Educación

Cómo educar en calma a tu hijo adolescente en tiempos revueltos: "El ‘ordeno y mando’, más que educar, es adiestrar"

Un padre trata de hablar con su hijo, que se tapa los oídos. LA
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"Si quieres un hijo súper obediente que con 15 años le haga caso a sus iguales, te está saliendo genial y adelante con la educación que consideres". Francisco Huerta lo dice así, sin anestesia, y deja que la ironía haga su trabajo. Lleva más de veinte años dando clase en Secundaria y sabe bien qué pasa en un aula llena de adolescentes. La otra mitad de la frase la deja en el aire: "Eso sí, si quieres un hijo que con 15 años tenga criterio para decidir si hace botellón o no…".

Entre un hijo y otro, para él, está la manera de educar. Y señala sin rodeos la que no funciona: "Sientes que fracasas, claro, porque quieres tenerlo todo controlado. Como dice Elisa, con el ordeno y mando, al final, más que educar, adiestras. Evidentemente tiene sus resultados".

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La Elisa a la que cita es Elisa Molina, su pareja y coautora de ‘Dopaminados. Cómo gestionar la frustración infantil’ (Plataforma Editorial). Ella es maestra de Educación Infantil y coach familiar, gestiona una escuela infantil y firma también ‘Educar en Calma’ y cuentos como ‘Con un susurro basta’. Juntos fundaron hace diez años Educar en Calma, el proyecto con el que asesoran a familias y docentes. Y juntos también crían a cinco hijos, dos de ellos ya adolescentes.

Sientes que fracasas porque quieres tenerlo todo controlado

¿Cuántas horas tienen sus días? "Pues por lo menos 48: 24 de ella y 24 mías", bromea Francisco. El truco, añade, está en lo que dejan fuera. "La clave es no hacer otras cosas que consideramos que no son prioritarias y que nos quitarían el foco". En su casa, las pantallas no forman parte del día a día. Alguna película en familia el fin de semana y poco más.

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El peso del "porque sí"

Esa manera de mandar de hace décadas tiene raíces profundas, y Francisco las sitúa en una época en la que la autoridad, dentro y fuera de casa, no se discutía. No reniega, sin embargo, de todo lo que recibió: "Hay muchas cosas que se hicieron bien, y que se hacían también con un propósito de educar bien a los niños. Quizá las formas no eran las adecuadas, aunque el fondo sí. […] Ese autoritarismo, ese ‘porque lo digo yo y punto’, ‘cuando seas padre comerás huevos’, no era lo que conectaba, no nos hacía responsabilizarnos, sino ‘ajo y agua’", apunta.

Lo que pasaba en casa, explica, era el reflejo de lo que pasaba en la calle. "El autoritarismo que se daba dentro de la familia era un reflejo de la forma en que se ejercía la autoridad a nivel social", explica para apuntar además que la sociedad cambió, y con ella la forma de educar, aunque eso no significa renunciar a la autoridad: "No estamos tirando por tierra que haya una autoridad dentro de la familia: los padres somos referentes, tenemos que ir por delante de ellos y dar el ejemplo de comportamiento, de normas éticas y morales".

No estamos tirando por tierra que haya una autoridad dentro de la familia

La diferencia está en cómo se ejerce esa autoridad, y ahí Elisa pone sobre la mesa lo que hoy se sabe del castigo, la herramienta estrella de aquella educación. "Hoy la neurociencia ya ha dado la razón: hay ciertas formas de educar que no ayudan. Los castigos funcionan a corto plazo, pero a medio y largo plazo lo que te generan es rebeldía, deseos de revancha, retraimiento, desconexión. El precio que pagas cuando utilizas eso es muy elevado", asegura.

Muchos de quienes crecieron así repiten hoy, con cariño hacia sus padres, que no salieron tan mal. Ella entiende la gratitud, pero no la conclusión: "Claro que hay gente que, con gratitud a sus padres, dice: ‘Bueno, no hemos salido tan mal’. Pero cuando tú entiendes que para educar a tu hijo tienes que castigarle, humillarle, amenazarle, chantajearle, te das cuenta de que quizá eso no es educar a una persona. Un ser humano pequeñito, como puede ser tu hijo, al que le quedan muchos años para desarrollarse, lo que necesita es acompañamiento, guía, modelos de buenas conductas y unos referentes que tengan unos valores y unos límites claros".

Un ser humano pequeñito, como puede ser tu hijo, al que le quedan muchos años para desarrollarse, lo que necesita es acompañamiento

Límites, por tanto, sí, y claros. Ni colegas de sus hijos ni vigilantes implacables: el sitio de los padres, resume, está en un punto intermedio que cuesta encontrar, "no como amigos, pero tampoco como el que va pisando a su hijo".

Obedecer no es aprender

Ese equilibrio se rompe a menudo por un error que pasa inadvertido en las casas aparentemente tranquilas: confundir obediencia con buena educación. Los dos autores lo tienen claro. "Considerar que la educación de tus hijos es perfecta cuando te hacen caso en todo lo que les dices es un error. Tenemos que ser conscientes, como padres y madres, de que son un ser distinto, con capacidad de pensar y de actuar de forma distinta a nosotros", comentan ambos.

Educar, para ellos, va por otro camino, y pasa por aceptar algo que a muchos padres les cuesta: que el hijo se va a equivocar: "Para nosotros, que como base somos docentes, educar significa eso: acompañar y dar criterio. Y dar criterio es aceptar que se van a equivocar, que van a cometer errores y que nos va a tocar acompañarlos. Te puedes enfadar, te puede frustrar la situación, pero estás acompañando a un niño, y un niño se va a equivocar".

Tampoco el premio

Cuando el castigo deja de funcionar, la tentación es irse al extremo opuesto: la recompensa por portarse bien. Elisa lo descarta con la misma rotundidad, porque, a su juicio, es la misma moneda. "Es la cara B de los castigos: los premios no dejan de ser la cara opuesta de una misma moneda, por eso no funcionan. Premios y castigos no hacen otra cosa más que fijarse en el comportamiento, en la conducta de los niños", apunta.

Los premios son la cara B de los castigos

Lo que se pierde por el camino entre premios y castigos, explica, es lo más valioso: las ganas de hacer las cosas por uno mismo. Eso genera una pregunta de difícil respuesta: "¿Dónde queda la motivación intrínseca, esa que me hace hacer cosas por mí y para mí, para mi aprendizaje, para mi desarrollo, para mi capacitación? Con premios y castigos es complicado saberlo", reflexiona Elisa.

Cuando mandan los iguales

Esa motivación propia se vuelve imprescindible con los años, porque llega un momento en que la voz de los padres deja de ser la que más se escucha. Elisa lo describe por etapas. "Al principio, los que somos más influyentes para nuestros hijos somos los padres, en los primeros años. Luego, a partir de los cinco o seis años, empiezan a tener más influencia los iguales. Con la adolescencia, el papel de los padres, la voz de los padres, es fundamental, pero la que más importancia tiene es el igual, puro y duro”, zanjan.

Al grupo de amigos se suma una herramienta que esta generación de chavales recibió sin manual de instrucciones. Francisco lo explica comparando dos infancias: "Los padres y madres que tengamos 35 años o más hemos tenido una infancia donde los móviles todavía no estaban, pero los niños nativos digitales viven desde el principio con una herramienta que no saben utilizar, y ellos no tienen la capacidad para poder gestionarla".

A esta manera de criar se le reprocha a menudo que fabrica una generación de cristal, chavales blandos incapaces de encajar un no. Elisa da la vuelta al argumento: "La educación respetuosa bien entendida, al contrario, no genera una generación de cristal: lo que genera son cabezas pensantes, y esto sí que es peligroso. Entiendo la crítica, porque es muy peligroso tener a pequeños que entienden que tienen derechos, que tienen deberes, que se responsabilizan de sus actos y que son capaces de poner palabras muy asertivas".