El boxeo vive un momento de auge y popularidad en su práctica entre los mayores de 50
Beatriz Rico y su rutina para crear músculo: "Una vez que empiezas, te enganchas"
Durante años, el boxeo fue ese deporte que muchos miraban de reojo. Demasiado duro, demasiado violento, demasiado joven. Algo que pertenecía a otros cuerpos y a otras edades. Pero algo está cambiando. En gimnasios de barrio y centros especializados, cada vez más personas mayores de 50 se atan las vendas, se colocan los guantes y descubren que el ring también puede ser un lugar para reconciliarse con el cuerpo… y con la cabeza.
A partir de la mediana edad, el cuerpo y la mente empiezan a exigirse de otra forma. Frente a ese declive fisiológico inherente al paso del tiempo, el ejercicio físico no es una opción, es una casi una obligación. Y ahí es donde el boxeo ha irrumpido con fuerza como una disciplina completa, que combina resistencia cardiovascular, tonificación muscular, coordinación motora y beneficios cognitivos que van mucho más allá de lo físico.
“No fue una moda ni una vocación tardía”, explica Lidia Martínez, 50 años recién cumplidos y asidua en el madrileño gimnasio Gobox. “Yo entré en el gimnasio casi por casualidad, pensando más en mi hijo que en mí”. Nunca había hecho deporte de forma regular. Ni siquiera le atraía el boxeo. Pero bastó una clase para engancharse. “Me sentí súper bien, liberé un montón de estrés. En un año tonifiqué muchísimo mi cuerpo, gané masa muscular y definí como no había hecho nunca. Tengo mejor cuerpo ahora con 50 que con 35”.
El boxeo, entendido lejos del cliché del combate salvaje, se ha convertido en una de las actividades más completas para quienes llegan a la madurez con una mochila cargada de estrés, sedentarismo y poco tiempo para ellos mismos. Golpear el saco, moverse, esquivar, coordinar pies y manos. Todo suma. Y todo exige algo clave a partir de cierta edad: concentración.
En el ring los problemas desaparecen
“Es una hora en la que solo estás ahí”, cuenta Lidia. “Tienes que pensar en los golpes, en los movimientos, en no liarte. Si haces técnica con otra persona, tienes que estar atento a atacar y a defender. Durante esa hora, el resto de problemas desaparecen”. No es solo sudar: es desconectar. Y eso, a partir de los 50, cotiza al alza.
César Sánchez está a punto de cumplir 54. Su vida laboral es la de muchos: viajes constantes, horas de oficina, demasiada pantalla y demasiados estímulos. “Llevamos una vida muy sedentaria, y el boxeo te devuelve la movilidad completa”, explica. Pero va más allá del físico. “Es una cuestión mental. Cada día llevas tus límites un poco más allá. Aprendes a encajar. Puede haber un round, dos, tres… infinitos. Y no bajas los brazos”.
El lenguaje del boxeo se cuela en la vida diaria. Guardia alta, saber resistir, dosificar esfuerzos. “Eso luego lo aplicas en el trabajo y en lo personal”, dice César. La disciplina también se contagia: entrenar casi a diario, mantener rutinas incluso en vacaciones. “Te encuentras muy bien. Yo estoy en una forma física extraordinaria”.
Una válvula de escape con mala prensa
José Ángel Remesal llegó al boxeo por necesidad. “Estaba en una situación laboral muy tensa y necesitaba una válvula de escape”. Y la encontró donde menos lo esperaba. “O te centras o el guante de tu compañero te pasa cerca”, resume. El boxeo obliga a estar presente. Aquí no hay margen para la distracción. “Vas con complejos, pensando que es un deporte de contacto, pero no lo es si no quieres”.
Ese es uno de los grandes mitos que se caen cuando uno cruza la puerta del gimnasio. El boxeo recreativo, el que practican miles de personas adultas, no tiene por qué incluir combate. Técnica, saco, sombra, comba, trabajo funcional. Mucho ejercicio, mucho sudor y, sobre todo, sensación de progreso. “A esta edad es imperativo tener una vida activa”, apunta José Ángel. “Lo fácil es acomodarse, aburguesarse. En el boxeo aprendes un deporte que no esperas y haces muchísimo ejercicio”.
Desde el otro lado de las cuerdas, Andrés López, entrenador y dueño del gimnasio Gobox en Madrid, lo confirma. “La ciencia ha avanzado mucho y nos ha hecho ver lo importante que es la actividad física. El boxeo ha marcado un antes y un después en la vida de muchas personas”. Hombres y mujeres, jóvenes y mayores, con o sin experiencia previa. “Independientemente de la edad o incluso de alguna patología, es viable practicarlo de forma segura y divertida”.
El objetivo inicial suele ser claro: ponerse en forma, cuidar la salud, perder peso. Pero, según López, eso es solo el principio. “Descubres valores que van unidos a este deporte: esfuerzo, superación, cumplir objetivos, compañerismo”. Algunos incluso se animan, con protección y control, a practicar combate. Otros no lo necesitan. La recompensa llega igual. “Ese esfuerzo y concentración durante una hora hace que la satisfacción mental se note desde el primer día”.
No es casualidad que en los últimos años haya explotado el fit boxing, una versión más accesible y coreografiada que ha llevado los guantes a un público todavía más amplio. Cadenas como Brooklyn Fitboxing han popularizado entrenamientos en grupo, al ritmo de la música y sin contacto, donde el objetivo no es pelear, sino moverse, sudar y salir con la cabeza limpia. Muchos mayores de 50 han encontrado ahí la puerta de entrada perfecta a un deporte que nunca imaginaron practicar.
A nivel físico, los beneficios son evidentes: mejora de la coordinación, aumento de la velocidad y la explosividad, alto consumo calórico, tonificación de brazos, piernas y core —y todo ello contribuye a una mayor densidad ósea y mejor equilibrio, algo clave para prevenir caídas—. Pero lo que engancha es la sensación de volver a dominar el cuerpo. De no resignarse. “Se ha conseguido aumentar la franja de edad para practicar boxeo”, afirma López. “Desde los cinco años hasta que el cuerpo y las ganas te aguanten”.
Quizá ahí esté la clave. El boxeo ya no es solo cosa de jóvenes ni de valientes. Es una herramienta para envejecer mejor. Para sentirse fuerte, ágil y despierto cuando el calendario empieza a pesar. Para, como dice Lidia, mirarse al espejo y pensar que, a veces, los mejores golpes se dan contra el paso del tiempo.

