Los Barones (ex Barón Rojo): "Los grupos de la Movida eran chuches; nosotros, un bocata de jamón"
José Luis Campuzano (Sherpa) y Hermes Calabria, cantante y batería de la formación clásica, repasan su carrera, su enemistad con la otra mitad de la banda y el papel del rock en los ochenta.
Barón Rojo: “En los ochenta, los artistas pop eran más heavies que nosotros”
¿Qué es más Barón Rojo, Barón Rojo o Los Barones? No hay deliberación: «Los Barones», zanja Sherpa. «Eso ni se duda. Sonamos a Barón Rojo, pero auténtico». Hermes Calabria enumera argumentos: «No solo por la voz. Por todo, porque los guitarras lo hacen muy bien. Los temas más famosos de Barón Rojo los compuso esta parte. Esta parte es la voz solista más reconocida. Somos la sección de ritmo: el batería y el bajo». Sherpa termina la cuenta: «Somos el batería, el bajo, el cantante y el compositor. Somos mucho más que ellos. Ellos tienen la marca comercial. Oye, eso no se le discute a nadie, pero cuando se suben al escenario la gente dice: “¡Oh, no, cielos! ¿Qué es esto?”. Y la gente se va».
«Ellos» frente a «nosotros». La historia de Barón Rojo, la banda que, junto con Obús, lideró el movimiento del heavy metal en España, está marcada por una de las rupturas más volcáncias del rock nacional. Su formación clásica continúa partida exactamente por la mitad. A un lado, los hermanos Carlos y Armando de Castro, guitarristas y custodios del nombre Barón Rojo desde que el cuarteto original se rompió en 1989; al otro, José Luis Campuzano, Sherpa (Madrid, 1950), bajista, cantante y compositor de buena parte de sus canciones más conocidas, y el batería uruguayo Hermes Calabria (Montevideo, 1950), quienes desde 2019 vuelven a compartir escenario bajo una denominación que parece concebida para que el pleito familiar nunca termine de enfriarse: Los Barones.
Hermes rebaja un poco la temperatura, aunque no precisamente hasta dejarla tibia: «Leí hace poco una crítica en internet [a la otra parte] que realmente me dio mucha pena. Yo no disfruto viendo que los critiquen así. Realmente no disfruto. Yo no disfruto viendo cómo destrozan canciones que son himnos. Y me parece un poco vergonzoso que estén haciendo eso y es una falta de respeto al público, creo. Lo nuestro hasta ahora no es que haya sido respetado; ha sido elogiado».
Quienes no estén al cabo de la calle querrán saber qué diantres ocurre aquí. Para empezar, en el seno de Barón Rojo nunca reinó la armonía; ni siquiera en sus días de gloria. «Jamás, jamás fuimos amigos», dice Sherpa. «Desde el principio, los hermanos tenían sus historias y nosotros decíamos: “Bueno, hay que aguantar porque aquí están saliendo cosas que molan”». El origen del desencuentro parece hallarse en la época en que ni siquiera existía Barón Rojo: los hermanos De Castro habían conocido el éxito como miembros de Coz (por ejemplo, con el sencillo “Más sexy”, de 1980, del que Armando de Castro es coautor), y, según Los Barones, abordaron la nueva etapa con cierto aire de superioridad. «Ellos, al haber estado en Coz, tenían un prestigio. Nosotros veníamos de otro lado y digamos que, de alguna manera, era como que estaban por encima de nosotros. Pero luego con el tiempo se vio que el filón no estaba donde ellos», recuerda Hermes. «Dejaron muy claro desde el principio que ellos eran ellos y nosotros éramos nosotros. Que eso no iba a ser un grupo nunca».
Para Sherpa, buena parte del conflicto nació de esa subestimación inicial: «Armando venía muy crecido. Cuando se formó Barón Rojo pensó que iba a tener a un buen bajista y a un buen batería, pero que él, él y solo él iba a ser el líder supremo. Y se lo creyó hasta que se dio de bruces con la realidad. Que, oye, a los que había contratado como bajista y como batería, coño, no eran unos mindundis. Cuidadín, cuidadín. Armando debió de pensar: “Hostia, que me están comiendo el terreno estos tíos, estos mindundis”. Y claro que se lo comimos, por supuesto. ¿Por qué? Porque salieron al ring pensando que eran los campeones. Y llegó el boxeador de un pueblo y les metió una zurra que te cagas. Esa es la historia».
Prosigue Sherpa: «Armando jamás ha digerido que alguien que no venía del rock, que se refería a mí... Pero, chaval, si cuando yo tocaba rock con 13 años en un escenario tú llevabas pantalón corto e ibas al cole todavía. Si yo tocaba canciones de Chuck Berry con 13 años, con mi grupo Los Top Ten, ¿cómo que no vengo del rock? Entonces, él pensaba: “Esa gente que no viene del rock me ha comido la merienda, tío. Me ha comido la tostada”».
Mientras los fans disfrutaban de una banda sonando como una máquina perfectamente engrasada en recintos abarrotados, la realidad en los camerinos era otra. «Fueron nueve años tortuosos, de relaciones tortuosas, pero como había también tanto aliciente por otro lado, pues lo íbamos sobrellevando. Y porque Sherpa y yo somos muy pacíficos. Si no hubiéramos sido pacíficos, Barón Rojo habría durado seis meses. Seis meses», dice Hermes.
Las disputas no eran solamente por distintos caracteres: también había canciones, protagonismo, egos y una compañía discográfica tomando decisiones sobre qué material tenía más posibilidades comerciales. «Traía un tema Sherpa y los hermanos ponían una cara...», recuerda Hermes, aunque añade que «luego, cuando lo escuchaban, se convencían». El problema, según su relato, se hizo mayor cuando las elecciones de la discográfica comenzaron a favorecer las composiciones de Sherpa: «Cuando vieron que la compañía sacaba [como sencillos] todos los temas de él, claro, ahí se empezaron a poner de uñas. Porque decían: “¿Cómo? Si nosotros somos los mejores”. Eso es lo que pensaban ellos, que eran los mejores. Pero realmente los temas que conectaban eran las letras de Carolina [Cortés, esposa de Sherpa] y nuestra música».
Hay otra cuestión que Sherpa cree fundamental en aquel choque y que no se mide en pentagramas. «Siempre trataron de desprestigiarme a mí, sobre todo. Y luego, a la hora de dirigirte al público, si no tienes carisma, tío, si eres un músico estupendo, eres un músico de lo mejor de España, que podría estar tocando desde con Rainbow hasta con Michael Jackson, si quisieras, por el talento que tienes como guitarra y como músico, pero no tienes carisma, tío, asúmelo: no puedes ser frontman, puedes ser el mejor guitarra y no ser... No. Circunscríbete a lo que realmente eres. ¿Qué pasa? Que yo hablaba al público y conectaba y eso le llevaba los demonios, tío».
Sherpa, sin embargo, reconoce a Armando de Castro una participación decisiva en el sonido de aquellos discos: «Armando colaboró muchísimo, y esto hay que decirlo, en los arreglos. Es un guitarra fabuloso. O era, porque ahora mismo no lo estoy considerando demasiado bien. Pero en esa época estaba muy inspirado y muchos de los arreglos de los temas son de Armando, y participa en la autoría, claro, por sus arreglos. Nunca se les menospreció en ese aspecto. Pero ellos querían estar en todo. Yo le respeto y siempre le he respetado como un musicazo, y sin él Barón Rojo no habría existido, cuidado. Sin mí tampoco. Sin mí tampoco. Y eso es lo que les ha martirizado toda la vida».
Un nombre para cada mitad
También el nombre terminó formando parte del divorcio. Sherpa y Hermes recuerdan que, en la gestación del grupo, la propuesta «Barón Rojo» fue de Armando de Castro, en una reunión en la que los cuatro propusieron nombres. La banda firmó con Chapa Discos, el sello que Vicente Romero había puesto en marcha dentro de Zafiro para dar salida al nuevo rock español; según Sherpa y Hermes, la compañía exigió registrar el nombre de Barón Rojo: «Con lo cual el nombre pertenecía a la compañía, no a nosotros. Era una forma de asegurarse que no nos podíamos ir», sostiene Hermes.
«Intentamos que el nombre nos perteneciera a los cuatro. Cuando nos separamos tuvimos un juicio, etcétera, con muy mala leche por parte de ellos», añade Hermes. Según su versión, Zafiro acabó dejando libre la denominación y los hermanos De Castro la registraron antes de que ellos supieran que estaba disponible: «El nombre es una cosa que, evidentemente, comercialmente, es lo que más vale del grupo. Porque ellos han seguido trabajando años y años gracias al nombre». Sherpa introduce una palabra algo menos diplomática: «Se apandaron el nombre de forma, bueno, un poco... ¿cómo diría yo? Traicionera, ¿no? Podrían haber llamado y decir: “Bueno, a ver qué hacemos con el nombre. ¿Cómo lo repartimos? Pero no».
Los hermanos De Castro continuaron trabajando como Barón Rojo durante las décadas siguientes, con sucesivos bajistas y baterías (hasta el día de hoy); Sherpa desarrolló su carrera por otros caminos y Hermes volvió a tocar con él. Los cuatro llegaron a recomponer excepcionalmente la alineación clásica entre 2009 y 2011, veinte años después de la ruptura. Duró lo que duran algunas reconciliaciones familiares cuando debajo de la alfombra continúa habiendo kilos de mierda. El breve entente no modificó el reparto de nombres.
Surgió así el otro nombre, de gran parecido. Hermes: «A Sherpa se le ocurrió una idea genial. Dijo: “¿Por qué no registramos Los Barones?”. Y yo dije: “Hostia, puede ser genial”. Porque Los Barones era un apelativo de la gente: “Hoy vienen Los Barones a tocar”. Entonces dijimos: “Bueno, vamos a registrarlo”, pero lo dejamos guardado. Durante años no lo utilizamos». Tras una etapa actuando bajo el nombre de Sherpa llegó el momento de sacarlo del cajón: «Tuvimos contacto con una oficina de management y de repente dijimos: “¿Por qué no hacemos Los Barones?”. Y dijeron: “Joder, de puta madre”. Y ahí empezó la historia de Los Barones». El anuncio público se produjo en marzo de 2019, presentando a los guitarristas Marcelo Valdés y Sergio Rivas, y pocas semanas después apareció “Vive hoy”, con música de Sherpa y letra de Carolina Cortés. Ahora, Los Barones celebran los 45 años de Barón Rojo con varios conciertos en España y Sudamérica.
Cuando el heavy también era música popular
Antes de que Barón Rojo existiera, ninguno de sus cuatro integrantes podía presumir de haber sido heavy desde la cuna por una razón elemental: en la segunda mitad de los setenta, el heavy metal estaba terminando de inventarse. Sherpa había empezado como cantante solista (en 1974 publicó, bajo su alias, el álbum Hace largo tiempo, en RCA), había estudiado solfeo y contrabajo en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid y pasó por Los Módulos, el grupo de “Todo tiene su fin” (1970), uno de los clásicos del rock progresivo en España; Hermes Calabria había llegado desde Uruguay, donde había formado parte de Psiglo (también progresivos), y en España tocó con Moris. Los hermanos De Castro procedían de Coz. Aquellos caminos confluyeron en 1980 y un año después apareció Larga vida al rock and roll (1981), debut dedicado a John Lennon, asesinado el 8 de diciembre de 1980, y que incluía "Con botas sucias", "El pobre", "Barón Rojo" y una versión de “Anda suelto Satanás”, de Luis Eduardo Aute.
Sherpa sitúa mucho antes el comienzo de su historia musical y en un lugar que quizá sorprenda a quien solo conozca al tipo que acabaría cantando “Resistiré”. «Mis mesías, y siguen siéndolo, fueron The Beatles [su disco como solista se abría con el tema “A un grupo inglés”, dedicado a los cuatro de Liverpool]. De niño era muy despierto desde el punto de vista musical y escuchaba lo que se escuchaba en los años cincuenta: folclore español. Por eso tengo muy enraizado ese estilo de música, la copla, esos giros musicales. Pero poco a poco vas escuchando guitarras eléctricas y empieza el Dúo Dinámico por ahí, ya empiezan los Top Ten, ya empiezan Los Relámpagos, Los Brincos, y de repente aparecen The Beatles y ya es como si tuvieras la semilla que estaba ahí esperando que la regaran. La regaron y empieza a crecer, y consigues hacerte un músico. Un músico de verdad, y te dedicas a la música hasta hoy».
El salto al rock duro, al menos en su memoria, tuvo bastante menos de revelación mística que de evolución natural. «En mi caso fue, no sé, como ir en un tren y pasar de un vagón a otro. Porque yo empecé a tocar ya en grupos, y el grupo en el que toqué y en el que mejor me lo pasé en toda mi vida y del que guardo un recuerdo más maravilloso fue Los Módulos. Ahí hacíamos rock sinfónico, estábamos influidos por toda la gente de la época: Genesis, Yes, King Crimson, todo ese movimiento; Chick Corea, Stanley Clarke, todo eso. Y de repente surgió acompañar a un grupo como Coz. Entonces coincidí con Hermes y de repente empezamos a tocar las canciones de Coz de aquella época. Y cuando llega el momento ya de separarnos, porque se había acabado el trabajo para esos Coz [durante un tiempo funcionaron dos versiones de Coz], decidimos seguir y fundar un grupo que se llama Barón Rojo, y así surgió la cosa».
«Judas Priest y los primeros de heavy metal comenzaron a escucharse en esa época. Nadie que tenga nuestra edad puede decir que en aquel tiempo era un rockero heavy metal, porque no existía», apostilla Hermes. Sherpa recuerda que «a finales de los setenta es cuando el sonido se afila mucho» y vuelve a salir la polémica: «Ellos decían que nosotros no veníamos del rock; veníamos antes que ellos porque somos más mayores [Carlos de Castro nació en 1954 y Armando, en 1955]; veníamos del rock and roll, que es el abuelo y el papá del heavy metal. Pero está claro que Barón Rojo no es un grupo de heavy metal puro. Hay muchas cosas en Barón Rojo».
Sherpa reivindica una sofisticación que, cuatro décadas después, sigue considerando una de sus señas de identidad: «Tú analizas los arreglos y percibes arreglos de rock sinfónico, o de música clásica, que es precisamente lo que nos distinguió de los demás grupos. Enriquecimos la manera de escuchar el rock. Lo enriquecimos con arreglos, con matices, con detalles, con gusto. No era todo tres acordes. Tú escuchas canciones como “Siempre estás allí” o como “Se escapa el tiempo” y dices: joder, esta gente sabe lo que nos quiere enseñar. Nos quiere enseñar armonía, nos quiere enseñar melodía dentro de la mala hostia que puedas tener para expresarte como heavy, como pesado, como rebelde contra el poder».
El despegue fue rapidísimo. Si Larga vida al rock and roll había colocado el nombre en circulación en 1981, Volumen brutal (1982) cambió la dimensión de Barón Rojo. Se grabó en los Kingsway Recorders de Londres, estudio propiedad de Ian Gillan, cantante de Deep Purple, y tuvo también versión en inglés; “Resistiré”, transformada en “Stand Up”, alcanzó el número uno del Top Ten británico especializado y el 27 de agosto de 1982 Barón Rojo actuó en el Festival de Reading, compartiendo cartel con Iron Maiden, Gary Moore, Michael Schenker Group y Marillion.
Después vendrían Metalmorfosis (1983), con “Casi me mato”, “El malo” o “Siempre estás allí” (balada dedicada a sus fans y la comunión con ellos en los conciertos); el doble en directo Barón al rojo vivo (1984), registrado en el Pabellón del Real Madrid; y En un lugar de la marcha (1985), donde aparecían “Cuerdas de acero”, “Hijos de Caín” y “Breakthoven”. A mediados de la década, las fotografías de sus conciertos muestran gradas llenas y la prensa de la época ya los trataba como una de las grandes realidades del rock duro español. En 1985 llegaron al número uno de Los 40 Principales con “Breakthoven”.
Dice el refrán que el tiempo pone a cada uno en su sitio... Debe de ser así, excepto en el caso de heavy rock español. En aquellos días, no era ese reducto especializado al que terminaría siendo arrinconado durante las décadas siguientes: Barón Rojo, Obús y otros grupos (Panzer, Ángeles del Infierno, Banzai, Sobredosis, Santa) podían llenar grandes recintos y ocupaban un espacio central en la cultura juvenil. Un estudio académico sobre aquellas escenas recuerda precisamente las giras por grandes pabellones de Barón Rojo, Obús y otros y su presencia en televisión y radios comerciales como prueba de que rock urbano, heavy y Movida fueron fenómenos centrales y simultáneos durante la Transición, aunque la posteridad haya repartido los focos de manera bastante desigual.
La rivalidad en Barón Rojo no se quedaba de puertas adentro; de cara al exterior, competían con Obús por acumular el mayor número de seguidores. Para los aficionados, Obús era el espectáculo, con un Fortu Sánchez brincando por el escenario con actitud descaradamente macarra; Barón Rojo eran la solvencia musical. «Barón Rojo eran The Beatles y Obús eran The Rolling Stones», dice Sherpa.
Los heavies también eran la Movida
Pero había algo que incomodaba más a Barón Rojo que la competencia con Obús: el éxito de los grupos de pop. Hay una imagen de los años ochenta que la memoria oficial ha conservado con extraordinaria eficacia: Alaska, Radio Futura, Nacha Pop, Gabinete Caligari, Almodóvar, los bares de Malasaña, las hombreras, los pelos imposibles y una capital que después de cuarenta años de dictadura parecía haber descubierto de golpe que también se podía salir de noche. Existe otra fotografía, contemporánea y muchísimo menos mimada por la posteridad: miles de chavales con melenas, vaqueros elásticos, cazadoras vaqueras sin mangas, parches de Iron Maiden, Judas Priest, Obús o Barón Rojo, congregándose en pabellones deportivos y plazas de toros para escuchar guitarras a un volumen brutal. Quienes ya entonces estábamos en el mundo nos dábamos cuenta de que eran los heavies quienes llenaban los grandes recintos, relegando a los grupos de la nueva ola a clubes pequeños como Rock-Ola.
Sherpa no necesita que nadie le refresque ese agravio. «A mí me pone malísimo. Yo lo tengo clarísimo. Porque el poder siempre es el que hace que algo resalte o algo se oscurezca. El pop no molestaba, el pop era una música de consumo. “Ay, no me puedo levantar”, fíjate. Bien, está bien, que eso se necesitaba, esas canciones. Pero, claro, si yo canto: “Resistiré hasta el fin”, el poder dice: “Uy, cuidado, estos tíos me molestan mucho. A estos tíos ni agua. A estos tíos ponerles la pata, la bota en la garganta, todo lo posible”». Hermes comparte la premisa: «Claro, es que el rock es rebeldía. Además tiene dos erres: rock and roll, rebeldía, rebeldía. Rebeldía es resistir».
Y Sherpa continúa: «Por eso siempre se ha intentado orillar, oscurecer. Y, curiosamente, cuando había que ir de modernos y de “fíjate qué guays somos”, hasta Alaska era rockera, ya ves. Cuando había que molar, había que fardar de ser rockero, hasta Alaska y Mecano eran rockeros. Cuando había que denostar ese movimiento, pues los peludos estos, los pelánganos estos, los guarros estos, eran los rockeros españoles».
Utiliza una comparación gastronómica que no necesita demasiada exégesis: «A los niños les gustan las chuches. Y esa música era música chuche. O sea, no era un bocata de jamón. A un niño le das un bocata de jamón y no lo quiere; le das un Chupa Chups y se pone muy contento. Esa música era un Chupa Chups y nosotros a lo mejor dábamos una ración de bravas». Hermes apunta: «Yo lo llevaba fatal, lo de la Movida madrileña, porque realmente la Movida madrileña era la nuestra. Pero veía que la propaganda lo que siempre ensalzaba era lo otro. Escuchaba a Almodóvar y McNamara... y eso era insufrible. Una tomadura de pelo absoluta. Pero absoluta. Y yo decía: “¿Cómo pueden apoyar esto? ¿Cuál es el motivo?”».
Aunque no desprecian el talento de grupos del otro bando: «Hubo cosas que no estaban mal. Estaban Los Secretos, por ejemplo, que era un grupo muy respetable. Estaba Nacha Pop, que era un grupo muy, muy respetable». Sherpa añade Radio Futura y subraya que la admiración funcionaba en ambas direcciones: «Nosotros nunca hemos menospreciado a esa gente. Y, cuidado, esa gente siempre nos ha apreciado a nosotros, como Barón Rojo. Yo tengo testimonios directos. Santiago Auserón me ha dicho personalmente que era un admirador nuestro y que teníamos unos guitarristas cojonudos y que teníamos unas letras de puta madre. Y José María Cano, de Mecano, me ha dicho que ellos nos respetaban muchísimo, etcétera, etcétera».
«Quizá los hermanos se pasaban un poquito —prosigue— en cuanto a menospreciar a esa gente, pero yo he apreciado canciones de Mecano que eran buenísimas, o canciones de Radio Futura. A mí me gustaban muchas canciones de Gabinete Caligari. Y no me duelen prendas en decirlo, en absoluto. Y canciones de Miguel Bosé, canciones como “Bandido”, como “Sevilla”, los arreglos esos tan italianos, tan modernos. Coño, yo y Hermes también hemos apreciado lo bueno. Y en todos los movimientos musicales, en todas las expresiones musicales, ha habido buenos y malos. El problema es que el poder siempre ha intentado beneficiar a los que no molestan frente a los que te molestan».
También la televisión contribuyó a fijar una determinada imagen del heavy. «Cuando salíamos era porque había habido alguna movida en el concierto y nos sacaban como “la violencia del rock”. Eso fue una temporada que, vamos... Pero no solo con nosotros. Siempre “la violencia del rock», recuerda Hermes. En una ocasión, Barón Rojo actuó en Cornellà con Topo como teloneros. «La gente, entre cervecita y cervecita, quiere ver a Barón Rojo — recuerda Sherpa— y entonces no tiene la suficiente cortesía de esperar que termine el grupo que toca primero y empieza a tirar latas y a decir: “¡Barón, Barón!”. Cosa que a mí siempre me jodió. Las imágenes terminaron en el Telediario. Me acuerdo además de un tal Felipe Mellizo, que ya está criando malvas el hombre, que dijo: “Bueno, verán que esto es lo que sucede con este tipo de grupos”. Nos presentaban como peligrosos, cuando los peligrosos estaban en el despacho con su corbatita y oliendo a perfumes franceses».
Había algo más que diferenciaba a Barón Rojo del resto: sus letras, mucho más elaboradas e intelectuales que las del resto de bandas de rock. Detrás de buena parte de ellas estaba la pluma de Carolina Cortés, cuyo trabajo contribuyó a que unas canciones nacidas entre guitarras saturadas, bajos y baterías hablaran de alienación, libertad, poder, guerra, paso del tiempo o rebeldía con un vocabulario bastante más trabajado que el tópico de cerveza, cuero y decibelios que perseguía al heavy de aquellos años. «Las letras eran muy importantes. Carolina es una persona con una cultura tremenda, que ha leído muchísimo toda su vida y que tiene una facilidad para escribir enorme», explica Sherpa. «Teníamos esa suerte. Yo tenía esa suerte de tener al lado a una persona que escribía de puta madre».
Su labor de letrista no se limitó a Barón Rojo. También escribió para otros intérpretes, y uno de esos encargos acabó convertido en una de las canciones más populares de Luz Casal: “Entre mis recuerdos”, incluida en Como la flor prometida (1995), el álbum que la cantante gallega publicó después del éxito internacional de “Piensa en mí”. La música era de Albert Hammond, el gibraltareño afincado en California. «Hammond le mandó una canción a Luz Casal. Tenía una letra en inglés de una autora americana. Entonces encargaron a Carolina que escribiera una letra en castellano», recuerda Sherpa. Cortés no tradujo la letra americana; sin embargo, según Sherpa, acabó registrada como adaptadora, no como autora, detalle del que el cantante y bajista hace a Luz responsable:
«Carolina decía: “Pero ¿cómo que adaptadora? Si yo no he adaptado nada. Yo he hecho una letra nueva. No tiene absolutamente nada que ver con la letra inglesa”. Luz Casal no dio la cara por Carolina. Eso es lo que más me jodió. Porque Luz sabía perfectamente que aquella letra la había escrito Carolina, que no era una traducción de la letra americana. Carolina había hecho una letra completamente nueva. Y Luz no dio la cara por ella».
Sherpa contra el mundo
Desde hace tiempo la actividad pública de Sherpa no se limita a cantar “Resistiré” o “Los rockeros van al infierno”. Sus perfiles en redes sociales son incendiarios: arremete contra todo, pero, especialmente, contra lo que él denomina «el poder»; postura que considera obligada en un rockero. No parece preocuparle que esa exposición haya tenido consecuencias profesionales. «Perdimos cantidad de contratos. Si yo no hubiese vomitado lo que vomité cuando la pandemia, ahora estaríamos forrados, francamente. Habríamos hecho todos los festivales que se organizan: el Piño Rock, el Rata Rock, el Chuchi Rock. Éramos del gremio, de las ovejas rockeras. Pero como yo soy una cabra, me dicen: “Cuidado con este, que tiene cuernos. A ver si no os pegan un topetazo”. Y entonces eso nos ha quitado mucho trabajo. Pero yo lo agradezco. Porque el poder expresarme libremente vale muchísimo más que todo el trabajo que me hubiesen dado».
Sí le inquietan, en cambio, las consecuencias personales. «Hombre, uno tiene miedo, pero tiene miedo por su familia. Tiene miedo porque cualquier cosa que tú vomites contra el poder puede afectar a tu familia. Pero claro, tampoco te puedes reprimir, porque si no vomitas eso a lo mejor tu familia te pierde y te tendría que enterrar en la Almudena. Porque guardarse ese rencor que te genera el poder también es muy malo. Yo como ser humano tengo muchos defectos, pero también tengo muchas virtudes». En 2021, Carolina Cortés escribió en Facebook: «Somos dos personas que se quieren, pero que no van siempre de la mano. Yo no estoy de acuerdo con ciertas actitudes y opiniones suyas y él me lo puede reprochar, pero lo respeta».
Entre esas virtudes a las que hace referencia incluye una capacidad que no parece dispuesto a conceder a todo el mundo. «Veo un poco más allá. Soy una cabra, no una oveja. Las ovejas generalmente van por la llanura. Las cabras siempre están en lo alto, viendo, divisando. Y yo soy cabra y a veces cabrón. Y veo un poco más allá de lo que ven las ovejas. Y, generalmente, lo que veo es malo. Porque veo, me anticipo a lo que está maquinando el poder. Y eso me genera mucha mala hostia porque yo creo en la justicia. O sea, creo en lo justo. En lo que es justo, no en la justicia, porque justicia no hay. Este mundo es injusto porque está creado así. Injusto. Bien y mal, y dominado siempre por los malos. Siempre está dominado por los malos».
Así describe cómo ve la cabra, desde el monte, la sociedad actual: «Este mundo es un campo de concentración. Pero está dividido en dos sectores. Uno es el de la izquierda, otro es el de la derecha. Y en el de la derecha, los guardias y el alcaide son un poquito más magnánimos. Un poquito. Son también unos hijos de puta que te tienen preso. Entonces, como no se puede escapar uno de ese campo de concentración, porque el mundo está concebido así, oye, prefiero estar en el de la derecha que en el de la izquierda. Forma parte también del campo de concentración, pero si me hace más cómoda mi vida, por supuesto que quiero estar en ese lado. Por supuesto. Es que sería gilipollas. El único que me va a salvar es el Maestro Jesús, en el que creo y al que rezo. Por lo demás, esto es un puto campo de concentración que hay que aguantar a las duras y a las maduras». ¿Eres religioso? «No. Soy espiritual. La religión es una trampa», responde.
«Pienso que el paso por este mundo es un infierno. Este mundo lo creó un dios. De hecho, simplificando, soy gnóstico. Y a mis 75 años me he dado cuenta de que realmente este es un mundo creado por un dios estúpido. Le llaman Yaldabaoth, le llaman el Demiurgo, llámalo como quieras. Creó este mundo estúpido que necesita del positivo y negativo para funcionar. De que si alguien tiene que vivir, alguien tiene que morir. Depredador, presa; depredador, presa. Y es una puta mierda de mundo. Este mundo necesita crear guerras, necesita vibraciones muy fuertes, muy groseras para alimentarse. ¿Qué es lo que trae esa vibración? El hambre, el sufrimiento, el dolor, la amargura, los celos, la envidia. Todo eso es vibración grosera que le sirve a este dios. Es gasolina que le sirve para funcionar este mundo. Este mundo, si te pones a pensarlo, es horrible».
«Naces, no sabes por qué has nacido. Sabes que te vas a morir. Vas viendo que se muere gente que quieres, que hay guerras, que hay hambre, que hay sufrimiento. Y dices: “¿Pero esto qué coño es?”. Entonces empiezas a buscar. Yo he buscado toda mi vida. He leído de todo, he investigado de todo, porque quería saber qué coño hacemos aquí. No tengo miedo a la muerte. Tengo miedo al sufrimiento, como todo el mundo. Pero a la muerte no. Para mí la muerte es la liberación de este puto mundo, donde no quiero volver a nacer nunca. No quiero volver nunca a este puto mundo».
