carrera de cuarenta años. Cien canciones juntos, quince discos juntos, viajes por todo el mundo, tres mil o cuatro mil conciertos. Es el padrino de mi hija. Fuimos al entierro de mi madre, yo fui al entierro de su padre y de su madre. La relación era tan cercana que era más que un hermano mío. Más. No me pueden mandar un mail de diez líneas terminando con eso”.
“Joaquín fue muy amigo mío, muchísimo”, prosigue. “Yo he sido su hermano mayor y su hermano pequeño, según. He sido su padre o su madre, según. He sido el hombro en el que lloraba y él ha sido el hombro donde yo lloraba. No ha habido una persona más cercana a Joaquín en su vida que yo. Yo sigo siendo la persona que más cerca ha estado de Joaquín en cuarenta años. La que más. No hay otra. Ni su hermano, ni su pareja, ni su exmujer, ni sus hijas. Era yo para todo. Si te digo para todo, es para todo. Éramos inseparables”.
¿Cómo te sentiste cuando recibiste el email?, le pregunto. “Soy un hombre con suerte”, responde. “Estaba con Los Secretos, en una gira maravillosa. Lo mejor que te puede pasar en la vida es que una mala noticia te la den en México y estando con Los Secretos. Luego escribí un mensaje en redes y recibí un tsunami de amor. Pensé: soy un hombre con suerte. El disgusto me duró veinticuatro horas. Al día siguiente dije: vida nueva”. La última frase del correo (“Esto no es una crisis, es un divorcio”) se le quedó grabada. “Sí parece suya, porque Joaquín es muy listo y muy hábil con las palabras. Pensé: qué cabrón, esto sí que es suyo”.
El relato se asemeja a esas rupturas sentimentales en que uno nunca llega a saber con claridad por qué lo dejan. “Cuando digo a la gente que no sé por qué me despidió, digo la verdad. No lo sé. Tengo mis sospechas, claro. Pero son sospechas mías. Y como son sospechas mías, no quiero basarme en ellas para hacer declaraciones. Hay cosas muy personales”.
Varona se expresa con nobleza, pese a todo. Más que reproche, transmite desconcierto. La decepción, oyéndole hablar, nunca termina convirtiéndose en rencor. “Joaquín fue mi maestro”, afirma. “Lo cortés no quita lo valiente. Voy a reconocer siempre lo que Joaquín me enseñó y que me dio un trabajo maravilloso durante cuarenta años. A Joaquín le debo haber aprendido a leer, a escribir, casi a oír música, a viajar, a comportarme encima de un escenario, a hacer coros, a cantar, a tocar la guitarra. Joaquín me ha enseñado todo. A mí, todo. Estoy muy agradecido a mi maestro”.
La admiración artística hacia quien fue su jefe sigue intacta. “El Sabina de los años ochenta, noventa y de los primeros años del siglo es imbatible. Sus letras son las mejores que se han escrito en este país. Serrat y él están a la misma altura escribiendo”. Y añade una reflexión más amplia sobre el desgaste creativo: “A partir de 2010 empieza un bajón que es lógico, que les pasa a todos los músicos. No a Joaquín, a todos. Dylan es un caso raro porque su última época es muy buena, pero la primera es insuperable. A todos nos pasa”.
Vendrán más canciones nuevas en solitario de Pancho Varona y, en octubre, el álbum que las aglutine. Hasta entonces, y después, seguirá viajando cada fin de semana por toda España para actuar allí donde quieran escucharlo. Parece paradójico, pero no lo es: trabaja más que nunca (cerca de cien conciertos al año) y, al mismo tiempo, se siente más libre que nunca. “Ahora soy mi propio jefe. Gestiono mi trabajo, mi vida, y no tengo más compromisos que conmigo mismo o con el público. Puedo cantar lo que quiera, cuando quiera, donde quiera. Tengo una libertad que antes no tenía. Aunque Joaquín y yo fuéramos hermanos, yo tenía que mantener una posición. Y ahora no. Ahora soy el puto amo. Digo lo que quiero y voy donde me da la gana”.
