Música

Tres claves para entender el fin de Dover, según las memorias de Cristina Llanos: "Perdí toda conexión con el mundo”

Dover en 2013
Cristina Llanos, en los estertores de Dover. Getty Images
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Hubo un momento, en la segunda mitad de los 90, en que Dover hizo saltar por los aires las fronteras del rock patrio. Las hermanas Cristina y Amparo Llanos importaron al Madrid de la época los códigos del grunge de Seattle cuando este subgénero ya languidecía y los convirtieron en algo propio. 'Devil Came to me' obró el milagro en 1997. Desde un sello independiente se acercó a las 800.000 copias vendidas y convirtió a la banda en un fenómeno sin precedentes cantando en inglés.

Pero los milagros también tienen fecha de caducidad. Con el cambio de siglo, Dover empezó a alejarse del sonido que había hecho de ellos una anomalía tan irresistible. El público que había llevado a la cima a la banda no estaba dispuesto a acompañarla en su incomprendida travesía por ritmos y sonidos ajenos al rock. Cuando en 2016 llegó la disolución oficial, no sorprendió a nadie.

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'La noche cayó y ya nadie pudo salvarme' (La esfera de los libros), o lo que es lo mismo, los diarios íntimos de Cristina Llanos que llegan a las librerías este 2 de septiembre , obligan a revisar la historia desde otro ángulo más oscuro. Mientras Dover vivía hacia fuera su particular ascenso y caída, su cantante libraba hacia dentro una batalla mucho más antigua y devastadora.

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Los malos tratos del padre, una agresión sexual sufrida a los 18 años, la depresión, los trastornos alimentarios, el consumo de medicamentos y alcohol, la necesidad de gustar a todo el mundo y, más tarde, la fibromialgia fueron haciendo cada vez más estrecho el espacio en el que podía respirar. Estas son las tres claves que ayudan a entender qué ocurrió:

El refugio convertido en otra forma de sufrimiento

La música fue el salvavidas de Cristina y, al mismo tiempo, terminó siendo algo de lo que necesitaba escapar. Su historia personal está marcada por una depresión que, según relata en sus memorias, le acompaña desde la adolescencia, por los problemas con su padre, los trastornos de la alimentación y, de manera especialmente traumática, por la agresión sexual que sufrió a los 18 años.

"Pasé a un estado que no puedo ni quiero describir (...) llegó el fin del mundo como lo había conocido hasta esa noche. Perdí de un plumazo toda conexión con él. Y no la he vuelto a recuperar nunca (...) El Demonio se la llevó”, relata Cristina en sus diarios.

Lo que llegaron fueron los problemas con la comida, los atracones, la anorexia, el consumo de medicamentos, el alcohol y una relación cada vez más complicada con su propio cuerpo. Es ahí donde adquieren todo su sentido las dos palabras que estructuran sus memorias. El Marasmo es el territorio del dolor, la depresión y la enfermedad. El Milagro es Dover. En particular, los años posteriores a 'Devil Came to Me', cuando aquella banda nacida prácticamente desde la nada pasó a vender centenares de miles de discos.

La propia Llanos cuenta cómo vivía con el miedo constante de despertar del Milagro y regresar al Marasmo. El escenario, las canciones y su relación con su hermana Amparo constituían una especie de estructura de supervivencia. Pero sobrevivir no equivale a estar bien. La presión terminó penetrando también en ese espacio. Cristina quiso ser alguien que no era. Incluso sus cambios de imagen se convirtieron en parte de esa búsqueda desesperada de aprobación.

Dover

"Teñida primero de pelirrojo, después de rubio, y por último de mi color natural, oscuro. Mi época de querer contentar a todos, a cualquiera (...) mi deseo desaforado de ser lo que no era, no soy ni seré nunca de forma natural lo estropeó, mal que me pese ahora recordarlo”, recuerda Cristina.

El problema era que cuanto más necesitaba que Dover funcionara como refugio, más difícil resultaba separar el grupo de todo aquello que le hacía daño. El sufrimiento y la presión terminaron por arruinar el único espacio que sentía como seguro. Hoy jura que antes se rajaría la tráquea que volver a cantar: “La mera noción de sufrir haciendo lo que antes era mi único refugio me rompe el alma de mala manera”.

Cuando el cuerpo empezó a decir que no

A todo lo anterior se añadió un enemigo mucho menos metafórico. El dolor físico. En el libro Cristina cuenta que tanto ella como su hermana padecen fibromialgia y que, en su caso, los síntomas terminaron afectando a las cuerdas vocales. Para una cantante, no hace falta explicar demasiado la dimensión de ese problema. La voz no es una herramienta más. Es el instrumento central y, en el caso de Dover, una de las características que hicieron reconocible al grupo desde el primer momento.

Las giras ya habían sido físicamente exigentes. En los años de mayor éxito se sucedieron viajes, conciertos y largas temporadas fuera de casa, mientras Cristina lidiaba con otros problemas físicos. La fibromialgia llevó aquella situación a otro nivel. El dolor crónico y las dificultades vocales hicieron que subir al escenario dejara de ser simplemente una cuestión de energía o voluntad. Lo que antes había sido liberador empezó a convertirse en un calvario. "Y así fue como, por fin, aun muerta de miedo y pena, dejé marchar al Milagro”, escribe la vocalista.

Dover también perdió el rumbo

Hay, por supuesto, una tercera explicación y tiene que ver con el devenir de la propia banda. Después del impacto de 'Devil Came to Me' y de una etapa asentada en el rock de guitarras, el grupo comenzó a explorar nuevos territorios. 'The Flame', publicado en 2003, ya mostraba un alejamiento de aquel sonido. Tres años después llegó 'Follow the City Lights', con electrónica y pop bailable, un giro que desconcertó a una parte importante de su público.

Dover en La Riviera en 2014

Después llegó 'I Ka Kené', en 2010, el llamado "disco africano", una nueva transformación que llevó todavía más lejos la voluntad de experimentar. No era necesariamente una mala decisión artística. Dover nunca fue un grupo especialmente interesado en repetirse y, de hecho, sus integrantes defendieron públicamente aquellos cambios. Pero el coste fue enorme.

La banda que había construido una comunidad muy fiel alrededor de su rock áspero y sus guitarras se encontró haciendo una música que una parte de sus seguidores no reconocía. La gira de 'I Ka Kené' fue mucho más pequeña y hubo conciertos prácticamente vacíos. Jesús Antúnez, batería del grupo, la recuerda como el momento más bajo de Dover.

Cuando el deterioro físico y emocional de Cristina coincidió con la pérdida de conexión entre Dover y sus seguidores, el margen de maniobra se hizo cada vez menor. El regreso al rock con 'Complications', en 2015, llegó demasiado tarde para recuperar la posición que la banda había ocupado años antes. En 2016, Dover anunció su disolución, pero el final había empezado mucho antes.