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José Sánchez, neurocientífico: “Algunas drogas legales, como el alcohol o el paracetamol, reducen la empatía”

La empatía es una capacidad sobre la que aún tenemos muchas dudas
La empatía es una capacidad sobre la que aún tenemos muchas dudas. Pexels
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MadridEs una de las palabras de moda: empatía. Quizá es que, en tiempos de división, polarización, enfrentamiento… lo de ponerse en el lugar del otro para intentar entenderlo se entiende casi como una proeza, el cambio a un estado superior en el sentido de que nos haga mejores personas. 

‘Empatía en un mundo que duele’ (Grijlabo) es el nuevo libro del doctor José Sánchez, neurocientífico, docente, mentor… que desarrolla una visión muy singular sobre el tema en el que la perspectiva de la ciencia se enriquece con sus consideraciones sobre el desarrollo personal. Con él hablamos de un libro apasionante, en el que se aborda esta capacidad humana (pero no solo humana) desde distintos puntos de vista.

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La primera pregunta es obligada: ¿de qué hablamos cuándo hablamos de empatía?

Es una capacidad que tenemos los humanos, compartida también de alguna manera con otros animales, para sentir y comprender al otro. Se suele confundir con bondad, contagio emocional, buenismo… Pero no tiene nada que ver.

En el libro dices que hay un componente afectivo y otro cognitivo en la empatía, ¿qué quiere decir esto?

La parte afectiva es la que nosotros intuitivamente o popularmente conocemos por empatía, que sería la que surge cuando sufres con el otro. La parte cognitiva es distinta, se produce cuando comprendemos el dolor del otro. Lo que ocurre es que hay personas que tienen muy desarrollada la parte afectiva, pero no la cognitiva, o al revés. Incluso hay trastornos donde se da, por ejemplo, alta comprensión cognitiva y baja afectiva, como los psicópatas integrados, que comprenden tu dolor, pero no lo sienten, con lo que te pueden manipular.

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¿Es la empatía algo que se puede ejercitar?

Sí, es una capacidad innata que podemos entrenar. Pero, ¡ojo!, porque también puede resultar que lleguemos a tener un exceso de empatía y eso es un problema también.

¿En qué sentido puede llegar a ser un problema?

Si yo sufro contigo por tu dolor, tú me sientes cercano, pero no estamos diseñando una estrategia que nos permita solucionar lo que está pasando… De igual modo, también se produce lo que se llama fatiga empática. Se da mucho da en trabajadores sociales, en médicos, en enfermero… Estás viviendo tanto sufrimiento que el cerebro dice ‘no, hasta aquí, ya no puedo sufrir más’. Entonces ahí te congelas o incluso pasas a rechazar la conexión con el otro.

¿Es más fácil empatizar con aquellos con los que tenemos más en común y más difícil con aquellos con los que tenemos menos puntos de conexión?

Sí, y tiene que ver con la organización social desde la antigüedad. La empatía se ve favorecida con los de nuestro grupo porque si cooperamos con ellos tenemos más probabilidades de sobrevivir. La empatía nos sesga a a favor de los cercanos y nos predispone a ser mucho menos empáticos con los diferentes.

¿Surge de ahí lo que denominas contraempatía?

La contraempatía es, por así decirlo, una manera de ignorar al otro o incluso una capacidad de sentir hacia él una cierta animosidad. Imaginemos que a un amigo nuestro le dan una descarga eléctrica: ahí se activa en el cerebro una zona que hace que nosotros sintamos también dolor. Pero cuando la descarga la recibe un enemigo, se produce todo lo contrario: sentimos placer. Eso sería la contraempatía.

Los animales, ¿también son empáticos?

Hemos observado en ellos comportamientos empíricos o protoempáticos: hay animales que protegen a individuos que no son de su propia especie o llevan a cabo determinados comportamientos para los que no han sido entrenados en los que vemos emerger la empatía, así que sí, podríamos decir que no es una cualidad exclusivamente humana.

El doctor José Sánchez y su libro, 'Empatía en un mundo que duele' (Grijalbo)

También alertas de la llegada de la empat-ÍA que sentiríamos por inteligencias artificiales…

Hay ya muchas personas que consultan a la IA parte de sus procesos personales o psicológicos y generan un vínculo con ella. Lo interesante de este tema es que, en futuro, podríamos estar rodeados de robots humanoides antropomorfos con los que es posible que conectemos aún más. ¿Sentiremos empatía por ellos? Se abre aquí un melón infinito…

En el libro dedicas una parte importante a cómo modifican la empatía las drogas, legales e ilegales.

Hay sustancias que favorecen la empatía afectiva, pero que en nuestra cultura siempre han sido rechazadas porque son drogas que nos podrían hacer “perder la cabeza” como el MDMA, el LSD, la mescalina, la ayahuasca… Cuando tomamos este tipo de sustancias, que son empatógenas, tenemos mucha más facilidad para unirnos a los demás. Por eso, tendría mucho sentido utilizarlas para favorecer la empatía afectiva. Nos iría mejor si líderes de nuestro mundo como Trump tomaran un poco de MDMA quizá conectaría mejor con el diferente (risas)… Y en el otro extremo, hay drogas legales como el alcohol, las benzodiazepinas o los analgésicos, que reducen la empatía. Si alguien se toma un paracetamol o cinco cervezas no decimos nada, pero si toma peyote nos echamos las manos a la cabeza: es como para reflexionar.

Cierras el libro con lo que llamas la empatía trascendente, ¿de qué se trata?

Siguiendo con el tema de las sustancias empíricas, pueden propiciar estados de conciencia en nuestro cerebro en los que desaparece la distinción entre el yo y el otro. Esto sería llegar a un estado de empatía trascendente, donde la persona es una con el mundo. Esto podría ser muy interesante a nivel ecológico, por ejemplo, porque supone conectarse con la tierra. Es algo que viene de la sabiduría ancestral, que dice hay que cuidar la tierra porque nosotros somos la tierra. Es una reflexión que creo que resulta muy pertinente en la actualidad, en un mundo en el que el cambio climático es una realidad a la que nos enfrentamos día a día.