Ahorro

La forma de ducharse influye más de lo que parece en el gasto de luz o gas

Ducharse con agua caliente. Adriana Duduleanu / EyeEm
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Ducharse consume alrededor del 25% del gasto energético asociado a la calefacción de una vivienda europea media. La proporción se explica sola. El agua caliente sanitaria hay que calentarla desde la temperatura de red, que está entre diez y quince grados en invierno, hasta los treinta y ocho o cuarenta grados a los que se disfruta bajo la ducha. Ese salto térmico exige energía. Y esa energía es la que aparece cada mes en la factura. Lo que quizás no sabías es que la forma en que uno se ducha influye en la factura de la luz más que la mayor parte de gestos que la cultura popular asocia con la eficiencia.

Endesa cifra el consumo medio de una ducha de cinco minutos en cincuenta y siete litros y medio, con una horquilla de entre ocho y quince litros por minuto según el modelo del rociador. Por supuesto, para instalaciones sin sistemas de ahorro, se pueden superar los veinte litros por minuto. Cada uno de esos litros tiene que ser calentado. Se paga tanto por el agua como por la energía.

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Los especialistas del sector coinciden en identificar tres variables sobre las que actuar. 

  • Duración: la media española de la ducha diaria se sitúa entre seis y diez minutos. Es un rango generoso si se compara con las recomendaciones institucionales. La Comisión de Isabel II considera suficientes cuarenta y cinco litros por ducha, mientras que la OMS sube esa cifra hasta los noventa y cinco litros. En general con cinco minutos de ducha sirven para una higiene correcta que no entre en el terreno del derroche. Cada minuto que se recorta sobre la media personal supone entre ocho y quince litros menos de agua caliente y, con ella, la energía que se ahorra en calentarla.
  • Temperatura: los termos eléctricos y las calderas a gas salen de fábrica configurados en torno a los sesenta grados, ajuste que después el usuario nunca revisa. Rebajar la temperatura de acumulación a la horquilla recomendada por el sector y ducharse a la temperatura efectiva que uno percibe cómoda libera consumo. Además, hay una costumbre que debemos desterrar: subir la palanca del grifo hasta el máximo de agua caliente no acelera la sensación de calor durante los primeros segundos. Lo que hace es activar la caldera con más intensidad, calentar agua que después el propio usuario diluye con abundante agua fría al notar que quema, y consumir energía en el proceso. Abrir el grifo en un ángulo intermedio evita la activación innecesaria del calentador durante las tareas breves como aclarar un cepillo de dientes o mojarse las manos.
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  • Caudal del rociador: Es donde se produce el mayor ahorro con la menor renuncia. Los rociadores estándar convencionales dejan pasar veinte litros por minuto. Los llamados aireados o perlizadores —de coste modesto, entre quince y treinta euros según el modelo— mezclan el chorro con burbujas de aire y reducen el caudal a la mitad sin que la piel perciba una diferencia significativa de presión. Endesa y Leroy Merlin coinciden en cifrar el ahorro de estos dispositivos hasta un cincuenta por ciento del agua consumida durante la ducha. Sustituir un rociador antiguo por uno eficiente cuesta menos que una cena para dos y se amortiza en menos de un semestre en cualquier hogar de dos personas.

Existe, por último, un gesto que nos resistimos a realizar de forma habitual: cerrar el grifo mientras nos enjabonamos el cuerpo o se aclara el cabello con champú. En una ducha de cinco minutos, la fase de enjabonado suele durar entre uno y dos, lo que equivale a un ahorro de entre veinte y treinta litros solo por ese gesto. Los cabezales con botón de pausa integrado facilitan el hábito sin obligar a manipular la palanca de temperatura al reabrir el flujo.

En general, la combinación de estos gestos (ducha de cinco minutos, temperatura efectiva de treinta y ocho grados, alcachofa eficiente y grifo cerrado durante el enjabonado) reduce el consumo mensual de agua caliente entre un 30 a 50% en cualquier vivienda. Cada mes. Cada año. Sin cambiar ni uno solo de los aparatos de la instalación existente, y sin que el se deje de disfrutar del hábito que probablemente es, junto con el café de la mañana, el ritual doméstico al que menos se está dispuesto a renunciar.