Ángel Martín recupera el humor en su primera novela: "Cuando dejas de pelear todo es más sencillo"
El humorista presenta su primera novela, 'El día que fuimos todo', tras sus dos primeros libros autobiográficos sobre sus problemas de salud mental
Ángel Martín: “Si analizo cómo era antes y cómo soy ahora, estar loco es lo mejor que me ha pasado”
Ángel Martín nos ha hecho reír. Y también llorar. Primero con su rapidez mental y su mirada irónica sobre la vida, plasmada en sus guiones y sus monólogos. Después cambió el registro, se abrió en canal y compartió con el mundo sus miedos y sus peores momentos en sus dos primeros libros, sobre las crisis de salud mental que atravesó. Ahora, el cómico -nunca se ha querido quitar esa etiqueta- vuelve al terreno del humor con su primera novela, ‘El día que lo fuimos todo’ (Planeta). Un libro en el que todavía hay mucho de él, aunque ya no lo hace a pecho descubierto ni lo usa como válvula de escape.
¿Cómo surge la idea de una novela después de dos libros escritos en primera persona?
Porque me gusta mucho escribir y me he dado cuenta un poco tarde. Esto lo hablaba con un buen amigo cuando le conté: «Tío, estoy escribiendo una novela porque me he dado cuenta de que me gusta escribir». Y me dijo: «¿Pero tú eres idiota o qué? Si llevas escribiendo toda la vida». En mi cabeza siempre pensaba que escribir ficción era hacer una serie o una película o algo así. No procesaba la información de que la posibilidad de hacer una novela estaba ahí. No era algo que tuviera previsto.
Llevaba mucho tiempo escribiendo, me gusta escribir por mi cuenta cosas mías y, entonces, simplemente un día pasó por mi cabeza la sensación de: «Hostia, pero si es que puedo escribir una novela. A lo mejor me divierto escribiendo una novela». Y surgió un poco así, de forma muy imprevista.
En 'Por si las voces vuelven' y 'Detrás del ruido', el verbo divertirse no estuvo. Fue muy terapéutico y muy profundo, pero no fue un proceso divertido ni de lejos. Sí que me gustó la sensación de que podías transmitir emociones al lector. Y pensé: «Pues vamos a coger a un personaje y lo vamos a meter en un par de jaleos y a ver qué pasa». Ha sido muy divertido.
Cuando pusiste el punto final a 'El día que lo fuimos todo', ¿qué sensación te quedó, habías conseguido el objetivo que pensabas?
Sí. La emoción final que me quedó al terminar es la emoción que espero y ojalá se encuentre quien lo lea. Tuve la sensación de: 'Vale, he terminado en una emoción que es la que me apetecía terminar'.
Yo creo que no terminas cuando terminas de escribir. Terminas cuando, tiempo después, vuelves a leer lo que has escrito y entonces te vas encontrando con cosas que dices: «Ay, no me acordaba de que había metido esto» y te ríes. O: «No me acordaba de que había puesto esto» y entonces te pellizca un poquito.
Cuando vas encontrando que te vas comiendo las emociones que tú mismo habías sembrado, llegas al final y dices: «Vale, vale, sí, sí, esto es lo que me apetecía hacer». Es satisfactorio porque también te permite desafiarte a ti mismo.
Me divierte mucho la contradicción del ser humano. Es mucho más fácil que el hombre vaya contra el universo que viceversa
¿Cuánto hay de Ángel Martín en el personaje principal, en Abel?
Yo creo que la base. Yo trato de escribir pensando en qué emoción quiero generar en ese bloque concreto que estás leyendo. Entonces, como no tengo recorrido en el mundo de la novela, no quería alejarme mucho de cosas que yo sintiera o pensara. Quería que la base estuviera basada en cosas que conozca, haya vivido, o me hayan contado.
Luego hay muchas cosas que me han llevado a sitios contrarios, donde el tipo reacciona de una forma que yo no reaccionaría jamás, o que responde de una forma que yo no haría. Pero para llegar a esas conclusiones o crear esas situaciones, sí que es verdad que yo necesitaba un poco pasar primero por lo que yo pienso de esto. Traté de hacer una novela que yo pudiera controlar y que más o menos pudiera entender cómo se siente un personaje.
El protagonista de la novela se embarca en un viaje en tren para volver a casa porque un familiar está muy enfermo. ¿Hacia dónde va el tren de Ángel Martín?
Yo creo que cada vez va más solo hacia proyectos que contengan comedia y palabras. Ya está. Me va a dar igual el formato. Creo que me va a dar igual si es un monólogo, si es una novela, si es un proyecto para una serie porque crees que puedes desarrollarla con alguien y que a lo mejor es interesante, o si es, yo qué sé, una colaboración musical. Pero creo que para mí es imprescindible que el proyecto tenga comedia, palabras y que tenga la sensación de que hace un poco más que entretenerte.
No necesito que sea una cosa que digas: «Hostia, vaya manual de filosofía me has hecho pensar en cada página», pero sí me gustaría que todos los proyectos tengan por lo menos un algo que lo termines diciendo: «No había pensado yo en esto». Creo que eso me interesa porque he estado muchos años haciendo simplemente comedia por comedia. Pero los proyectos que requieren algo más de tiempo necesito que, si decides invertir tiempo en consumirlos, salgas con la sensación de que también ha habido un pequeño clic en algún sitio.
Abel viaja con muy poco en su maleta. ¿Con qué va cargado Ángel Martín?
Yo casi siempre que viajo es por trabajo. Pero yo lo que llevo siempre conmigo es un cuaderno y un boli. Siempre llevo encima para escribir a mano. Me gusta mucho escribir a mano.
Un poco subversivo lo del cuaderno y el boli ahora que ya no se escribe casi.
Ya, pero me ayuda mucho, tío. ¿Sabes lo que sucede con el cuaderno? Al menos a mí me pasa. La diferencia con el ordenador es que es tan fácil borrar en el ordenador que no dedicas mucho tiempo a pensar lo que estás escribiendo. Lo vomitas y es como: «Ah, pues esto está mal», borras y ya lo cambiaré, copio, pego, no sé qué.
Y el escribir a mano, a mí por lo menos, me obliga a pensar más lento. Y entonces, alrededor de la idea que quieres escribir, empiezan a pasar muchas más cosas que si estás en el ordenador.

Te preguntaba lo de la maleta, pero me refería más al equipaje vital que lleva Ángel Martín encima
A los míos probablemente. Yo creo que en el equipaje vital llevo a mis mejores amigos siempre, a mis perros de forma inevitable. Los perros están siempre. Y a mis mejores amigos. Eso es lo que va siempre conmigo. No puedo separarme de ellos. No sé si por lo que sucedió o no, pero yo echo mucho de menos a mi gente cuando estoy fuera. La sensación de estar en contacto la necesito siempre, de forma constante.
¿Usas, como Abel, la excusa del móvil cuando no quieres estar en una conversación o con alguien?
No. Ya tengo la edad suficiente como para decirle a la persona: «No me interesa estar contigo, me marcho de aquí». Yo no lo he hecho, pero sí sabía identificar quién lo estaba haciendo.
No lo he hecho, pero sí que he buscado alguna excusa falsa, a lo mejor un falso plan posterior. Eso sí lo he hecho. Un «hostia, me tengo que ir porque se me había olvidado que dentro de una hora tengo que estar no sé dónde». Pero ahora, con el tiempo, te das cuenta de que eso solo retrasa el momento de enfrentarte otra vez a esa persona con la que no quieres estar. Entonces ahora ya opto por: «Oye, me vas a perdonar, pero es que no me interesa nada esto que estamos viviendo ahora mismo. Vamos a dejarlo aquí».
En tus dos libros anteriores hablabas en primera persona. Este lo escribes en boca de otro. ¿Te has atrevido a contar algo a través de Abel que Ángel Martín no se hubiera atrevido a contar por sí mismo?
No, pero no porque tenga la sensación de que hay algo que me apetece contar y todavía no sé cómo contarlo. No tengo esa especie de oscuro secreto que me apetecería sacar a la luz.
Creo que la ventaja de haber empezado escribiendo un libro como 'Por si las voces vuelven' es que me obligó a ser tan honesto con las cosas que realmente no tienes ya ningún secreto. No hay nada. No tengo la sensación de que de repente me gustaría gritarle algo al mundo.
Como 'Por si las voces vuelven' y 'Detrás del ruido' fueron tan a bocajarro y tan a pecho descubierto, no hay nada de lo que tenga la sensación de que ahora no puedo escribir. Porque podría haber hecho un Abel drogadicto hasta las trancas si quisiera, aunque yo no lo haya sido, pero lo podría haber hecho y no me hubiese sentido mal hablando de eso. Pero no tengo esa sensación.
Abel es un personaje solitario, observador y crítico con todo lo que le rodea. ¿Es más fácil escribir un personaje que mira al mundo con cierta mala leche o ironía, como tú la has tenido?
Te permite un poco más de comedia porque, al final, es inevitable que se produzcan muchas más contradicciones todo el tiempo. Cuanto menos entiendas el mundo, más te va a costar encajar. Entonces, cuanto más te cuesta encajar, más divertido va a ser verte intentar encajar.
Eso permite que en Abel puedas ver la conversación que le gustaría tener versus la conversación que tiene. Y luego ver dónde le ha llevado esa reflexión que ha hecho. Un personaje así te permite tener unas cuantas capas más. Me parece que es un poco más divertido.
A mí me divierte mucho la contradicción del ser humano. Entonces, como lo que no puedes cambiar es la forma del universo de comportarse respecto a los seres humanos, es más fácil que el ser humano vaya en contra del universo.
¿A partir de cierta edad empezamos a hacer balance de lo que fuimos?
No lo sé, tío. Supongo que esa reflexión sí que habrá un momento y habrá una edad donde, de forma inevitable, quieras echar la vista atrás. Si recibes una noticia del tipo de que te estás muriendo, supongo que es inevitable que hagas una especie de reflexión acerca de tu vida.
Por la edad que tenemos, supongo que habrás perdido a alguien desgraciadamente en algún momento, más cercano o menos cercano. Y eso inevitablemente te lleva a reflexionar un poco sobre tu propia vida. Es como que la muerte de otros te hace plantearte muchas cosas, te hace pensar muchas cosas.
Puede que duren 24 horas, puede que dure una semana. Algunas puede que las cambies, otras no y caigas en las mismas rutinas, pero creo que sí nos obliga un poco a pensar dónde estamos, dónde estuvimos, dónde nos gustaría estar y qué errores nos gustaría cometer. Pero no creo que tenga que ver con una edad concreta, sino que tiene que ver con momentos.
Cuando dejas de pelear contra los elementos, todo es mucho más sencillo
¿Cuándo aprendiste tú que no controlarlo todo también forma parte de la vida?
Yo he tardado bastante. Creo que lo he entendido muy bien en los últimos años. Ahí he empezado a entender realmente que no tiene mucho sentido pelearte contra lo que tú no puedes hacer nada. Tú puedes tener un plan muy diseñado y muy específico y eso no significa que eso se vaya a cumplir.
Cuando aprendes que los imprevistos suceden, hay un momento donde ya te empiezas a relajar. Y entonces tú lo que haces es intentar hacer lo mejor que puedas lo que está en tu mano y cruzar los dedos para que el resto de cosas encajen con eso que tú tienes. Cuando dejas de pelear contra los elementos, todo es mucho más sencillo.
¿Con los años pesa más lo que hemos hecho o aquello que no nos hemos atrevido a hacer?
Supongo que nos pesará más lo que no nos hemos atrevido a hacer, porque lo que hicimos al menos tenemos la respuesta de lo que sucedió. Pero con lo que no hemos hecho probablemente fantaseamos con lo que podría haber pasado.
Es muy probable que si alguien a los 70 años de repente dice: «Yo debería haber buceado de joven», se está montando una película acerca del buceo que a lo mejor no es. Yo he buceado y, si eliges una playa maravillosa donde todo es cristalino, es fenomenal. Pero hay días que buceas en Asturias y dices: «No veo una mierda. Estoy aquí abajo cogiendo frío y no estoy viendo nada». Y eso también forma parte de eso. Lo que pasa es que quien está idealizando el buceo no entiende que eso también forma parte de bucear.
Yo creo que todo lo que no hacemos lo acabamos idealizando y puede que lo acabemos convirtiendo casi en una especie de decepción muy grande con nosotros mismos. Y a lo mejor no hubiese cambiado nada y estarías exactamente en el mismo punto en el que estás, pero como no lo hemos hecho no tenemos la respuesta.
¿Te ha cambiado la edad la manera de enfrentarte al dolor?
Sí. Yo creo que con la edad nos cambia la manera de enfrentarnos al dolor, pero porque lo hemos vivido más veces. No es lo mismo tu primera tragedia que la segunda, que la tercera o que la cuarta, porque llega un momento donde incluso las puedes ver venir.
Pero ni siquiera creo que sea una edad. Creo que tiene que ver más con el tipo de vida o con la suerte o mala suerte que hayas tenido. A lo mejor hay gente que llega a los 60 palos y no ha tenido ninguna pérdida y hay chavales que con 22 ya han vivido suficientes cosas como para darle una vuelta al mundo.
A medida que te suceden cosas, si haces el ejercicio y haces el esfuerzo de tratar de poner en perspectiva lo que has aprendido de eso y cómo te afecta y tratas de utilizar lo sucedido, por trágico que sea, para aprender algo, inevitablemente te enfrentas a las cosas de otra forma.
¿Lo mejor ya lo hemos vivido o viene a partir de los 50?
Creo que te vas a convertir en algo distinto, te guste o no. Tú puedes decidir si ese cambio lo enfocas y lo haces de forma voluntaria o no. Pero el cambio va a ser inevitable.
Por poner ejemplos que sean un poco más superficiales, yo creo que hay gente que piensa que su trabajo es una mierda y es el infierno, pero no lo deja porque entonces qué va a pasar. Y llega un día y le despiden. Es como: «Pues mira, ya has dejado el trabajo. Mira qué sorpresa, lo que tú no querías cambiar ha cambiado».
Yo creo que es inevitable cambiar porque van a pasar cosas que no vas a poder controlar. O sea, no lo puedes controlar todo. Entonces todo lo que te vaya pasando te va a modificar de alguna manera. Cuando entiendes que estás en cambio constante, todo es mucho más tranquilo.
¿Cuántas veces ha querido quitar la etiqueta de humorista porque le consideran gracioso por naturaleza?
No es una etiqueta que me haya molestado nunca, la verdad. De hecho, lo agradezco. Yo creo que, en cuanto descubrí lo divertido que era lo de la comedia, dije: «Yo me quedo aquí».
