Dani Román, el español que vuela con un traje de alas a 250 km/h: "No salto porque necesite un subidón"
El piloto de wingsuit acaba de completar un vuelo histórico en el Mont Blanc junto a siete de los mejores del mundo en esa disciplina
El parapente, lo más parecido a volar: "Es como estar en el sofá relajado, pero a 500 metros de altura"
Ocho pilotos, cinco países, 7,5 kilómetros pegados al relieve de la montaña más alta de los Alpes, a casi 200 km/h. Volando, sí, volando. Así fue el vuelo en formación más largo jamás realizado sobre el Mont Blanc. Dani Román, uno de los mejores pilotos de wingsuit del mundo, lo resume de otra forma, mucho más sencilla, mucho más romántica: "Ha sido el salto más bonito, más intenso y más largo que he hecho en mi vida".
Pero vayamos al principio y entenderemos mejor la figura de Dani Román, que ahora recorre el mundo con su traje de alas y su paracaídas en la maleta. Desde hace más de 25 años vive con una obsesión: todo lo que vuela le persigue desde su más tierna infancia. "Ya fueran aviones, parapentes, paracaidismo, saltar de rocas al agua, aviones de radiocontrol… todo lo que era volar o caída libre siempre me llamaba muchísimo la atención desde muy pequeño", cuenta.
La chispa llegó con nueve o diez años, en su Úbeda natal, viendo una exhibición de la Patrulla Acrobática Paracaidista del Ejército del Aire en el colegio. "Me dejó súper impactado, me volvió loco. Me enseñaron el helicóptero y me quedó marcado", comenta. A partir de ahí ya sabía lo que quería ser de mayor.
El camino que le ha llevado del colegio al Mont Blanc, sin embargo, no empezó saltando, sino haciendo papeleo. Con 18 años pidió trabajo en Skydive Lillo, un centro de paracaidismo de Madrid, y como no tenía experiencia —el curso de progresión son solo siete saltos— empezó organizando vuelos en el manifest.
Estaba allí desde que amanecía hasta que anochecía, siempre que se pudiera saltar
El sueldo no daba para muchas alegrías, pero le permitía saltar gratis, que era lo único que le importaba entonces: "Estaba allí desde que amanecía hasta que anochecía, siempre que se pudiera saltar. Cuando no estaba trabajando, estaba saltando. En esos primeros seis o siete meses hice entre 600 y 700 saltos, y a partir de los 500 ya puedes hacer el curso de instructor. Así que lo hice, y de ahí pasé a cámara de tándems, a instructor de tándem, a instructor de cursos… Hay días que llegaba a hacer 18 o 19 saltos. El único límite era la luz solar".
Un billete sin vuelta
Después de Lillo llegó Dubái, y con Dubái, el primer gran salto al vacío de su carrera, este sin traje de alas de por medio. Dejó un buen trabajo como instructor para irse, con 21 años y sin saber hablar inglés, a probar suerte en un centro que estaban montando allí. Lo cuenta él mismo, y se nota que todavía le sorprende su propia osadía: "Probé suerte para irme para allá, y el segundo día conseguí una entrevista y me dieron un trabajo en un túnel de viento vertical. Lo bueno que tienen los túneles es que son un simulador de paracaidismo en el que puedes volar dos, tres, cuatro horas al día, y cada hora equivale a unos 60 saltos. La experiencia que te da un año trabajando en un túnel de viento, en cuanto a fineza de vuelo y acrobacia, son años y años de paracaidismo", explica.
La experiencia que te da un año trabajando en un túnel de viento, en cuanto a fineza de vuelo y acrobacia, son años y años de paracaidismo
"Sin embargo, hay cosas que nunca vas a aprender ahí, como el pilotaje del paracaídas, eso no hay otra forma de aprenderlo que saltando desde el avión. Las sensaciones más puras están saltando en la montaña, en la playa, en sitios súper bonitos. Y luego está la sensación que para mí es la más bestia de todas, que es el salto BASE. Es rizar el rizo. Subes la montaña, en Noruega, Suiza, Francia, en los Pirineos, te pegas un pateo de seis o siete horas, y luego la bajas en dos minutos, minuto y medio. Es una locura. Es muy bonito", añade.
A Dani le brillan los ojos hablando de volar, del salto BASE, del paracaidismo. Pero huye, y lo hace de forma casi instintiva, de los tópicos que a cualquiera se nos vienen a la cabeza al pensar en este tipo de deportes.
Cuando entreno, hago 13 o 15 saltos de paracaidismo al día, y no sientes adrenalina, estás trabajando
"La adrenalina es algo del principio. Al principio sí que te pega un subidón, una locura, pero yo no salto porque necesite un subidón de adrenalina. Salto porque es un vuelo bonito que quiero hacer, o porque estoy entrenando algo específico para conseguir un objetivo, un proyecto. Cuando entreno, hago 13 o 15 saltos de paracaidismo al día, y no sientes adrenalina, estás trabajando", zanja.
Ese objetivo concreto, casi obsesivo, es lo que más engancha de su forma de trabajar. Y se entiende mejor si se mira en tres escalas distintas: un piloto solo, dos pilotos, y los ocho del Mont Blanc.
La primera es Ronda. En noviembre de 2022, Dani atravesó en solitario el arco del Puente Nuevo con su traje de alas, a 270 km/h, y aterrizó en el llano a los pies de la ciudad. Ahí no había compañero al que ajustarse ni formación que mantener; solo un hueco de piedra por el que pasar sin margen de error, con casas pegadas a la entrada del puente y un cañón a la salida.
Dani nos cuenta cómo se preparó para algo así: "El primer paso fue ir a medir el puente. El problema no era el ancho, sino lo pegadas que están las casas antes de entrar, y la distancia para salir del cañón después. Había que medir esa distancia para calcular el arco de recuperación del traje: primero generas mucha velocidad vertical para transformarla en horizontal y poder alejarte lo máximo posible sin perder altura, y luego planear para alejarme del puente y abrir en una zona segura".
La segunda escala es Bahréin, y aquí el reto ya no es acertar un hueco fijo, sino coordinarse con otra persona que vuela hacia ti. Dani y Fred Fugen diseñaron un cruce: salir cada uno desde un punto distinto, volar el uno hacia el otro a 250 km/h —casi 500 km/h de velocidad relativa entre los dos— y cruzarse exactamente en el mismo instante en un edificio emblemático, sin margen para que sus trayectorias coincidieran en el espacio real, solo en el momento y el punto exactos.
"Estaba todo calculado. Fuimos a entrenar a un aeródromo en Francia y necesitábamos una referencia, así que pusimos un dron a la misma altura a la que íbamos a cruzarnos. Durante 50 o 60 saltos vimos qué recorrido teníamos que hacer, dónde nos separábamos y dónde volvíamos a girar hacia el dron, para que los dos hiciéramos la misma distancia. Nosotros no tenemos referencia de velocidad ni de grados de giro como un avión, todo es visual, es feeling con el compañero, y de que uno de los dos lidere el salto haciendo siempre exactamente lo mismo. Cualquier modificación de dos grados en el ángulo de picado ya significa frenar 20 kilómetros por hora. Una diferencia de dos décimas de segundo son 20 metros fuera del edificio".
Nosotros no tenemos referencia de velocidad ni de grados de giro como un avión, todo es visual, es feeling con el compañero
Entrenaron 60 saltos en Francia, después 12 o 13 más en Bahréin con helicóptero y piloto militar sobrevolando una zona restringida, y cuando por fin llegó el momento de hacerlo de verdad, entre problemas de tráfico aéreo y permisos que se caían, solo consiguieron completar cuatro saltos de los siete días planeados. Dos de ellos, perfectos.
El Mont Blanc, al fin
Y con esas dos escalas resueltas —el piloto solo, los dos pilotos enfrentados— llegamos a la tercera, la más grande de todas: los ocho pilotos del Mont Blanc. El proyecto, liderado junto a Fred Fugen —que vive frente a la montaña y ya había volado en solitario la línea de proximidad más larga jamás realizada allí—, reunió a ocho pilotos de cinco países durante dos años de preparación para convertir aquel vuelo individual en uno colectivo.
Dani ejerció de segundo líder, al frente de uno de los dos grupos en los que se dividió la formación a mitad de descenso, antes de volver a unirse en pleno vuelo.
Cabría pensar que, con ocho pilotos en vez de dos, el margen de error se multiplica. Dani lo desmonta con una lógica que solo tiene sentido si llevas media vida volando junto a otros: "Una diferencia de dos grados es crítica cuando estamos muy separados, como en el cruce de Bahréin. Pero volando juntos, si hay una diferencia, yo me ajusto directamente y vuelo con él. Es un grupo de paracaidistas, de amigos, en el que confiamos al cien por cien".
La parte más dura, admite, no fue técnica, sino mental: "Tu cabeza te pide mirar hacia adelante, como cuando vas en moto y tienes que ver la curva, o el árbol que tienes que esquivar. Pero aquí, si miras hacia adelante, pierdes la referencia de la persona a la que tienes que seguir. Cada volador tenía que mirar a su referencia; yo, en la primera parte del salto, tenía que mirar a Fred, pasara lo que pasara por delante. Esa era la parte más fuerte: que la cabeza te pida mirar adelante porque vienen montañas, sabes que hay un giro, que va a pasar un glaciar… pero tienes que seguir mirando a Fred".
En algunos tramos volaron a apenas 10 metros del suelo. Todo, insiste, estaba resuelto antes en tierra: saltos de reconocimiento guiados por Fred, el que mejor conocía la línea; un plan visualizado y ‘caminado’ muchas veces; comunicación por radio con palabras clave muy concretas —nada de charlas, solo señales para separarse o girar— antes de subir a los helicópteros.
“Esto ha sido una experiencia única que pasa una vez en la vida, y no solo por el salto en sí, sino por juntar a este grupo de amigos, todos súper liados con eventos y proyectos, y conseguir que coincidiéramos y que todos consideráramos estar ahí una semana trabajando en esto. Eso ha sido muy único", confiesa Dani.
Lo que aguanta el cuerpo
Aunque no hable de adrenalina ni de peligro en busca de engrandecer sus logros, uno sabe que el riesgo está ahí, que cada salto se la juegan. Por eso la pregunta es obligada: ¿hasta cuándo?
Un ejemplo cercano marca la respuesta: "Hay un hombre aquí en Empuriabrava, inglés, con 37.000 saltos y 63 años, uno de los paracaidistas más activos del mundo ahora mismo. Está todo el día saltando, haciendo coaching, intentando progresar, y hace unos años empezó con el traje de alas. Al final es tu motivación, que te siga gustando el deporte, y que tu cuerpo te lo permita: que estés en forma y no te lesiones. Esos son los factores más importantes", comenta un Dani que, de momento, sólo piensa en seguir volando libre.
