Entrevistas

Por qué una canción puede devolvernos de golpe a los 17 años: preguntamos a los psicólogos y a la ciencia

Los recuerdos autobiográficos desencadenados por música pueden recuperarse con rasgos propios de los recuerdos involuntarios: aparecen rápidamente y con relativamente poco esfuerzo consciente.. Getty Images
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Suena “The final countdown” y mi mente viaja a 1986. A un lugar y un momento muy concretos: la sala Canciller, la discoteca madrileña que fue durante aquellos años templo del heavy metal. Allí estoy, en una zona de sofás, en la planta de arriba, con una chica de 16 años con la que he empezado a salir. Yo tengo 19; nos gusta el rock duro y esa canción que Europe acaba de publicar nos parece lo más. Años después, esa chica sería mi primera esposa.

Han pasado cuarenta años y no necesito hacer ningún esfuerzo para construir esa imagen: aparece sin esfuerzo. Tampoco es un recuerdo genérico de juventud, esa nebulosa confortable que con el tiempo mezcla noches, amigos, bares y amores hasta convertir media vida en una película de la que hemos perdido el montaje original. Recuerdo a una persona determinada, en un lugar determinado, cuando ambos teníamos una edad determinada. Y lo que estábamos haciendo (que no se puede contar). Basta que empiece a sonar una canción (esa, en este caso) para abrir la puerta.

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¿Por qué?

La ciencia lleva décadas intentando averiguarlo y hasta ha puesto nombre al fenómeno: music-evoked autobiographical memories (MEAMs), recuerdos autobiográficos evocados por la música. Son esos momentos en los que una canción no nos hace simplemente recordar que la escuchábamos de jóvenes, sino que puede devolvernos escenas, lugares, personas, sensaciones e incluso algo mucho más difícil de atrapar: quiénes éramos cuando la escuchábamos.

«Las canciones no se almacenan de forma aislada», explica el psicólogo Marco Antonio López-Cano, investigador de la relación entre música, emociones y memoria autobiográfica y primer autor de un estudio de la Universidad de Castilla-La Mancha publicado en PLOS ONE. «Cuando escuchamos música lo hacemos dentro de un contexto; estamos con amigos, viajando, estudiando, enamorándonos, saliendo por primera vez… La canción puede quedar asociada a esas personas, lugares, emociones y experiencias». Muchos años después, añade, aquella música puede convertirse en «una especie de clave»: «No recuperamos solamente la canción, puede reaparecer una época de nuestra vida, una persona, un lugar e incluso parte de cómo nos sentíamos entonces».

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No es únicamente una hermosa impresión subjetiva. En 2007, la psicóloga Carol Lynne Krumhansl y el investigador Petr Janata, entre otros pioneros de este campo, ya habían empezado a caracterizar experimentalmente estos recuerdos musicales. Uno de los estudios clásicos encontró recuerdos autobiográficos en alrededor del 30 % de las canciones presentadas a los participantes, acompañados mayoritariamente por emociones positivas y fuertes; la nostalgia aparecía entre las emociones más frecuentes.

Investigaciones posteriores han encontrado algo todavía más llamativo. Amy Belfi, Brett Karlan y Daniel Tranel, de la Universidad de Iowa, compararon recuerdos provocados por canciones con los desencadenados por rostros famosos. Los musicales resultaron más vívidos: contenían proporcionalmente más detalles internos y mayor cantidad de información perceptiva. La canción, dicho sin bata blanca, no solo encontraba el cajón: parecía sacar de él más cosas.

Por qué recordamos especialmente aquellos años

Pero hay una segunda pregunta. ¿Por qué “The final countdown” me lleva a los 19 y no cualquier canción escuchada a los 37, los 48 o anteayer mientras hacía la compra? Aquí aparece otro viejo conocido de la psicología de la memoria: el pico de reminiscencia. Cuando se pide a personas de mediana edad o mayores que recuperen recuerdos de su vida, estos no se distribuyen uniformemente por el calendario. Existe una concentración especialmente elevada de recuerdos correspondientes aproximadamente al periodo comprendido entre los 10 y los 30 años. Una revisión sistemática de 68 estudios confirmó la solidez del fenómeno, aunque sus fronteras varían según el tipo de recuerdo y la manera de provocarlo.

«No hay una única explicación», advierte López-Cano. «Una de las más importantes tiene que ver con que durante esos años vivimos muchas experiencias nuevas y relevantes: primeros amores, primeros trabajos, independencia, decisiones importantes...». También son los años en los que se construye buena parte de nuestra identidad adulta: «Es una etapa en la que empezamos a definir quiénes somos, qué queremos hacer y qué lugar ocupamos en el mundo».

Los 17 años tienen, además, una peculiaridad difícil de reproducir a los 57: casi todo está por estrenar. El primer beso no compite en nuestra memoria con los treinta y siete siguientes. La primera pandilla, el primer concierto, las primeras vacaciones sin los padres, la primera ruptura sentimental, el primer sueldo o la primera noche en una discoteca pertenecen a una etapa repleta de acontecimientos que además contribuyen a responder una pregunta esencial: quién demonios soy.

No significa que después dejemos de formar recuerdos poderosos ni que todos tengamos el mismo pico. Tampoco existe una frontera neurológica que se cierre al cumplir treinta años. El reminiscence bump es un patrón estadístico, no una condena a vivir de las batallitas. La música tiene una ventaja formidable para colarse dentro de ese periodo: estaba por todas partes. Una canción podía sonar en la radio, en el coche, en una discoteca, en una cinta de casete grabada por un amigo y nuevamente en casa hasta que los padres empezaban a considerar seriamente la posibilidad de arrojar el radiocasete por la ventana.

700 canciones y 397 recuerdos

López-Cano, Beatriz Navarro, Marta Nieto, Fernando Andrés-Pretel y José M. Latorre intentaron medir ese mecanismo utilizando música popular española e internacional. Su investigación, publicada en PLOS ONE en septiembre de 2020, constaba de dos experimentos. El primero trabajó con 15 adultos de mediana edad y otros 15 mayores; el segundo se concentró en 35 personas de edad avanzada. Los investigadores seleccionaron canciones correspondientes tanto al pico de reminiscencia de cada participante como al periodo inmediatamente posterior y estudiaron su capacidad para despertar emociones y recuerdos autobiográficos.

En el segundo experimento hubo 700 exposiciones a fragmentos musicales de treinta segundos. En 397 apareció un recuerdo autobiográfico. Y el 88,52 % de los recuerdos obtenidos fueron positivos, frente a un 8,40 % neutros y apenas un 3,08 % negativos. Las canciones españolas pertenecientes al pico de reminiscencia generaron además más recuerdos autobiográficos que las internacionales del mismo periodo.

El dato introduce un elemento menos romántico pero enormemente importante: la familiaridad. No basta con colocar ante alguien una canción publicada cuando tenía 18 años y esperar que aparezca su primer amor por generación espontánea. Tiene que haber existido algún tipo de relación entre ambos.

«La familiaridad es muy importante», explica López-Cano. «Cuanto más familiar nos resulta una canción, más probable es que esté asociada a experiencias de nuestra vida». Pero tampoco existe una ecuación perfecta. Podemos haber escuchado una canción quinientas veces sin vincularla a ningún episodio concreto y, en cambio, conservar durante décadas otra que sonó en un momento excepcional. Investigaciones recientes confirman precisamente que la música familiar tiende a provocar más recuerdos autobiográficos, aunque también una canción desconocida puede conseguirlo ocasionalmente.

Gusto, repetición, familiaridad y emoción forman así una especie de sociedad limitada de la memoria. Una canción que nos encanta suele escucharse muchas veces; cada escucha ofrece nuevas posibilidades de asociarla con nuestra vida; y una experiencia emocionalmente importante puede reforzar esa unión. De ahí nace eso que llamamos «nuestra canción».

Una canción idéntica, millones de recuerdos diferentes

"The final countdown" fue publicada por Europe en 1986 y escuchada por millones de personas. Para una puede significar un viaje de fin de curso; para otra, un hermano que ya no está; para alguien quizá no signifique absolutamente nada. La grabación no cambia. Lo que cambia es la biografía que hemos depositado encima. «Una misma canción puede ser conocida y compartida por miles de personas y, sin embargo, adquirir un significado completamente distinto para cada una», explica López-Cano. «La canción es la misma, pero cada persona la asocia a sus propias experiencias, emociones y recuerdos».

El fenómeno puede llegar a producir una sensación que todos reconocemos: no parece que estemos recordando algo, sino que durante unos segundos estamos reviviéndolo. La investigación científica es prudente con esa impresión, porque un recuerdo no es una grabación intacta almacenada en algún anaquel del cerebro. La memoria autobiográfica es reconstructiva: cada recuperación puede reorganizar, completar e incluso modificar elementos. Que veamos mentalmente una escena con una nitidez prodigiosa no garantiza que cada uno de sus detalles sea históricamente exacto.

Pero la particular viveza de algunos recuerdos musicales sí se ha podido medir. En el experimento de Belfi, Karlan y Tranel, los recuerdos provocados por canciones contenían más detalles perceptivos que los suscitados por rostros famosos. Y otro estudio ha observado que los recuerdos autobiográficos desencadenados por música pueden recuperarse con rasgos propios de los recuerdos involuntarios: aparecen rápidamente y con relativamente poco esfuerzo consciente. Por eso una canción puede sorprendernos en un supermercado, en el coche o esperando un café y, sin haber decidido recordar absolutamente nada, colocarnos delante una escena que llevaba treinta años sin llamar a la puerta.

¿Es la música más poderosa que una fotografía?

Los olores tienen fama de grandes contrabandistas de recuerdos. Las fotografías son probablemente el instrumento deliberado más utilizado para regresar al pasado. Una película, un libro o incluso un sabor pueden hacer exactamente lo mismo. ¿Tiene entonces la música algún privilegio?

López-Cano prefiere no convertirla en campeona mundial de la nostalgia sin pruebas suficientes. «No diría que necesariamente la música sea siempre más potente que otros estímulos», matiza. La fotografía proporciona una representación visual directa de una escena y un olor puede mantener asociaciones extraordinariamente fuertes con determinadas experiencias. Pero la música reúne algunas características peculiares: duración, estructura temporal, capacidad emocional y, sobre todo, repetición. Además, podemos escuchar canciones mientras hacemos otra cosa (ligar, viajar, estudiar), lo que no sucede generalmente con otras manifestaciones artísticas. Son bandas sonoras de momentos.

El fenómeno ha despertado especial interés en el estudio del envejecimiento y de enfermedades como el alzhéimer. La misma revisión analizó quince investigaciones con personas con alzhéimer, demencia frontotemporal, daño cerebral adquirido y depresión, y encontró que la música continuaba provocando recuerdos autobiográficos en estas poblaciones; en el caso del alzhéimer, determinados aspectos de estos recuerdos parecían relativamente preservados.

No significa que una playlist cure una demencia, ni mucho menos. Significa algo bastante más preciso y quizá más interesante: algunas rutas entre música, emoción y memoria pueden permanecer accesibles incluso cuando otras capacidades están deterioradas.

Cuando una generación vuelve a escuchar su juventud

A finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, Torremolinos era uno de los lugares de España donde podía escucharse antes una música que llegaba con olor a mundo exterior. Por allí pasaron o se dieron a conocer grupos como Los Íberos, Los Canarios o Storm; músicos que hoy rondan los 80 años y que el periodista y director Manuel Bellido ha recuperado en el documental Back in Time!.

La película no trata sobre neurociencia ni sobre recuerdos autobiográficos. Reconstruye una generación musical y una época. Pero al sentar hoy ante una cámara a quienes vivieron aquello medio siglo atrás terminó ocurriendo algo que López-Cano reconocería inmediatamente. Bellido observó que regresar a las canciones y a los escenarios de aquellos años funcionaba como «detonante para que ellos mismos hicieran mentalmente un repaso a sus vidas».

Para aquellos músicos, además, las canciones arrastraban algo más que recuerdos privados. España vivía bajo una dictadura y Torremolinos había adquirido una excepcional permeabilidad hacia el turismo y la cultura extranjera. Escuchar determinada música significaba también descubrir una forma diferente de vestirse, relacionarse y entender el mundo. Bellido recuerda la distancia entre la música de sus padres y la que comenzaba a escuchar su generación: aquello, dice, «era abrirse a la modernidad».

La observación encaja con una de las explicaciones del pico de reminiscencia. No recordamos especialmente la adolescencia y primera juventud únicamente porque nos sucedieran muchas cosas por primera vez. Es también el periodo en que determinados elementos culturales —ropa, cine, libros y, de manera muy poderosa, música— sirven para construir nuestra identidad y para separarla de la generación anterior.

Un adolescente no escucha siempre una canción como quien consume un objeto cultural. Puede utilizarla para decir quién es y, de paso, quién no quiere ser. Medio siglo después, el objeto sigue llevando pegada aquella declaración de identidad.

«No solo las canciones, sino momentos concretos»

Bellido nació en 1959 y tampoco está fuera del experimento que involuntariamente construyó al rodar Back in Time!. Las canciones de aquella generación lo llevan a su propia infancia y a las horas escuchando la radio. Y entre la música aparece una escena perfectamente fechada. Tenía 16 años y estaba a punto de marcharse a Madrid para estudiar periodismo cuando escuchó por la radio que Elvis Presley había muerto. Lo recuerda como un «mazazo». No recupera únicamente una canción o un artista, sino el momento en el que recibió una noticia y el muchacho que era al escucharla. «No solo las canciones y las melodías, sino momentos concretos», explica.

Es precisamente lo que diferencia un recuerdo autobiográfico de saber simplemente que algo ocurrió. Podemos conocer que Elvis Presley murió en 1977 sin recordar qué hicimos aquel día. Bellido conserva una escena de su propia vida vinculada a aquella noticia.

El investigador López-Cano también tiene sus llaves. Cuando abandona por un momento las muestras, los experimentos y las categorías de memoria y responde como cualquier otro oyente, aparecen “¿Para qué sirve una hormiga?”, de El Último de la Fila; “Cien gaviotas”, de Duncan Dhu, y “Semilla negra”, de Radio Futura. «Me transportan a los años ochenta, a los veranos en el pueblo, a las aventuras con los amigos, a alguna que otra travesura», cuenta. También regresan «la rebeldía, el deseo de libertad y esas ganas de independencia tan propios de la adolescencia». El científico termina convertido así en sujeto de su propio campo de investigación.

Hay algo seductor en pensar que las canciones almacenan nuestros recuerdos, como pequeños discos duros emocionales que podemos poner en marcha cuarenta años después. No ocurre exactamente así. “Cien gaviotas” no contiene los veranos adolescentes de López-Cano. Las canciones de Los Íberos no guardan la infancia de Bellido. Y Joey Tempest no tenía la menor idea, cuando compuso "The final countdown", de que una pareja de adolescentes españoles acabaría escuchándola en un rincón oscuro de Canciller. El recuerdo está en nosotros; la canción activa el acceso.