Nicolás Olea, doctor experto en disruptores endocrinos: “Las casas modernas, llenas de derivados del petróleo, son un enemigo”

Este experto alerta sobre la exposición a químicos en nuestro día a día: "Causan un efecto cóctel terrible para la salud"
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En la película Safe (Todd Haynes, 1995), un ama de casa de Los Ángeles interpretada por Julianne Moore enferma de manera misteriosa por una ¿enfermedad? causada por agentes ambientales. En su momento, muchos metieron la cinta en el género de la ciencia ficción.
Sin embargo, la realidad es que hoy, más de 30 años después, se estudian con interés los efectos sobre la salud de todo aquello que nos rodea, por inofensivo que parezca. Madrid acogió este año el X Congreso Internacional de Medicina Ambiental, que reunió durante un fin de semana a especialistas de todo el mundo. Entre ellos, Nicolás Olea, catedrático de Radiología y Medicina Física de la Universidad de Granada y médico en el Hospital Clínico San Cecilio de la ciudad andaluza. Una voz autorizada a la hora de hablar de los tóxicos en nuestra vida diaria, con el que charlamos sobre esas “amenazas invisibles”.
Acabas de participar en el décimo Congreso Internacional de Medicina Ambiental. ¿Se ha avanzado en este tema a lo largo de los años o sigue siendo poco conocido para el público general?
El avance ha sido muy desigual. En radiación electromagnética no ionizante, como la de los teléfonos móviles, por ejemplo apenas se ha avanzado y sigue habiendo mucho escepticismo. Donde sí hemos dado un gran salto es en la exposición química ambiental. Antes pensábamos que todo estaba bajo control con los límites de seguridad establecidos, pero hoy sabemos que esa idea era demasiado simplista.
¿Qué ha cambiado en nuestra comprensión de la exposición a sustancias químicas?
Fundamentalmente, la evidencia. Gracias a estudios de biomonitorización a gran escala en Europa, hemos comprobado que todos estamos expuestos a múltiples contaminantes de forma simultánea. Ya no hablamos de una sustancia concreta, sino de una mezcla constante. Además, cada país tiene su propia huella química: en España predominan los pesticidas por el peso de la agricultura, mientras que en países más industrializados aparecen otros compuestos. Es un cambio de paradigma: no es una exposición puntual, es continua.
¿Cuál es el principal reto ahora mismo?
La medicina tradicional sigue centrada en el diagnóstico y el tratamiento, pero le cuesta integrar la prevención ambiental. Hemos avanzado mucho en detectar enfermedades precozmente, pero lo verdaderamente importante sería evitar que aparezcan. Y eso pasa por reducir la exposición. Todavía cuesta que la medicina de cabecera incorpore esa mirada.
Hablemos de disruptores endocrinos. ¿Cómo los definirías de forma clara?
Son sustancias químicas que alteran el funcionamiento hormonal. Las hormonas son mensajeros entre órganos y estos compuestos 'hackean' ese sistema: pueden amplificar, bloquear o enviar señales en el momento equivocado. Esto es especialmente peligroso en etapas críticas como el embarazo, la infancia o la menopausia.
¿Hay etapas de la vida más sensibles a estos efectos?
Sí, especialmente el embarazo, la infancia, la pubertad y también la menopausia. En estos momentos hay cambios hormonales importantes, y los disruptores pueden interferir más fácilmente. En el caso de los hombres, hay evidencia de que problemas como la baja calidad seminal pueden originarse durante la vida intrauterina, por exposición a estrógenos ambientales. Es decir, el problema puede empezar antes incluso de nacer.

¿Dónde encontramos estos disruptores en la vida cotidiana?
Prácticamente en todo: cosméticos, envases alimentarios, plásticos, productos de limpieza… Por ejemplo, una mujer puede utilizar de media más de una decena de productos cosméticos al día, cada uno con decenas de compuestos químicos. Eso genera una exposición acumulada enorme. Y ahí entra en juego el llamado “efecto cóctel”.
¿En qué consiste ese efecto?
Es el efecto combinado de múltiples sustancias a bajas dosis. El problema es que la regulación actual evalúa los compuestos de forma individual, pero en la vida real estamos expuestos a mezclas. Y eso no se está teniendo suficientemente en cuenta.
¿Existe una evidencia clara de que estos compuestos causan enfermedades?
La relación directa es difícil de demostrar de forma absoluta, porque hay muchos factores implicados. Pero hay suficiente evidencia para actuar de forma preventiva. No podemos esperar a tener certeza total cuando la exposición ya está ocurriendo. A corto plazo, lo que sí se ha demostrado es que una mayor exposición disminuye la presencia de contaminantes en el cuerpo. Por ejemplo, hay estudios realizados sobre personas que consumen alimentos ecológicos durante una semana. Tras siete días, los niveles de pesticidas en su orina bajan significativamente. Es una evidencia clara de que nuestras decisiones influyen en nuestra salud.
Dado que no podemos evitar completamente estas exposiciones, ¿qué medidas prácticas podemos tomar?
Hay varias muy claras. Como acabo de comentar, deberíamos priorizar alimentos de proximidad, de temporada y, si es posible, ecológicos. Y, como decía antes, otra clave es elegir cosméticos con menos componentes químicos. También es aconsejable evitar ultraprocesados y productos con un exceso de empaquetado. Otra medida es reducir el uso de plásticos en la cocina y priorizar materiales como vidrio, acero o cerámica. También hay que ventilar la casa y limpiar con aspiradora en lugar de barrer. No es cuestión de ser perfectos, sino de reducir la exposición lo máximo posible.
¿Se ha convertido nuestro hogar en un enemigo?
En cierta manera. Hoy en día muchos materiales del hogar, como suelos, muebles, textiles, derivan del petróleo… Todo eso libera compuestos al ambiente. Por eso es importante ventilar y evitar acumular contaminantes, especialmente en habitaciones infantiles.
¿Qué ocurre con la telefonía móvil y la radiación?
Es un campo más complejo porque es difícil medir la exposición y sus efectos. Aun así, debemos aplicar el principio de precaución: reducir el uso cuando sea posible, especialmente en niños, y evitar dispositivos encendidos en el dormitorio durante la noche. También es conveniente apagar el wifi antes de irnos a dormir.
Hay un clásico que llevamos escuchando desde los años 80: ¿Es peligroso el microondas?
El problema no es tanto el microondas en sí, sino su interacción con plásticos. Calentar alimentos en recipientes plásticos, que es algo que es muy habitual, favorece la liberación de sustancias químicas. Por eso es mejor usar materiales como vidrio o cerámica.
¿Es posible no alarmarse ante tanta amenaza invisible?
Que no se trata de vivir con miedo ni de obsesionarse, sino de ser consciente. Tenemos margen de elección en muchas cosas del día a día. Aplicar el principio de precaución y reducir la exposición es una forma razonable de proteger nuestra salud.

