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Mónica Naranjo: “Que al principio no me quisieran en España es lo mejor que me pudo pasar en la vida"

Mónica Naranjo: "El no haber sido reconocida en España al principio, es lo mejor que me pudo pasar en la vida".
Mónica Naranjo: “La madurez te vuelve más neutral y tolerante”. Uppers
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Hubo un tiempo en que la industria musical española no supo muy bien qué hacer con Mónica Naranjo. Era demasiado intensa para el pop convencional, demasiado volcánica para la radiofórmula y demasiado dueña de sí misma para aceptar según qué consejos. Mientras aquí apenas despertaba interés, tomó una decisión que cambiaría su vida: hacer las maletas y probar suerte en México. Vista desde hoy, aquella aparente derrota se ha convertido en una de las mejores noticias de su carrera. “Eso fue una bendición”, dice ahora. “Lo mejor que me pudo pasar en la vida. El tener esa ancla vital ha sido imprescindible para construir todo lo que he hecho en la vida. Del camino angosto es de lo que más se aprende en la vida”.

La historia es conocida, pero merece la pena recordarla porque explica muchas cosas. Antes de convertirse en una de las voces más reconocibles de la música en español, Mónica Naranjo fue una artista que tuvo que buscar reconocimiento a más de ocho mil kilómetros de casa. México la abrazó cuando España todavía no sabía quién era. Allí comenzaron a sonar canciones como “Sola”, “El amor coloca” o “Sólo se vive una vez”, y desde allí regresó convertida en una estrella que terminaría arrasando con Palabra de mujer (1997), uno de los grandes fenómenos del pop español de los noventa. De aquel álbum salieron canciones como “Desátame”, “Pantera en libertad”, “Empiezo a recordarte” o “Entender el amor”, himnos que siguen formando parte del núcleo duro de sus conciertos.

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Muchos artistas habrían intentado repetir aquella fórmula hasta el infinito. Ella hizo justo lo contrario. A lo largo de tres décadas ha ido cambiando de piel con una perseverancia casi temeraria. Tras el éxito masivo de Palabra de mujer, cuando la lógica comercial parecía exigir una continuación idéntica, publicó Minage (2000), un homenaje a Mina que desconcertó a parte de la industria y que con el tiempo ha acabado convirtiéndose en una obra de culto para muchos seguidores. Después llegarían discos tan distintos entre sí como Chicas malas (2001), Tarántula (2008), 4.0 (2014), la ambiciosa ópera rock Lubna (2016) o Mimétika (2022), donde se acercó a territorios electrónicos y rockeros acompañada por artistas como Bunbury o Mastodonte.

Vista en perspectiva, su carrera tiene algo de desafío permanente a las expectativas ajenas; y no porque nadie se lo pusiera fácil. “La canción rallada que más he tenido que escuchar en mi vida ha sido: ‘Te vas a dar una ostia…’. Bueno, pues aquí sigo”.

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Si algo caracteriza a Mónica Naranjo es su resistencia a quedarse quieta. Quizá por eso resulta tan coherente que su nuevo sencillo se titule “Puzzles”, una canción que habla de las relaciones cuando dejan de encajar, pero sin recurrir al resentimiento ni a los ajustes de cuentas sentimentales tan habituales en el pop contemporáneo. La canción parece escrita desde otro lugar: el de la aceptación. “La madurez te vuelve más neutral y tolerante. Te das cuenta de que si el camino no se da como esperabas, simplemente hay que cambiar la dirección y fluir”.

Y añade: “Tener pareja es uno de los grandes desafíos de la vida y hay que tratar de ceder, respetar, ayudarse, apoyarse y caminar juntos. Pero claro, eso debemos quererlo los dos y si eso no es así y uno empieza a evadir responsabilidades o a cambiar de rumbo el compromiso y la manera de vivir…, poco hay que hacer por mucho que insistamos, porque en una relación los que reman son dos”. Habla de las relaciones igual que habla de su propia carrera: sin dramatismos, sin buscar culpables y aceptando que hay momentos en los que la única opción posible es cambiar de dirección.

Esa serenidad aparece también cuando se le pregunta por el paso del tiempo. Hace veinte años, Mónica Naranjo era una de las artistas más omnipresentes del panorama musical español. Discos, giras, promociones, programas de televisión, entrevistas y una exposición pública constante. Hoy la situación es muy distinta y ella misma reconoce que ha aprendido a administrar de otra forma su vida. “En el pasado el personaje ocupaba mucho sitio porque no paraba ni un momento”, asegura. “En la actualidad, al llevar yo los tempos puedo decir que la persona abarca todo mi tiempo”.

Una vida privada protegida con celo

La reflexión resulta especialmente interesante en alguien cuya imagen pública ha sido siempre tan poderosa. Durante años, la melena bicolor, la voz descomunal y una personalidad artística casi operística acabaron construyendo un personaje de enormes dimensiones. Más recientemente llegaron etapas televisivas que la acercaron a nuevas generaciones; pero detrás de esa figura pública siempre existió una mujer mucho más reservada. ¿Quién, entonces, conoce realmente a Mónica cuando se apagan los focos? “La familia y los amigos más íntimos”, responde escueta.

Quienes han seguido su trayectoria saben que siempre ha protegido con celo su esfera privada. Quizá por eso tampoco muestra demasiada preocupación por permanecer constantemente en el centro de la conversación pública, una obsesión bastante habitual en tiempos de redes sociales, algoritmos y actualidad permanente. “En la vida es tan importante estar conectada como desconectada”, señala.

Si algo ha hecho Mónica Naranjo durante todos estos años ha sido entrar y salir cuando lo ha considerado oportuno. Alejarse, volver, desaparecer durante temporadas, reaparecer con proyectos inesperados. Mientras otros artistas viven pendientes de no abandonar nunca el escaparate, ella parece haberse reconciliado hace tiempo con la idea de que la vida existe también fuera de los focos. “Me siento una mujer más tranquila y armónica con todo lo que me rodea”, afirma.

Es una declaración que contrasta casi cómicamente con la imagen de fuerza arrolladora que ha proyectado durante buena parte de su carrera. Sin embargo, quizá precisamente ahí resida una de las claves de este momento vital: la artista que durante años pareció vivir instalada en la intensidad reivindica ahora la calma. Y eso no significa perder energía sobre un escenario; todo lo contrario.

Mientras publica “Puzzles”, Mónica Naranjo celebra sus tres décadas de carrera con Greatest Hits Tour, una gira concebida como una gran retrospectiva de su repertorio. En los próximos meses la llevará por grandes recintos españoles, con citas en ciudades como Sevilla, Murcia, Málaga, Valencia, Madrid o Barcelona. El espectáculo funciona como una antología de toda su trayectoria y recupera canciones como “Sólo se vive una vez”, “Desátame”, “Pantera en libertad”, “Europa”, “Sobreviviré”, “Las campanas del amor” o “Empiezo a recordarte”. “A pesar de la responsabilidad que conllevan esas dos horas de espectáculo, a día de hoy lo disfruto más que antaño”, dice.

Ni siquiera contempla la posibilidad de afrontar una actuación sin ganas. “No, porque cuando salgo de casa ya me encamino muy focalizada hacia la siguiente fecha”. Quizá sea la consecuencia lógica de una carrera tan larga. Después de tantos cambios de rumbo, tantas reinvenciones y tantos pronósticos equivocados, parece haber llegado a un lugar bastante cómodo: el de alguien que ya no necesita demostrar nada. “Todo tiene que ver con lo que fui y lo que soy”.

La frase sirve para hablar de sus primeros discos, pero también de su biografía entera. De aquella joven cantante que tuvo que marcharse a México para encontrar una oportunidad. De la estrella que vendió millones de discos y llenó pabellones en los noventa. De la artista que se negó a repetir fórmulas cuando parecía más rentable hacerlo. De la mujer que aprendió a desconectar cuando todo el mundo exigía estar siempre presente. Y también de esta Mónica Naranjo que hoy, mientras sigue triunfando en escenarios y publicando canciones nuevas, contempla el pasado sin nostalgia y el futuro sin ansiedad. Una rareza en los tiempos que corren. Quizá porque, después de escuchar durante años que iba a estrellarse, ha terminado descubriendo que el mejor lugar para estar es exactamente el suyo.