Salud mental

Comer carne a partir de los 60: un posible aliado contra la demencia

Comer carne
Incluir carne en el menú puede ser clave pasados los 60. Getty Images
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A partir de cierta edad muchas decisiones parecen rutinarias -qué desayunar, cuánto caminar, si salir o no a dar un paseo-, pero algunas pueden tener un impacto inesperado en el cerebro. Una de ellas, tan cotidiana como incluir carne en el menú, acaba de ganar protagonismo tras un estudio sueco reciente publicado en JAMA Network Open, que pone el foco en cómo la dieta puede influir en el riesgo de demencia en la madurez.

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No todos los cerebros responden igual a la misma dieta

La investigación, liderada por el Instituto Karolinska, siguió durante más de 15 años a más de 2.100 personas mayores de 60 años sin demencia al inicio. Este seguimiento longitudinal permitió observar cómo pequeños hábitos diarios se traducen, con el tiempo, en grandes diferencias cognitivas.

El hallazgo central tiene un matiz clave: no todos los cerebros responden igual a la misma dieta. En concreto, el beneficio del consumo de carne aparece con fuerza en quienes tienen una predisposición genética al Alzheimer, especialmente los portadores de variantes del gen APOE (como APOE4). En este grupo, quienes consumían menos carne llegaban a duplicar el riesgo de desarrollar demencia frente a quienes mantenían una ingesta más elevada.

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Sin embargo, al aumentar el consumo -en torno a niveles que equivalen aproximadamente a varias raciones semanales dentro de una dieta equilibrada- ese riesgo se reducía de forma significativa, hasta el punto de igualarse al de personas sin predisposición genética. En otras palabras, la alimentación podría actuar como un modulador del riesgo, no eliminándolo, pero sí amortiguándolo de forma relevante.

Para quienes ya han cruzado la barrera de los 50, refuerza la idea de que el estilo de vida sigue teniendo margen de maniobra incluso cuando la genética no juega a favor. Y lo hace en un terreno especialmente sensible, como la memoria, la capacidad de decisión o la autonomía personal en la vejez.

No vale cualquier tipo de carne

Eso sí, no vale cualquier tipo de carne. El estudio distingue con claridad entre la carne no procesada -como pollo, ternera o cordero frescos- y los productos procesados. Mientras la primera se asocia con un menor deterioro cognitivo en los perfiles de riesgo, la segunda (embutidos, salchichas, bacon) se relaciona con un aumento del riesgo de demencia en todos los grupos, independientemente de su genética.

Detrás de este efecto protector podría estar un viejo conocido de la nutrición, la vitamina B12. Este nutriente, abundante en la carne, es esencial para el sistema nervioso, y su déficit se ha vinculado con problemas de memoria, confusión e incluso daño neurológico irreversible. A partir de los 50, cuando la absorción de B12 puede disminuir, su papel se vuelve aún más crítico.

En todo caso, conviene no simplificar. Los propios investigadores subrayan que hablamos de un estudio observacional que detecta asociaciones, no establece una relación directa de causa-efecto. Además, el beneficio no se observó en toda la población, sino principalmente en quienes tenían un perfil genético concreto.

La lectura práctica, especialmente para mayores de 50, no pasa por adoptar dietas extremas ni por convertir la carne en un 'superalimento', sino por entender que la nutrición, bien enfocada, puede ser una herramienta estratégica para envejecer mejor. Incorporar proteína de calidad, evitar ultraprocesados y mantener un patrón alimentario equilibrado sigue siendo la base.