Entrevistas

Jacobo Bergareche, un viaje para cerrar heridas: "Mi hermano fue asesinado en África, por eso volví con Amadou"

Una conexión inesperada con un migrante, Amadou, está en la génesis de 'Tío grande'. Sol Bergareche
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Puede parecer que Tío grande (Libros del Asteroide), la nueva obra de Jacobo Bergareche (Madrid, 1976) es una novela contracorriente. Teniendo reciente el episodio migratorio de Ceuta, en el que hubo una llegada masiva de migrantes a España, Bergareche emprende en su libro del camino contrario, salvando las diferencias.

La vida de Bergareche quedó indisolublemente unida a África después de que su hermano muriera asesinado en Luanda (Angola). La génesis de Tío grande parte de un encuentro casual: el que tiene el autor con Amadou, un joven de Guinea-Conakri, que se encarga del local en el que celebra el memorial de mus con el que rinde cada año homenaje a su hermano.

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A partir de ahí, se produce una conexión entre los dos personajes que es, en buena medida, un intercambio de tragedias. Por un lado, la muerte del hermano de Bergareche; por el otro, la odisea migratoria de Amadou hasta llegar a Madrid. Todo desemboca en el deseo del escritor de viajar a África para reconstruir el viaje de Amadou hasta Europa y, de paso, cerrar su propia herida.

El libro funciona como una novela de aventuras de no ficción, como un cuaderno de viaje y también como la peripecia de dos personajes contrapuestos unidos por la casualidad. Motivos suficientes para dialogar con el autor sobre un libro que se queda en la memoria.

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Si tuvieras que presentar Tío grande, ¿cómo lo contarías?

Me gusta pensar que es un road trip, un libro de aventuras, una novela de no ficción... Pero no sabría definirlo con precisión: cada día digo que es una cosa y, dos días después, que es otra.

Los viajes por carretera tienen la virtud de que no sabes muy bien qué vas a encontrarte al pasar la página, porque estás a expensas de los personajes que aparecen por el camino...

La novela siempre ha tenido algo de viaje... El primer road trip de la historia es el de Don Quijote y muchas de las novelas que más me gustan son aquellas que cuentan un viaje o que son, en sí mismas, un viaje.

Eres una persona a la que le gusta viajar y embarcarse en experiencias que incorporan cierta incertidumbre. Imagino que, cuando vuelves de un viaje, algo cambia en ti. ¿Qué cambió después de este?

Esos son los verdaderos viajes: los que te cambian. Lo otro es hacer turismo, que es algo que también está muy bien. El turismo consiste en ir a un sitio, ver algo, consumirlo y volver exactamente igual que te habías ido. El viaje es otra cosa: a veces puede consistir en recorrer un barrio de tu propia ciudad, pero tiene que transformarte. Cuando vuelves, ya no eres exactamente el mismo, porque has aprendido cosas nuevas y algo ha cambiado.

En este caso, he aprendido muchísimo. No tenía ni idea de cómo es la vida de un migrante que llega a España y crece en un centro de menores. Para mí, todo era nuevo, todo era aprendizaje. Me ha sorprendido su relación con la dignidad, la visibilidad, el dinero, la ropa y conceptos como ser rico o pobre, o de izquierdas o de derechas. Para alguien en la situación de Amadou, lo primero es saber si una persona es de fiar.

Imagino que también porque su supervivencia depende de la confianza: de poder confiar en alguien y depositar su vida en esa persona.

Así es. En ese viaje dependes de mucha gente. En algún momento vas a necesitar a alguien, así que tienes que saber en quién puedes confiar. De eso puede depender tu vida.

Amadou dice en varios momentos en el libro que él te había contado su historia porque tú le habías contado la tuya. ¿Está ese intercambio de dolores en el origen del libro? ¿Habría sido imposible que surgiera de otra manera?

Totalmente. Amadou no me habría hablado si yo no hubiera hablado con él con franqueza de la muerte de mi hermano. Empecé a hablar con él porque soy una persona curiosa. Y también porque, después de lo que le pasó a mi hermano, África se ha convertido en un lugar que me despierta un interés especial. Pero, en mi caso, es algo que viene de antes. Cada vez que me monto en un taxi y sé que quien conduce viene de otro país, le pregunto cómo ha llegado hasta aquí.

A veces la pregunta molesta, claro. Entonces explico que soy un vampiro de historias, que soy escritor. Sé que detrás de cada historia de inmigración hay alguien que ha dejado atrás a su familia, a sus padres, su lugar de origen, y que no sabe si volverá. Su relación con ese lugar cambia y tiene que negociar también su relación con el sitio al que llega. Todo eso me parece muy interesante.

Cuando preguntas a alguien cómo ha llegado hasta aquí, y más si es una persona africana, puede interpretar esa curiosidad como racismo o pensar que estás señalando una diferencia.

Exactamente. Si ves a una persona negra y le preguntas de dónde es, estás dando por hecho que no es española. Sin embargo, esa persona puede ser de Carabanchel, de Usera, de Fuencarral o de cualquier otro lugar de Madrid. Por eso hacer esa pregunta es delicado.

Pero yo no puedo dejar de hacerla, porque me interesa mucho. Y porque, cuando pregunto a alguien, quiero saber sobre sus orígenes, por cómo llegaron sus padres hasta aquí. Lo hago porque sé que detrás puede haber una gran historia. He escuchado historias extraordinarias haciendo esa pregunta.

En el libro dices varias veces que, para Amadou, volver a su aldea significa volver a sentirse alguien, escapar de la invisibilidad que experimenta en Europa

Sí. Hay gente que tiene un lugar en el mundo y otra que no. Yo tengo un lugar en el mundo, pero mi mujer, por ejemplo, no lo tiene de la misma manera. Sus padres son personas que han ido de un sitio a otro y eso hace que ella no lo tenga. Amadou tiene la ventaja de tener un lugar en el mundo, a pesar de la historia terrible de dureza y miseria de la que viene.

En el libro, el duelo por la muerte de tu hermano queda en un segundo plano, porque la historia termina siendo mucho más amplia. ¿Un viaje como este, en el que te adentras en el dolor de otra persona, ayuda a mitigar el dolor propio? ¿Conocer el dolor de los demás puede aliviar el nuestro?

Sin duda. Al menos, a mí me pasa. Cuando alguien te cuenta con honestidad lo que ha vivido y también te escucha, se produce un intercambio. A la gente le da mucho pudor escuchar hablar del dolor ajeno y, cuando alguien muere, muchas veces los demás no saben cómo estar contigo.

Cuando murió mi hermano, mucha gente no sabía cómo acercarse a mi. No sabía qué decirme, temía importunarme o no encontrar las palabras adecuadas. Pensaba que no podía hablarme de que se había comido una hamburguesa muy rica, porque eso podía parecer una frivolidad. Pero Amadou sí supo hacerlo. Cuando alguien no tiene miedo de tu dolor ni siente pudor ante él, quizá porque también conoce el suyo, se produce un acompañamiento. Hay un intercambio de historias y de pronto dejas de sentirte solo en ese dolor. Eso es importante y está muy bien.

Hay una frase en el libro, que creo que es de Luis Rosales, que dice que "hasta que uno no sufre una pérdida es como una iglesia sin bendecir"

Es de un libro maravilloso, La casa encendida. De hecho, mi primera novela, Estaciones de regreso, nace de ese poemario. Es un gran libro sobre el duelo, probablemente el mejor que se ha escrito en español sobre el tema.

Además de todo lo que te ha aportado el viaje, has sacado un libro. ¿Qué crees que se ha llevado Amadou de esta experiencia? No en un sentido material, sino qué ha podido nacer en él o qué le ha cambiado.

Creo que Amadou se ha sentido visto y escuchado. Ha podido contarle su historia a alguien y comprobar que le importaba. Ahora está viendo que su historia le importa a muchísima gente, no solo a mí. Es una persona que elude cualquier protagonismo. No intenta sacar la cabecita ni salir en la foto; todo lo contrario. Pero ver que su historia importa y que alguien es capaz de ir hasta allí, conocer el centro de menores en el que ha crecido e intentar comprenderlo, creo que le da una especie de consueloTambién le alivia haber sido capaz de contarlo. Él no suele hablar de su vida, pero decidió contármela a mí.

¿Has compartido el libro con él? ¿Qué te ha dicho?

Sí, claro. Le pasé el primer capítulo y después ya el libro entero. Se lo está leyendo, aunque va despacio, porque trabaja a destajo y tiene poco tiempo. Eso sí, me dijo que enganchaba.

Es una crítica cojonuda para un libro.

Sí, sí. Él es parco en palabras. Vamos a ver qué le parece cuando termine de leerlo.

En el libro, Amadou habla a veces de España como el mejor de los mundos posibles. No sé si es difícil entenderlo desde nuestra perspectiva: un lugar que para nosotros tiene sus luces y sus sombras puede convertirse, para otra persona, en un ideal

Introduciría un matiz: seguramente el mejor de los mundos posibles para él sería su propia casa, con su familia y con dinero suficiente para tener una vida plena e independiente. Pero eso no estaba al alcance de Amadou. Por eso emprende el viaje hacia Europa. Una vez que lo inicia, todos los lugares por los que pasa son un agujero hasta llegar a España. Por ejemplo, en Argelia y Marruecos, ser negro supone un problema enorme. He estado allí con él y lo ves. La gente le grita por la calle, le insulta y amenaza con llamar a la policía. Hay personas que te tratan bien, por supuesto, pero también existe un racismo estructural muy fuerte contra la población negra.

En España también hay racismo, pero existen leyes que prohíben determinadas conductas y una presión social que establece ciertos límites. Desde esa experiencia, España le parece un país pacífico, rico, en el que puede tener trabajo y derechos. Eso no significa que deje de ser un inmigrante negro, pero su situación es mejor que la de los lugares por los que ha pasado.

En un contexto tan complejo como el actual, ¿tienes una posición clara sobre la inmigración?

Mi libro tiene una ambición literaria, no política. No trato de explicar el problema de la inmigración, plantear soluciones ni ofrecer moralejas. El libro ha coincidido con un momento en el que a todos se nos pide posicionarnos sobre este tema y en el que se plantean análisis muy simplistas y soluciones de gente que no tiene ni idea del asunto. Mi temor es que la gente piense que he escrito un libro político No es así. He escrito el libro porque me parecía una gran historia y porque quería entenderla. Hay un porcentaje importante de inmigrantes entre nosotros y tenemos que saber con quién vivimos, intentar comprenderlos. Y esta ha sido mi manera de hacerlo.

El libro ayuda a entender las motivaciones que puede haber detrás de alguien que emprende ese viaje, que ni siquiera tiene garantías de acabar bien.

Se calcula que una parte enorme de quienes emprenden determinadas rutas migratorias muere por el camino. Eso sí, gran parte de la inmigración llega a través de las fronteras del espacio Schengen y de los aeropuertos. Solo un porcentaje relativamente pequeño llega en patera. Lo que ocurre es que la llegada en patera tiene mucho más impacto. Con los menores pasa algo parecido: hablamos de ellos constantemente, como si fueran el mayor problema, cuando su número es muy pequeño en comparación con el conjunto de la población inmigrante.

Para terminar, hay un momento en el que tu hija te pregunta por qué te involucras en este viaje. Es una experiencia que te expone y sobre la que podrías preguntarte si estás entrando en un mundo que no es el tuyo o si tu mirada va a ser auténtica. ¿Te has planteado ese riesgo de caer en el síndrome del impostor?

Claro, todos esos miedos están ahí. Me estoy metiendo en terrenos muy delicados, en los que la gente, con suerte, escucha lo que dices, pero sobre todo se pregunta quién eres tú para hablar de esto. Aun así, creo que he ido allí con mucha honestidad. Es la historia la que me ha encontrado a mí; no he salido a buscarla. Me la he encontrado por el camino y he decidido seguirla.Tengo una curiosidad natural por ella. Mi hermano fue asesinado en África y eso hace que esté vinculado a ese continente de por vida, quiera o no. Por eso me apetecía ir, observar, entender quién hay allí, cómo son esas personas y por qué vienen.