Entrevista

Así llega un gramo hasta Madrid: "Muchos narcotraficantes se levantan temprano y se comportan como empresarios"

El periodista Nahuel Gallotta, autor de libro que traza el viaje de la droga desde su origen hasta el consumidor. (Foto: cedida)
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Seguir el viaje de un personaje es uno de los grandes patrones argumentales de la historia de a literatura. Que se lo digan si no a Ulises de La Odisea, por poner solo un ejemplo bastante de actualidad. Como él, Don Quijote o los protagonistas de En el camino, de Jack Kerouac, dentro de la ficción. O en la no ficción, sucede con otros viajes famosos, como el de José Saramago por Portugal, o el de Camilo José Cela por la Alcarria.

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La idea de Nahuel Gallotta es, sin embargo, seguir el viaje de un ser inanimado. Eso sucede en Biografía de un gramo (Libros del KO), en el que el periodista argentino reconstruye la ruta de la cocaína desde su origen hasta las calles europeas siguiendo el recorrido de una sola dosis. Campesinos, transportistas, traficantes, abogados, consumidores y vecinos de barrios atravesados por el microtráfico aparecen en una investigación que busca alejarse de la imagen cinematográfica del narcotraficante y mostrar la compleja red humana y económica que sostiene el negocio.

Gallotta, periodista con muchos años de experiencia cubriendo sucesos y crimen organizado, decide en el libro mirar el narcotráfico como una cadena global de producción, transporte y distribución. El resultado es un relato en el que las cifras y las estadísticas dejan paso a las historias personales de quienes participan en esa cadena —y de quienes sufren sus consecuencias—. Hablamos con él sobre los riesgos de investigar el mundo criminal, la transformación del consumo y lo que descubrió al seguir el rastro de ese gramo.

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Elegir contar la trama del narcotráfico internacional desde la escala de un solo gramo es un acierto narrativo. ¿En qué momento te diste cuenta de que ese era el hilo de donde tenías que tirar?

Desde el momento en el que decidí analizar el mundo narco como si fuera un negocio como el de McDonald’s o Adidas: existe una logística y una estructura enorme detrás de ese producto que llega a nuestras manos. El gran desafío de este libro es contarle al consumidor de cocaína todo el trabajo que hace gente que no conoce, y de varios países, para que él pueda comprarse su gramo y esnifarlo tranquilo en su casa el fin de semana.

¿Qué clichés sobre el mundo de la droga o la figura del narco derriba este libro?

El de que son todos los vendedores de droga son ricos y tienen vidas buenísimas. También los tópicos sobre la violencia, porque muchos narcotraficantes son empresarios o comerciantes expertos, incapaces de tocar un arma. Para ellos, traficar es un negocio más. La única diferencia con sus otros negocios es que el de la cocaína los puede llevar a la cárcel. Son personas con una doble vida: trabajan, se levantan temprano como cualquiera de nosotros, pero también van de reunión en reunión para traficar con droga.

¿Algún tópico más que no sea cierto?

La parte económica tampoco es como nos la cuentan en las películas. La mayoría de las personas a las que entrevisté me comentaron que así como ganan dinero, lo pierden. Pueden perder la droga, se la pueden robar, o pueden acabar en la cárcel, lo que hace que, durante la condena, la familia tenga que sobrevivir con lo que habían generado para después salir sin nada. Digamos que tienen muy buenas épocas, pero también malas. 

¿Qué te sorprendió descubrir mientras lo escribías?

Algo curioso: que es una actividad que genera una adicción, porque produce mucha adrenalina. Esa es la verdadera droga de los traficantes.

¿Cuál fue el mayor riesgo al que te enfrentaste sobre el terreno?

Cuando estás en un piso de Madrid en el que un camello atiende a sus clientes y hay decenas de dosis de cocaína sobre una mesa, inevitablemente hay riesgos. Pero la realidad es que las personas a las que entrevisté eran de mi confianza; no me generó temor escucharlos ni compartir tiempo con ellos. El riesgo está en otro lado. En que puede entrar la Policía en cualquier momento, en que pueden aparecer ladrones... Algo que me pasó fue que entrevisté a una persona muy buscada por sus enemigos. Y también he tenido que escuchar, sobre algunos de mis entrevistados, cosas como: "Ese es el próximo en la lista de muertos". En esos momentos sientes un escalofrío por el cuerpo. Pero así es el día a día del periodista que se mete en el ambiente delictivo para investigar: a tus fuentes les pasan cosas todo el tiempo. Los encarcelan, los quieren matar, te escriben para avisarte de que durante unos meses van a estar escondidos...

¿Cuál fue el testimonio que más te impactó?

Los testimonios que más me impactaron fueron siempre los de las víctimas. Y cuando digo víctimas me refiero a los adictos y a los vecinos de los barrios en los que hay estructuras dedicadas al tráfico de drogas. Los testimonios de las víctimas son esenciales para entender la ruta de la cocaína. Tanto de los vecinos que ven las consecuencias de la falta de control de las autoridades de varios países para que la cocaína acaba llegando a sus calles, como de los adictos, que tienen muchísimas más opciones de lugares a los que ir a comprar que de centros para recuperarse.

El consumidor medio en Europa rara vez conecta su consumo de fin de semana con asuntos como la violencia o la deforestación en Latinoamérica. ¿Se produce una desconexión moral consciente o es simple desconocimiento?

No es que el consumidor no se pregunte por la ruta de su gramo de cocaína, es que ni siquiera se le pasa por la cabeza. Creo que todo se debe a algo muy concreto: el microtráfico es algo demasiado visible y el macronarcotráfico es invisible para el común de los mortales. Estaría bien que este libro lograra algo de eso: una conciencia que permite que los consumidores se den cuenta de que financian un negocio en el que matan a mucha gente.