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Cómo ayudar a tu hijo a decidir bien qué quiere estudiar tras la PAU

Acompañar no es lo mismo que dirigir. Getty Images
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Para miles de familias la PAU, la antigua selectividad, supone el final de una etapa y el comienzo de otra que puede resultar incluso más inquietante que los exámenes, la elección de los estudios superiores. Porque mientras los jóvenes hacen cálculos sobre notas de corte y plazas disponibles, en muchas casas surge la gran pregunta: “¿Y ahora qué?”.

La incertidumbre es mucho más habitual de lo que parece. De hecho, un 51% de los jóvenes de Bachillerato españoles no sabe con seguridad qué grado quiere estudiar, según un estudio realizado por la consultora Círculo Formación al término del Salón de Orientación Universitaria Unitour.

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El informe, realizado a partir de una encuesta a 1.500 jóvenes en el curso 2025-2026, señala que la mayoría duda entre varias opciones (38%), y un 13% se encuentra más perdido y no tiene una pista clara de lo que quiera estudiar.

Estos datos no debería sorprendernos, porque nunca había sido tan difícil tomar decisiones sobre el futuro profesional. Las generaciones anteriores crecieron en un entorno relativamente previsible. Había profesiones claramente definidas, trayectorias laborales más estables y una relación bastante directa entre estudios y empleo.

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Hoy el panorama es muy distinto. La digitalización, la globalización y, especialmente, el desarrollo acelerado de la inteligencia artificial están transformando sectores enteros. Algunas ocupaciones cambiarán profundamente en los próximos años; otras desaparecerán y surgirán nuevas profesiones que todavía no conocemos.

Eso no significa que estudiar haya perdido importancia. Más bien al contrario. Lo que está cambiando es la naturaleza de lo que debemos aprender. Cada vez adquieren más valor las competencias transferibles: capacidad de adaptación, pensamiento crítico, comunicación, trabajo en equipo, aprendizaje continuo o alfabetización digital. Son habilidades que permiten reinventarse varias veces a lo largo de una vida profesional.

En este contexto, pedir a un joven de 17 o 18 años que defina exactamente a qué se dedicará durante los próximos cuarenta años resulta poco realista. Que a esa edad no tengan una vocación definida "no solo es normal: es esperable, y deberíamos preocuparnos más cuando ocurre lo contrario", subraya la experta en innovación educativa Laia Lluch, profesora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).

La vocación no aparece: se construye

Muchos especialistas en orientación académica coinciden en que la vocación rara vez surge como una revelación repentina. Lo habitual es que se construya poco a poco mediante experiencias, intereses, contactos, aprendizajes y prueba y error.

Así que, en lugar de presionar a los hijos para encontrar una única vocación mágica, Lluch propone analizar su futuro a través de estos cinco pilares estratégicos:

  • Intereses genuinos vs. idealizados: Ayúdale a identificar en qué actividades o temas se sumerge de forma natural. Observa qué les apasiona de verdad y mapea con claridad lo que descartan por completo.
  • Competencias reales vs. autopercepciones: Fomenta una visión objetiva de su talento. Analizad juntos en qué áreas ha obtenido buenos resultados cuando se ha esforzado, lejos de la baja autoestima o de expectativas infladas.
  • Valores y propósito: Conversa con él sobre la huella que desea dejar en el mundo. Es vital que defina qué impacto busca generar y cuáles son sus límites éticos no negociables.
  • Estilo de vida proyectado: Invítale a visualizar su día a día ideal. Preguntaos qué ritmos de trabajo prefiere, en qué entornos se siente cómodo y qué nivel de exposición pública está dispuesto a manejar.
  • Viabilidad y contexto real: Aterrizad las opciones evaluando el entorno actual. Analizad juntos las variables económicas, las limitaciones geográficas, el respaldo familiar y las oportunidades reales de acceso al mercado.

Conviene rebajar la presión. Elegir unos estudios no equivale a firmar un contrato irreversible con el futuro. Es una decisión importante, sí, pero no definitiva. Uno de cada cinco estudiantes cambia de rumbo. Las trayectorias profesionales actuales son mucho más flexibles de lo que eran hace unas décadas.

La universidad suele ser la primera opción, pero el campo de la Formación Profesional ha sufrido muchos cambios y avances en los últimos años y es una opción que no hay que descartar de antemano.

El papel de los padres: acompañar sin pilotar

Cuando un hijo se muestra indeciso, muchos padres sienten la tentación de intervenir. Es comprensible. Quieren evitar errores, reducir riesgos y ayudarle a tomar una buena decisión. Pero los orientadores educativos suelen advertir del peligro de confundir acompañamiento con dirección.

La elección debe pertenecer al joven. Cuando la decisión se toma para satisfacer expectativas familiares, responder a presiones externas o cumplir sueños ajenos, aumentan las probabilidades de desmotivación, abandono o frustración posterior.

"Acompañar es ofrecer información, dar seguridad emocional, escuchar sin juzgar. Dirigir es proyectar las propias frustraciones o miedos. La frontera se detecta con una pregunta: ¿lo que digo está al servicio de su decisión o al servicio de mi tranquilidad?", concluye la experta de la UOC.