Natza Farré, sobre crecer con un hermano adicto en los 80: "Me llenó la juventud de rabia y odio, ahora intento entender"

Natza Farré cuenta su infancia marcada por un hermano heroinómano en su libro 'La última vez que te dije adiós' (Editorial Sexto Piso): una experiencia personal que conecta con la colectiva de los años 80
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Querer a un hermano y sentir rabia cada vez que su presencia vuelve a poner en tensión a toda la familia. Crecer sabiendo que algo va mal, sin que nadie termine de explicarte el qué. Y, años después, aprender a vivir con el recuerdo de lo ocurrido sin castigarte por lo que sentiste. Natza Farré habla de todo ello en La última vez que te digo adiós, un libro en el que reconstruye su experiencia como hermana pequeña de un hombre cuya adicción a la heroína dejó heridas profundas en toda la familia.
Su relato se adentra en una intimidad atravesada por el miedo, la vergüenza y unas despedidas que nunca terminaban de ser definitivas. También por la ternura y el humor, que encontraron su sitio al escribir. «Yo no tengo nada que perdonar a mi hermano», explica. Hacer las paces consigo misma le exigió años y mucha terapia; cuando empezó el libro, ese trabajo ya estaba hecho.

Conversamos con ella sobre lo que una adicción les hace a quienes conviven con ella, sobre el sufrimiento que siente que le arrebató parte de su juventud y sobre el silencio que todavía encuentra entre sus lectores. Una historia familiar que permite mirar de cerca una tragedia colectiva de la que, sostiene, seguimos hablando demasiado poco.
¿Cómo era tu hermano?
Esta es la pregunta del millón. Pues no lo sé, exactamente no lo sé. Lo he intentado descubrir, pero no lo sé. Lo que sé es que era un ser talentoso y que era mi hermano. Eso seguro.
¿Cuándo empezaste a entender que lo que le pasaba a tu hermano no era una etapa ni una mala racha, sino una adicción que iba a afectaros a todos?
Supongo que lo empecé a ver cuando era adolescente, aunque no lo quería ver, me enfadaba y odiaba esa situación. Con el paso de los años empecé a entender que lo que tenía era una enfermedad durísima que afectaba a toda la familia y que nos acabó causando un trauma grande, un agujero y unas heridas muy profundas. Pero fue un proceso que necesitó muchos años, porque la convivencia en determinados momentos era muy complicada.
Tú eras una niña, su hermana pequeña. ¿Hasta qué punto entendías lo que pasaba y qué comprendiste mucho tiempo después?
Sabía que había un problema, pero no sabía cuál era exactamente. Veía a un hermano que hacía cosas raras, pero en esa época, como niña, tampoco te parecía tan extraño. Fue con el paso del tiempo cuando empecé a entender de qué se trataba, aunque tampoco te explicaban nada muy concreto.
Empecé a ver a mi hermano como un ser molesto para toda la familia y, en determinadas etapas, con un odio muy profundo, porque por culpa suya toda la familia estaba permanentemente en tensión. Eso era real, pero la culpa era relativa también.
¿Qué cosas de tu juventud crees que su adicción te robó de una forma indirecta?
Me llenó la juventud de rabia y de odio, y eso me hizo mucho daño. Yo tampoco tuve una adolescencia fácil por mi parte y, al final, le tuve que añadir eso. Siempre pensé que hubiera sido muy distinto de no haber tenido a mi hermano como estaba. También me robó —y se lo tengo que agradecer— la capacidad de probar las drogas, porque, a partir de ver a mi hermano, siempre tuve mucho miedo. Fumé porros cuando era joven, pero nunca pasé de ahí, a pesar de que era fácil encontrarse con otro tipo de drogas. Me aterrorizó, así que nunca he probado nada más.
¿Y qué le hace una adicción a una familia a largo plazo?
Esto es bastante interesante: los padres, al final, también traspasan un poco la responsabilidad a los hermanos. En diferentes etapas, cada uno se hace cargo del hermano y los otros intentan respirar un rato. Eso ha pasado. Pero unir, no, porque cada uno lo lleva como puede y de distintas maneras. No somos la misma persona y cada cual tiene en su propia vida sus propias movidas. Lo que nos ha traspasado es que, en algún momento de nuestra vida, hemos tenido que ocuparnos de este hermano.
La familia intenta protegerse, a veces mediante el silencio, pero ese silencio también puede hacer más daño. ¿Cómo os protegíais?
¿Cómo puedes protegerte de eso? Es muy complicado. El silencio impera porque en la época imperaba el silencio en general. Estamos hablando de unos años en los que se hablaba de muy pocas cosas en profundidad. Por lo tanto, imagínate una cosa que causa tanta vergüenza: no sales de casa contando nada. Creo que esto lo aprendes cuando te haces mayor: tú te puedes intentar proteger de muchas cosas, sobre todo a nivel emocional, pero al final sabes que lo mejor es reconocer esas emociones y tratar de estar bien con ellas. Protegerse es muy complicado.
En una situación así pueden convivir la preocupación, la rabia, el rencor y el amor.
Estás permanentemente con todo mezclado y haciendo tu propio camino. Son cosas paralelas, pero tú también te estás construyendo como persona, y esto es muy difícil.
Aceptar que puedes querer muchísimo a alguien y, al mismo tiempo, estar profundamente enfadada con esa persona es complicado.
Lo intento explicar en el libro muy honestamente, sin esconder nada, porque, justamente, si vas a medias tintas, creo que te sale un churro. Al final tienes que poner aquí toda la carne y destriparte un poco las entrañas para contar lo que es esta amalgama de emociones y cómo acaba afectando a tu propia existencia.
¿Has tenido que perdonar a tu hermano o, más bien, perdonarte a ti misma por algunas de las cosas que pensaste o sentiste?
Yo no tengo nada que perdonar a mi hermano. Lo del perdón es muy complicado, pero, sobre todo, más que perdonarme a mí misma, tengo que llegar a hacer las paces conmigo misma, cosa que por fin he conseguido con los años y con mucha terapia. Este libro no es nada terapéutico: lo escribo con todo el trabajo hecho, pudiendo dar una reflexión mucho más profunda y haciendo el trabajo previo. Lo que he conseguido, afortunadamente, es estar en paz conmigo misma y dejar de castigarme por eso.
Quizá lo que mejor define ese proceso no sea el perdón, sino una despedida continua. De ahí el título de tu libro, La última vez que te digo adiós.
Totalmente. Ha sido un continuo decir adiós, y de ahí el título. Eso es muy duro. No sé si a alguien le gustarán las despedidas, pero yo las odio, es una cosa que llevo fatal. Si ya lo llevo mal de normal, imagínate la cantidad de veces… Ahora, cuando me preguntan: «¿Por fin has dicho adiós a tu hermano?», digo: «Bueno, literariamente le he dicho adiós, pero a mi hermano no le podré decir nunca adiós en realidad».
Cualquier persona que ha perdido a alguien en circunstancias complicadas sabe que eso siempre va a vivir dentro.
Exactamente. Hay que decir: «Vale, está aquí, lo voy a situar en un sitio en el que esté cómodo, pero no me lo voy a intentar sacar porque no va a salir».
Además de todo lo que vivíais en torno a la adicción, ¿cómo era el miedo añadido al sida, a la sobredosis y a la muerte?
Imagínate cuando llegó el sida, cuando supimos que mi hermano tenía el sida y estaba en casa. Solo veías que la gente se moría de sida rapidísimamente, que no había cura… Lo recuerdo como unos años de vivir con mucho, mucho miedo. Mucho miedo y mucha rabia, también de pensar: «Encima de todo, me va a matar este porque tiene el sida». Me parecía todo de una injusticia tremenda. Imagínate la inocencia y la imbecilidad de ser jóvenes. En aquellos años era cuando empezaba todo. Ahora del sida ya ni se habla. No sé qué edad tienes, pero fueron unos años muy duros en los que la gente joven o se moría por la heroína o caía por el sida. Veíamos a muchos muertos a nuestro alrededor y daba todo mucho miedo.
¿Qué le dirías a una familia que esté pasando ahora por algo parecido?
Soy una persona de cero consejos. Lo único que te puedo decir es que estoy muy a favor de reconocer que somos vulnerables, que tenemos dolor, que sentimos dolor. Siempre recomiendo que, cuando uno está mal, pida ayuda si la necesita. No hace falta comerse toda la mierda solo. Eso es lo que recomiendo. Pero odio dar consejos y creo que todo el mundo ya tiene una vida suficientemente difícil como para que alguien le venga a contar cómo tiene que vivirla.
Pedir ayuda sirve también para muchas otras situaciones y para intentar llevar una vida más sana emocionalmente.
Es lo que intentamos. Es como decir: las personas tóxicas no hace falta tenerlas cerca. A mí no me gustan. Créate un ambiente agradable, que el mundo exterior ya es suficientemente duro. Hostia, créate un poco de refugio donde estés cómoda. Y, si estás mal, pide ayuda, porque siempre hay alguien capaz de dártela.
Si pudieras volver al pasado y hablar con los adultos que tenías alrededor, ¿qué les dirías que necesitaba escuchar aquella niña que eras?
Se me hace muy difícil hacer estas cosas porque me cuesta mucho visitar un pasado que no fue. He intentado aceptar mi pasado. Tuve necesidades cuando era pequeña, cuando era adolescente, que no tuve quien las respondiera, pero prefiero no pensar cómo hubiera sido si. No vivo en el condicional, vivo con lo que he vivido. No pienso en el futuro, vivo muy en el presente y muy consciente de que esto un día se acaba de golpe y, por lo tanto, intento no tener muchos arrepentimientos. Es un libro sin ningún reproche. Intento no juzgar a nadie, solo intento aprender cosas. Ese es mi objetivo básico.
Todos aprendemos a lo largo de la vida. En aquel momento, los adultos fingían saber lo que hacían mientras aprendían al mismo ritmo que la niña. Solo el tiempo puede dar cierta estabilidad a esas emociones y sentimientos.
Totalmente, y en relación con el contexto. No eran lo mismo los años 80 que ahora, ni la información que había. Hay que tener en cuenta de dónde veníamos, del país del que veníamos, que se había acabado el franquismo… El contexto es muy importante siempre, porque el contexto también nos hace así. Todas esas cosas hay que tenerlas en cuenta.
No creo en absoluto en el reproche. Las personas que se pasan el día reprochando me dan mucha pereza y no las quiero, porque todos hemos cometido errores. El problema son las personas que se encallan en un sitio. Las personas que intentan avanzar… Joder, es que hacemos lo que podemos con la vida.
He hecho muchas cosas mal, también lo sé, pero lo que intento es no repetirlas. Y, si las repito, intentaré no repetirlas. No puedes quedarte ahí diciéndoles a mis padres que lo hicieron mal, a mi hermano, a mis hermanos. Cada uno hizo lo que pudo en ese momento y mi misión en este mundo no es joder. Estoy muy obsesionada con entender.

