Salud mental

Descubrir que sufres TDAH a los 50: "De repente entiendes que no tienes la culpa"

María Garau, autora de 'TDAH adulto. Vivir sin frontal'. Paco Martínez
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Hay personas que llegan a los 50 años cargando con décadas de una misma convicción: que son torpes, que no se esfuerzan lo suficiente, que les cuesta más que a los demás sin razón aparente. Han pasado por el colegio, la universidad, el trabajo y las relaciones íntimas con esa mochila invisible. Y entonces, en la consulta de un neuropsicólogo, alguien pone nombre a lo que llevan toda la vida siendo. Ese momento puede cambiarlo todo. O al menos, puede empezar a explicarlo.

María Garau, neuropsicóloga, psicoterapeuta y autora de ‘TDAH Adulto. Una vida sin frontal’ (Kairós), lo describe así: "Cuando entiendes que hay un diagnóstico, se te genera bastante alivio y genera mucha comprensión sobre lo que ha ido pasando hasta ahora".

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Un trastorno que envejece sin diagnóstico

El TDAH no desaparece cuando uno crece. A tres cuartas partes de los adultos de entre 18 y 44 años que padecen TDAH nunca se les diagnosticó el trastorno de niños; entre los adultos de 60 años o más, esa cifra es del 100%, según el doctor David Goodman, profesor adjunto de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Universidad de Johns Hopkins. El motivo es tan sencillo como demoledor, y es que hace medio siglo, los médicos simplemente no evaluaban a los niños para detectarlo. Y lo que no se diagnosticó entonces, difícilmente se diagnostica ahora. Solo uno de cada cinco especialistas evalúa específicamente el TDAH en pacientes mayores de 50 años.

El resultado es una generación entera de adultos que ha llegado a la madurez interpretando sus síntomas como rasgos de carácter. En este colectivo, los síntomas se atribuyen a características de la personalidad, como ser despistado, impaciente o desorganizado, o incluso al envejecimiento natural. Es común escuchar frases como "es normal a tu edad olvidar las cosas", cuando en realidad puede haber una causa subyacente. 

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Para Garau, el núcleo del problema no es solo el retraso diagnóstico en sí, sino lo que ese retraso construye por dentro. "Cuanto más tarde va a hacer el diagnóstico, aparece un autoconcepto más dañado, un sistema de creencias más heavy hacia ti: creencias de que no eres suficiente, de que hagas lo que hagas no vas a servir". Son mensajes que el entorno ha lanzado durante décadas en el colegio, el trabajo o la propia pareja, y que la persona ha acabado asumiendo como propios.

La ciencia lo respalda. Un estudio reciente concluye que vivir con TDAH sin diagnóstico previo está asociado a mayores niveles de depresión, ansiedad y baja autoestima en la época adulta. Y no es solo una cuestión de malestar difuso: es común que las personas con TDAH desarrollen un diálogo interno negativo, convenciéndose de ser flojas, desorganizadas o incapaces, lo que impacta de manera significativa en su autoestima y en su autoconcepto. 

Lo que cambia cuando llega la explicación

Garau es muy precisa al describir lo que ocurre en la consulta cuando alguien recibe el diagnóstico por primera vez a los 50 o 60 años. La reacción inicial, dice, suele ser de alivio inmediato. "Cuando descubres que todo tu funcionamiento no es por falta de voluntad, no es una responsabilidad propia mía, no es falta de interés, sino que hay una causa, de repente esa responsabilidad se posa en esa causa y eso me genera alivio".

Pero matiza que ese alivio tiene una parte de exigencia. El diagnóstico no es una exculpación total. "No podemos caer en el que ahora ya todo es TDAH. Hay una parte de responsabilidad propia del organismo, pero quizás no toda la que tú pensabas". La diferencia es que a partir de ese momento, el trabajo sobre uno mismo puede hacerse desde una mirada distinta: "No tan juzgadora como era hasta el momento, quizás. Desde una mirada más amable, más compasiva, más curiosa".

El TDAH que no se ve

Una de las ideas centrales de ‘TDAH Adulto. Vivir sin frontal’ es la de desmontar el estereotipo del TDAH como algo ruidoso y evidente. "La inatención es que me cuesta mantener la atención durante un periodo prolongado. A lo mejor tú me estás hablando y yo parece que estoy atendiendo, pero dentro de mi cabeza me van viniendo pensamientos ajenos y tú ni siquiera te estás dando cuenta". Por dentro, hay dispersión constante. Por fuera, silencio.

Ese silencio es exactamente el que durante décadas ha impedido que muchos adultos llegaran a tiempo a una consulta. Y es también, paradójicamente, lo que hace que el diagnóstico tardío, cuando por fin llega, tenga tanto peso. Porque no solo explica el presente. Explica toda una vida.