Música

Lorenzo Santamaría, aún rebelde a los 80: "Tuve un viaje de ácido a bordo de un avión"

Lorenzo Santamaría: "En aquella época, probé todo lo que me daban".. Uppers
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Durante buena parte de los años setenta, las compañías discográficas tenían bastante claro cómo debía presentarse un cantante melódico: traje impecable, corbata, sonrisa medida y el menor número posible de extravagancias. Lorenzo Santamaría (Santa Maria del Camí, Mallorca, 1946) nunca terminó de encajar del todo en ese molde. Mientras otros compañeros de generación aparecían impecablemente vestidos sobre el escenario, él prefería salir con vaqueros. Los responsables de EMI insistían; él escuchaba... y hacía lo que le daba la gana.

Puede parecer un detalle menor, pero explica bastante bien una carrera llena de desvíos. Porque antes de convertirse en una de las voces románticas más populares del país gracias a canciones como "Rosy", "Por ese amor", "Si tú fueras mi mujer" o, sobre todo, "Para que no me olvides", había sido cantante de Z-66, uno de los grupos pioneros del rock mallorquín. Y, aunque el éxito lo llevó por otros caminos, nunca dejó de sentirse un rockero. Ahora, cuando celebra sus 80 años con una gira de despedida, mira hacia atrás con una mezcla de humor, sinceridad y esa tranquilidad de quien ya no necesita quedar bien con nadie.

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"Yo recuerdo que los cantantes de la época iban todos con su traje, con su rollo... y yo iba con vaqueros. También he cantado con pajarita y con corbata, pero, en el aspecto visual, casi nunca me preocupé de nada. Lo llevaba a mi manera, a la mallorquina. Hombre, los que te rodeaban te decían: 'Tendrías que ir bien vestido', pero yo no les hice caso. Y por eso quizá he tenido altibajos pronunciados, porque no he querido pasar por el aro", recuerda.

Aquella rebeldía venía de bastante antes. De la Mallorca de principios de los sesenta, cuando el turismo convirtió la isla en una inesperada ventana abierta al pop y al rock británicos y estadounidenses. Mientras en buena parte de España costaba encontrar determinadas grabaciones, allí sonaban las emisoras extranjeras, llegaban discos en las maletas de los turistas y los jóvenes músicos descubrían un mundo completamente distinto.

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"Empecé oyendo tocar a mis primos, en los primeros años sesenta. Al principio escuchábamos canción italiana, francesa, rancheras..., hasta que empezamos a oír rock and roll: Elvis Presley, Little Richard... Aquellos ritmos eran diferentes y nos empezaron a interesar. Luego llegaron The Beatles, The Rolling Stones... y ya me decidí por esa onda musical porque era la que me gustaba".

Con Z-66, una banda esencialmente de versiones, tomaron una decisión insólita para la época. "No hacíamos los éxitos que tocaba todo el mundo. Nosotros buscábamos las caras B de los singles. Queríamos hacer temas diferentes. Tocábamos canciones de The Doors, de Jimi Hendrix, de The Animals... Eso nos dio un pedigrí de grupo distinto en Mallorca". Además, tocaban absolutamente todos los días. "¿Sabes lo que es tocar cada día delante del público? En invierno nos íbamos a Bilbao, luego a Oviedo, al Canary Club... Tocábamos todos los días. Eso te daba unas tablas tremendas".

Y entonces, Jimi Hendrix apareció en Mallorca. Su representante, Mike Jeffery, había comprado una discoteca en Palma y decidió inaugurarla con un concierto del guitarrista estadounidense. Z-66 era el grupo residente. "Nosotros llevábamos ya un par de semanas tocando allí cuando llegaron los técnicos americanos con un equipo que nos parecía de otro planeta. El día del concierto casi ni hablamos con Jimi, era un hombre muy callado. Pero al día siguiente subió con nosotros a tocar un blues".

—¿Has cantado con Jimi Hendrix?

"Sí, aunque ese día canté poco. Pero imagínate lo que era para nosotros. Tocábamos canciones suyas y, cuando supimos que venía, dejamos de hacerlas. ¿Cómo íbamos a tocar a Hendrix delante de Hendrix? Mi guitarrista estaba fascinado con todos aquellos pedales. De hecho, Jimi le regaló uno rojo, de distorsión. Ayer mismo hablábamos de él. Ese pedal debe de seguir en Mallorca, pero nadie sabe dónde está".

Aquel encuentro con Hendrix terminó de confirmar una intuición que Lorenzo Santamaría nunca perdería del todo: el rock era su sitio. Sin embargo, la industria discográfica tenía otros planes. A principios de los años setenta, EMI lo fichó como solista y empezó a construir la imagen de un cantante romántico. Primero llegaron sencillos como "Canto al amor" (1971), basado en la Sinfonía nº 8 de Franz Schubert, evidente respuesta al éxito del "Himno a la alegría" de Miguel Ríos, publicado el año anterior.

"Yo estaba a las órdenes de la compañía. Miguel estaba triunfando y EMI quiso hacer un símil. Bueno, aquella canción no funcionó demasiado, pero sí me permitió demostrar que sabía cantar. Después vino 'Rosy'. Ahí la compañía quería otra cosa que estaba muy de moda entonces: la canción del verano. La compuse, la grabamos y aquella sí funcionó. Creo que vendió cien mil discos. Luego llegaron 'Por ese amor', 'Te quiero a ti' y, poco a poco, hasta 'Para que no me olvides'. Pero todo fue muy lento. No era sacar un disco y triunfar. Había que radiarlo mucho, esperar a que la gente lo hiciera suyo". Se convirtió en uno de los grandes baladistas de la década, pero por dentro seguía habiendo un músico que escuchaba a Hendrix, The Doors y The Rolling Stones.

Nunca dejó de intentar reconciliar esas dos vidas. "¿Me arrepentí? No. Lo que pasa es que sí hubo momentos en que quería rebelarme. Aproveché que cambiaron al director artístico de EMI y le dije al nuevo que quería hacer un LP de rock and roll. Y ahí está. Quise ser una estrella de rock and roll (1978). Pero, claro, ¿a quién le interesaba que yo hiciera un disco de rock cuando la gente me conocía por 'Para que no me olvides' o por 'Si tú fueras mi mujer'?".

Probando, probando...

Cantante melódico, sí; o como también se decía entonces, de canción ligera. Pero no era uno más entre esa camarilla de varones impecablemente peinados, educados, rodeados de admiradoras y completamente ajenos al universo del sexo, las drogas y el rock and roll. "Yo no era de alternar con el público. Soy bastante introvertido. Terminaba de cantar y me iba. Pero sí reconozco que, en aquella época, probé todo lo que me daban”.

¿Qué le daban? "Los dos americanos que trabajaban con Jimi Hendrix un día me dijeron: 'Lorenzo, prueba esto'. Me dieron un cartoncito pequeñito para chupar. Lo hice. Al principio no pasó nada. Pero al cabo de un rato empecé a ver cosas rarísimas. Era ácido. Probé eso y probé otras cosas. Lo probé todo, porque era joven y quería saber qué demonios era aquello”. En otra ocasión, alguien le dio una pastillita que él se guardó en el bolsillo. "Yo estaba grabando en Barcelona. La canción no me salía. Tenía que coger el avión de las diez para volver a Palma. Meto la mano en el bolsillo, encuentro la pastilla y pienso: 'Pues me la tomo'. A los diez minutos me salió la canción perfectamente y me fui al aeropuerto."

"Cuando iba en el taxi ya estaba un poco mareado”, prosigue. “Pero llegué al aeropuerto y veía el pasillo brillantísimo, inmenso. Me parecía que tenía diez kilómetros y pensaba que no iba a llegar nunca a la puerta de embarque. Subí al avión y llamé a la azafata. Vino muy amable: 'Sí, señor, dígame'. Y yo le veía la cara así de larga, deformada... Me entró un ataque de risa tremendo. La pobre mujer se fue mosqueada. Al cabo de un rato la volví a llamar... Aquello sí que fue un viaje acojonante".

Se ríe al recordarlo, pero enseguida cambia el tono. "¿Sabes para qué cuento esto? Porque lo probábamos todo. Pero tuve la puta suerte de que no me gustó nada. Fueron experiencias malas. No me enganché a nada. Ni al tabaco. Los porros, bueno... eso era una cosa muy habitual. Pero lo que no había era cocaína. Fíjate. En aquella época no había coca. Yo no la conocí. Si me la hubieran ofrecido, seguramente la habría probado. Pero no estaba. Había ácido, había gente que se pinchaba...; cocaína no."

Hay una frase que Lorenzo Santamaría todavía recuerda palabra por palabra. Se la dijo un directivo de EMI cuando él insistía en volver al rock. "Lorenzo, este no es un país de rock". La sentencia pretendía cerrar la discusión. Con el tiempo, la realidad se encargaría de desmentirla. No habían terminado los años setenta cuando el público acogió con entusiasmo a Tequila, el rock urbano y el embrión de la nueva ola. “Claro, yo pensaba: 'La persona que me dijo aquello se había equivocado”.

Más daño que el regreso del rock a las listas de ventas le hizo la aparición, también en aquellos años, de baladistas más jóvenes e igual de guapos: Pecos, Miguel Bosé, Pedro Marín, Gonzalo, Iván... “Fue una época jodida”, admite. “Yo tenía treinta y tantos años, llevaba muchísima experiencia encima, tenía un grupo de puta madre, tocábamos muy bien... y, de repente, veías que ya no te contrataban igual. Aquello duró unos años y no lo recuerdo como una buena época. No les cogí manía a ellos: no tenían la culpa. Eran las compañías discográficas. Les funcionaba un tipo de artista y todas buscaban lo mismo. Yo simplemente ya pertenecía a otra etapa".

Aquellos años coincidieron con otra decisión importante: apartarse un poco de la música y aceptar trabajos en el cine. Participó en varias películas (la primera fue Viva o muera don Juan Tenorio, en 1977, junto a Ángela Molina y Massiel, a la que siguieron ocho más, hasta finales de los noventa) y encontró una estabilidad que los escenarios ya no le daban. "El cine me ayudó muchísimo porque dejé de obsesionarme con tener un éxito discográfico. Me vine a vivir a Madrid dos años, seguía pagando al grupo todos los meses aunque apenas hubiera actuaciones y, claro, aquello era un dineral. Casi me arruiné manteniendo toda aquella estructura”.

No fue la única aventura empresarial que acabó mal: abrió un bar y una sala de música en vivo en Mallorca. “Fue ruinoso. Yo me iba el fin de semana a cantar a la península y cuando volvía preguntaba: '¿Qué tal ha ido?'. Respondían: 'Mil pesetas, mil quinientas'. ¿Un fin de semana entero? Luego desaparecían botellas de whisky... No tenía ni idea de llevar un negocio”.

Nunca dejó de cantar; simplemente fue encontrando otras formas de seguir viviendo de la música mientras cambiaban las modas. Una de ellas pasó por volver a sus raíces: en 1985 lanzó el álbum Entre cella i cella ("Entre ceja y ceja"), que incluye una versión de la canción “Mediterráneo”, de Joan Manuel Serrat, en catalán.

"Todo empezó porque me llamaron para una película en Barcelona. Yo llevaba dos años viviendo en Madrid. Me invitaron a comer una paella en Castelldefels y aquello me removió por dentro. Volvía a ver el Mediterráneo, volvía a hablar mi lengua... Cogí el coche, regresé a Madrid, metí todas mis cosas dentro y me instalé definitivamente en Barcelona. A raíz de aquella película grabé el disco en catalán”, dice entre risas. Le habían dicho que, para triunfar, había que instalarse en Madrid, pero descubrió que lo que echaba de menos era algo tan sencillo como el mar. "Iba muchas veces al Retiro y me quedaba mirando el estanque imaginándome el Mediterráneo. Lo necesitaba”.

Tampoco su vida sentimental ha sido tan agitada como la de otros cantantes, melódicos o no. En un mundo donde las giras, los rodajes y los viajes han hecho naufragar tantas relaciones, Lorenzo Santamaría lleva más de tres décadas casado con Núria Hosta, actriz a la que un día conoció casi por casualidad. "Es la media naranja, tío. Te encuentras con una persona que te entiende y tú la entiendes a ella. Ella ha hecho películas y cualquiera podría haber sentido celos. Yo también he hecho escenas con chicas y ella podría haber pensado cualquier cosa. Pero no. Se trata de encontrar a la persona adecuada y de ser muy libres los dos. Hombre, hay que ceder. No puedes hacer siempre lo que te da la gana sin contar con la otra persona. Al final es una cuestión de encajar".