Amaya Valdemoro, primera española en el Hall of Fame: "Tengo 50 y la gente no se ha olvidado de mí"

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Amaya Valdemoro se ha ganado a pulso la etiqueta de mejor jugadora de la historia del baloncesto español. No es una afirmación subjetiva. Los datos la avalan. Sólo hay que echar un vistazo a un palmarés que sigue aumentando a los 50 años. Tras ganar anillos de la WNBA, Euroligas, ligas domésticas y medallas de todos los colores con la selección española, la jugadora de Alcobendas se ha convertido en la primera jugadora nacional en entrar en el Women’s Basketball Hall of Fame. Una institución que solo abre sus puertas a las grandes leyendas del deporte. Y Valdemoro es una de ellas. Desde las puertas de la madurez, nos habla de su momento vital.
“Al principio no me lo creía, porque no ha habido ninguna española que ha entrado en este Hall of Fame y soy la séptima europea que lo logra”, asegura una Valdemoro que uso la ambición de querer ser como su idolatrado Michael Jordan para llegar a lo más alto. “La realidad es que me siento halagada y recompensada por toda la trayectoria y el camino en el que me tocó vivir del baloncesto. Siento que he sido la primera de muchas que van a llegar, pero también me siento honrada, porque ha habido muchas antes que yo que no han tenido también esta visibilidad. Me han desbordado las emociones”.
El último gran premio de una carrera jalonada de éxitos no es uno más. Es el reconocimiento a toda una trayectoria en un país donde el baloncesto es religión. “Cuando yo llego a Estados Unidos con toda mi familia, se quedaron flipados del respeto y la admiración. Te lo juro, yo sabía que era buena, pero yo no sabía lo que en la meca del baloncesto pensaban de mí”, responde.
Sabía que era buena, pero yo no sabía lo que en la meca del baloncesto pensaban de mí
Pero aquel viaje también le dejó una sensación agridulce. Mientras en Estados Unidos descubría la dimensión de un reconocimiento reservado a las grandes leyendas del baloncesto, en España apenas tuvo repercusión fuera de la prensa deportiva.
Un premio y el legado de una evolución
“Me dio un poco de rabia, porque la realidad es que no salió en ningún periódico que no fuese deportivo, solo salió en el Marca y en el As y en algunas webs especializadas. Yo no soy una persona que tienda a comparar, porque me siento una privilegiada, pero si hubiese sido un hombre hubiese salido en todos lados. Allí me di cuenta de la dimensión que tiene esto”. Ahí Amaya habla también de la diferencia que todavía existe con el deporte masculino: “La realidad es que ya tengo todos los premios que me puede dar el baloncesto. Si fuese hombre ya se estaría hablando de un Princesa de Asturias o de otro tipo de reconocimientos. Y no lo digo como una queja. Lo digo porque todavía queda mucho camino por recorrer. Aquella semana fue inolvidable. El cariño, el respeto y la admiración que recibí allí fueron increíbles”.
Hablar con Amaya también es recordar cómo era abrir camino cuando apenas existían referentes. Mucho antes de que las jugadoras españolas vieran la WNBA como un destino natural, ella tuvo que marcharse sin apenas información y con más ilusión que certezas.
“La desinformación. El no saber. Ese fue el mayor obstáculo. Yo voy a la WNBA porque me ven en una cinta de VHS con la americana de mi equipo. Gané 30.000 dólares cuando fui allí. Esto era por amor al arte, por la ambición de querer llegar a lo más alto y estar con las mejores. Llegas allí y fue durísimo. Mi nivel de inglés era una mierda. Estaba sola. No había videollamadas, no había nada. Eso se hacía únicamente por la pasión de jugar al baloncesto”.

Quizá por eso el Hall of Fame tiene un valor especial. No reconoce un partido, una temporada o un título. Reconoce a la mujer que abrió una puerta por la que después han cruzado muchas otras. “Soy la primera española y solo la séptima europea. El reconocimiento más impresionante de toda mi carrera ha sido este. De largo”. Y ese legado, precisamente, es el que explica por qué casi tres décadas después de su llegada a Estados Unidos, Amaya Valdemoro sigue siendo mucho más que la mejor jugadora de la historia del baloncesto español.
La conversación cambia de tono cuando deja de hablar de títulos y empieza a hablar del tiempo. Del que pasa y, sobre todo, del que ha aprendido a disfrutar. A punto de cumplir 50 años, Amaya Valdemoro transmite la serenidad de quien ya no necesita demostrar nada. Sin embargo, todavía hay algo que sigue sorprendiéndola.
“Tengo 50 y la gente no se ha olvidado de mí. Hay personas que todavía me dicen que se acuerdan de verme jugar”. Mientras lo cuenta, la conversación se interrumpe unos segundos. Acaba de aparcar el coche y una persona la reconoce por la calle. La saluda con una sonrisa, intercambia unas palabras y vuelve al teléfono. “¿Lo ves? Es fuerte, ¿no? Esto al final me llena de orgullo”.
Ese cariño también explica que la transición después de la retirada haya sido menos traumática que para otros deportistas. Valdemoro encontró otra forma de seguir ligada al baloncesto. Como comentarista, conferenciante y divulgadora continúa viviendo el deporte desde una perspectiva diferente, pero con la misma pasión.
Su segunda vida y un mensaje a su yo del pasado
“Me encanta mi trabajo. Estoy todo el día viendo baloncesto. Me encanta ver partidos, descubrir jugadoras, hablar de este deporte. No lo puedo jugar, pero me siento una afortunada. Además, he tenido la suerte de estar rodeada de grandísimos periodistas que me han enseñado a expresarme mejor y a poner mis emociones en palabras. También doy charlas de liderazgo y trabajo en equipo. El vacío que deja el deporte es enorme y hay deportistas que lo pasan muy mal. Yo he tenido la suerte de encontrar una segunda vida que también me apasiona”.
Pero si hay una palabra que repite varias veces durante la conversación esa es "tranquilidad". No habla de dinero. Ni de fama. Ni siquiera de éxito. Habla de tiempo. “Ahora que he encontrado la paz digo: 'Joder, qué bien estoy ahora'. Valoro muchísimo mi tiempo. Mi tiempo vale más que el dinero en muchas ocasiones. Digo que no muchas veces. Prefiero tener menos trabajo y disponer de más tiempo para mí”.
Quizá esa sea una de las grandes enseñanzas que deja la conversación. La mejor jugadora de la historia del baloncesto español no habla de vivir más deprisa, sino de aprender a parar. Una reflexión que enlaza con otra realidad de la que apenas se hablaba cuando ella competía: la salud mental. “Empecé a ir al psicólogo con 24 años y creo que es fundamental. Para ser mejor jugadora, mejor persona y conocerte mejor. Yo se lo recomendaría a cualquiera, haga deporte o no. Todos tenemos alguna cosilla y tener herramientas para afrontar lo que te pone por delante la vida es importantísimo”.
Y entonces llega la última pregunta. Si pudiera sentarse cinco minutos con aquella Amaya adolescente que soñaba con jugar al baloncesto, ¿qué le diría? No le hablaría de las Euroligas, de los anillos de la WNBA ni del Hall of Fame. Tampoco cambiaría ninguno de sus errores.
“Le diría que tuviera un poquito más de paciencia. A veces en la vida no hay que hacer más para conseguir más. Hay que esperar y dejar que la vida ponga las cosas en su lugar. También respetaría mucho más mi cuerpo y los tiempos de las lesiones. Pero no cambiaría nada de lo que hice. Soy quien soy por mis errores y por mis aciertos. Solo le diría que disfrutase un poquito más del día a día”.
