Libros

Galleteras, la historia de las mujeres que hacían las María: "Mi madre entró con 14 y luchó por sus derechos, rompió aguas en la fábrica"

Galleteras de la fábrica de Fontaneda, en una imagen de archivo.
Galleteras de la fábrica de Fontaneda, en una imagen de archivo.. Archivo
Compartir

A nadie le amarga un dulce... hasta que se conoce la historia que hay detrás. La de la galleta María, auténtico símbolo para varias generaciones, esconde muchísimas contradicciones. Las relata Laura Sanz Corada en su libro Galleteras: La otra memoria de la galleta María (La Caja Books), una biografía colectiva de las mujeres que, en su pueblo natal, Aguilar de Campoo, elaboraban un dulce elevador a la categoría de icono pop.

A partir de la historia de su madre -trabajadora en la fábrica- y sus compañeras, Sanz Corada construye un retrato poliédrico de uno de los dulces más populares del país. Los recuerdos de los desayunos infantiles se mezclan con los dedos envueltos en esparadrapo de las galleteras, las luchas por los derechos laborales o la tensión entre la supuesta emancipación y la falta de conciliación al volver a casa. Todo a través de una narración que pasa de la prosa poética al periodismo de datos. Una historia que merece ser contada y masticada en esta charla con la autora, aperitivo de un libro necesario. 

PUEDE INTERESARTE
La autora de 'Galleteras', Laura Sanz Corada

Escribir sobre la desindustrialización de un lugar teniendo un vínculo tan personal puede ser un terreno pantanoso. ¿Cómo gestionaste esa cercanía durante el proceso de escritura?

PUEDE INTERESARTE

Creo que siempre mantuve la distancia justa para acercarme al tema. Una distancia desde muchos ángulos: haberme ido del pueblo, ser muy pequeña cuando la marca Fontaneda abandonó Aguilar de Campoo o llevar años fuera aunque manteniendo un vínculo constante. Si hubiera vivido allí toda mi vida, habría sido una obra radicalmente distinta. Ese desarraigo ayuda a contextualizar la desindustrialización desde fuera. Salir me permitió mirar a mi pueblo con otros ojos. El resultado es la combinación de esa vivencia personal con una extensa bibliografía de antropología y sociología.

Para quienes no somos de Aguilar, la galleta maría es casi un objeto de la cultura pop, un producto nacional que evoca nostalgia. Sin embargo, en el libro desmontas esa imagen idílica.

Es curioso. Al haber crecido en una casa rodeada de millones de galletas —mi madre, mi hermana y muchas compañeras han trabajado en la industria—, pensaba que esa vivencia era algo aislado y puramente local. Al salir, me di cuenta de que la galleta maría representa la memoria colectiva de una generación, la boomer, y que ha trascendido en el tiempo. Para mí ha sido un hallazgo: me di cuenta de que podía contar la historia de una época a escala nacional partiendo de un fenómeno hiperlocal. Hay lectores de otras partes de España que me han confesado su sorpresa al descubrir lo que realmente había detrás de ese símbolo tan cotidiano: la vida y el esfuerzo de cientos de mujeres trabajadoras.

Trabajadoras de la fábrica de galletas Fontaneda en Aguilar de Campoo.

Aguilar de Campoo llegó a albergar cinco fábricas de galletas simultáneamente. ¿Qué supuso eso para la vida de las mujeres en un entorno rural?

Aguilar fue un pueblo privilegiado dentro de la región. El impacto de esa industria, especialmente con puestos de trabajo femeninos en un municipio de apenas 6.000 habitantes, fue clave para la independencia económica y la emancipación de las mujeres. Sin embargo, también generó la sombra de una dependencia: ¿qué somos más allá de la galleta? Aguilar es un enclave histórico, patrimonial y ambiental enorme, pero a veces nos quedamos solo con ese relato. Cuando se produjo el cierre de Fontaneda en 2002 se comprobó el peligro de basarlo todo en una sola marca. Hace poco hice un taller con vecinas y les pregunté qué habría sido del pueblo sin las galletas; les resultaba imposible imaginarlo.

En los años noventa se dictó la famosa «Sentencia Fontaneda», un hito por la igualdad salarial. No obstante, el precio que pagaron muchas de ellas fue altísimo.

Fue un momento histórico, pero la realidad demuestra lo frágil que es el progreso. Apenas cuatro años después de lograr que se equiparasen los sueldos de hombres y mujeres, muchas de las trabajadoras y sindicalistas que lideraron esa lucha fueron despedidas en un ERE. Fueron penalizadas por defender sus derechos y eso es algo sobrecogedor.

Tu madre, además, llevaba toda una vida en la fábrica...

Mi madre, como otras, entró a trabajar con 14 años justo antes del inicio de la Transición. Tenían aún cuerpo de niña, pero las exigencias en el puesto de trabajo ya correspondían a una mujer adulta. No eran conscientes de lo pioneras que estaban siendo, porque actuaban desde la convicción de estar luchando contra una brecha de género flagrante. Mi madre peleó por sus derechos desde el compromiso con el trabajo: llegó incluso a romper aguas en la fábrica.

En el libro también abordas la doble cara de la incorporación de la mujer al trabajo: la emancipación frente a la falta de conciliación.

Sí, porque es una cuestión muy importante. Una de las galleteras que entrevisté me dejó una frase que lo resume de forma brillante: me decía que se lo vendieron como progreso e independencia, pero que en la práctica supuso una esclavitud feroz. Salían de la fábrica y comenzaban la jornada doméstica y de cuidados. En términos de conciliación les tocó una época muy atrasada. Por eso me interesaba huir del mito: no estoy retratando heroínas idealizadas, sino a mujeres de carne y hueso, valientes, que se arrojaron al vacío en un momento histórico muy complejo.

Portada del libro 'Galletas. La otra memoria de la galleta María' (La Caja Books)

Durante las entrevistas, ¿resultó complejo enfrentarte a los silencios o a los recuerdos más traumáticos?

Cuando investigas este tipo de temas hay que asumir que quedarán cabos sueltos y vías muertas. Mi trabajo como autora consistió en interpretar esos silencios y darles espacio en el texto. Un duelo, un llanto contenido o una frase cortada forman parte de cómo construimos la memoria desde el presente. 

¿Qué fue lo más duro?

Hubo vivencias muy duras que salieron a la luz de forma inesperada, como episodios de acoso e incluso agresiones sexuales dentro de las instalaciones. En aquel momento, esto se normalizaba o se silenciaba por miedo o falta de mecanismos de denuncia.

¿Cómo ha encajado tu entorno familiar, especialmente tu madre y tu hermana, la publicación de esta historia?

Para mi madre y sus compañeras la herida de los conflictos laborales de 1996 y el posterior cierre de 2002 sigue abierta. En un pueblo pequeño es difícil que esto cicatrice porque te cruzas a diario con los escenarios del conflicto. Algunas mujeres incluso prefirieron no participar en el libro porque no se sentían preparadas para reabrir ese proceso y lo entendí perfectamente. Por otro lado, mi hermana, que también trabaja en la industria de la galleta, me ayudó a reconstruir la memoria de mi madre a la que yo no alcancé por edad. Al leerlo, se sintió reconciliada con esa herencia, aunque también se dio cuenta de que algunas dinámicas dentro de las fábricas apenas han cambiado.

¿Cuál es tu relación actual con la marca y con la galleta María?

Con la marca Fontaneda mantengo un boicot personal; no he vuelto a consumir sus productos. Sin embargo, el símbolo sigue apelando a mi memoria afectiva de la infancia, de la misma manera que a otros les puede evocar la figura de Naranjito. Hoy en día consumo galletas de elaboración artesanal, apoyando al pequeño comercio, o de otros productores locales. Además, considero que la receta original se ha diluido...

Desde mediados de los 90, la marca Fontaneda ha ido pasando de mano en mano hasta terminar en grandes multinacionales. ¿Has tenido alguna reacción o contacto por parte de los actuales propietarios tras la publicación del libro?

Ninguno, no he recibido ningún mensaje por su parte ni sé si les ha llegado. Pienso que el libro es crítico en el sentido más constructivo: recoge múltiples miradas sobre un proceso histórico real. Es parte de la memoria social de España y confío en que, si algún día lo leen, lo acojan como lo que es: historia viva de nuestro país.