El vértigo de vivir con una nueva pareja más allá de los 50 tras un divorcio: "Hay que hablar de qué pasa si se termina"

Elisabeth G. Iborra, periodista y escritora con más de 25 libros publicados, da las claves en 'Yo no me caso con nadie'
Tres errores que cometemos al mezclar convivencia y economía: "El 'ya se verá' suele ser 'ya lo resolveremos cuando estalle'”
Hay conversaciones que no se tienen porque parecen más propias de un aguafiestas. Y hay parejas que explotan, años después, exactamente por eso. Elisabeth G. Iborra lleva dos décadas escribiendo sobre relaciones contemporáneas y en su nuevo libro ‘Yo no me caso con nadie’ (RBA), con asesoramiento de la psicóloga y sexóloga Carmen Sánchez, propone algo poco romántico, pero a la vez muy eficaz: hablar de dinero, del final y de establecer límites antes de firmar nada. No como señales de desconfianza, sino como un acto de autocuidado que toda pareja debería plantearse.
Tres temas, veinte minutos, antes de meter la primera caja
Cuando una pareja se muda junta, a cualquier edad, pero especialmente después de los 50, cuando cada uno llega con una realidad económica ya establecida, Iborra propone un protocolo de veinte minutos que cubre exactamente tres ejes y que, según ella, es "lo más amoroso que puedes hacer, porque protege a los dos."
El primero es el más obvio pero también el más evitado, y es cómo se reparten los gastos comunes y con qué criterio. No basta con decir el clásico "a medias" si los sueldos son muy distintos, ni tampoco valer con un "proporcional" si no se concreta el porcentaje, ni a qué partidas aplica. La falta de detalle en este aspecto no es neutralidad, sino una decisión aplazada que alguien acabará tomando unilateralmente, con una buena dosis de resentimiento acumulado de fondo.
El segundo eje es el dinero propio, y más en concreto qué cantidad se queda cada uno como intocable, sin necesidad de plantear ningún tipo de justificaciones. Iborra lo considera innegociable. “Sin una partida personal que no tenga que rendir cuentas ante nadie, no hay autonomía real”, afirma. Y sin autonomía, lo que parece una elección libre de quedarse puede ser, en realidad, una dependencia que nadie negoció.
El tercer punto es también el más incómodo y el que casi nadie plantea: qué pasa si la relación termina. Quién sale de dónde, en qué condiciones, qué ocurre con el inmueble si es compartido o si uno cedió su casa para mudarse a la del otro. "Sé que suena a aguafiestas", admite Iborra, pero la lógica no da pie a ninguna duda, ya que una pareja que ha hablado de qué hacer si todo termina puede estar segura de que se sigue en la relación por elección propia, y no por una imposibilidad real de marcharse.
La pregunta que hay que hacerse antes de firmar nada
Más allá del protocolo, Iborra propone una sola pregunta que lo resume todo: "¿Qué pasaría con tu vida económica si esto no funciona?" No para invocar el fracaso ni para sembrar desconfianza, sino para verificar algo tan fundamental como el hecho de que los dos estén en condiciones de elegir libremente quedarse, "y no estén simplemente atrapados por una hipoteca o una dependencia que no se supo negociar a tiempo."
La pregunta tiene más peso después de los 50 porque las consecuencias de no hacerla son más difíciles de revertir. Según el INE, la duración media de los matrimonios disueltos por divorcio es de 16,4 años, y el 31,8% de las rupturas se produjeron después de 20 o más años de convivencia. No son, por tanto, parejas que no se conocían lo suficiente, sino que se trata de parejas que en algún momento dejaron de negociarse. Cuando la ruptura llega a ciertas edades, sus implicaciones económicas (con pensiones, patrimonio, vivienda, cotizaciones, etc.) son mucho más complejas que a los treinta.
El enemigo silencioso: idealizarse para no discutir
Hay un mecanismo paralelo que Iborra identifica como igual de destructivo que no hablar de dinero: idealizar al otro para evitar el conflicto. Este es, además, un asunto que Iborra ha vivido en primera persona. "Idealicé tanto a un hombre que me perdí a mí misma. Entendí que el amor platónico es más cómodo que la relación real, pero que la que me causo problemas soy yo por esperar algo de alguien que me he inventado sola." Ese personaje inventado no pone límites, no decepciona, no tiene naturaleza propia. El problema llega cuando el real reaparece. "Y cuando surge el conflicto con el personaje real porque sale su naturaleza y no respeta mis límites, me rebelo y la lío parda; carácter no me falta para reivindicarme, solo tengo que atar mi imaginación a tierra."
La idealización y la falta de negociación económica tienen el mismo mecanismo de fondo, posponer la realidad para proteger el relato. Pero la realidad, más tarde o más temprano, siempre manda. Y cuanto más tarde llega la conversación, más se parece a una bronca y menos a una negociación.
Lo que Iborra propone no es el fin del romanticismo. Es su versión adulta, que implica elegir con los ojos abiertos, hablar de lo incómodo antes de que sea urgente y construir una convivencia en la que los dos puedan marcharse si quieren, precisamente para que ninguno de los dos tenga que hacerlo por desesperación.

