Carmen Maura: “No hay que tratar a las señoras mayores como si fueran niños. Queremos hacer lo que nos dé la gana”

"A mí lo que pasa es que tengo muy bien educados a mis hijos y lo entienden", afirma la actriz
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Hay pocas actrices en la historia del cine español que tengan una trayectoria tan sostenida en la rebeldía y en la negativa a conformarse con lo que se espera de ellas. Carmen Maura lo hizo con veinte años, cuando su familia no quería que actuara; lo hizo con cuarenta, cuando se quedó sin sus hijos durante doce años por negarse a desaparecer de los focos; y lo hace ahora, con ochenta, cuando el mundo espera de las señoras mayores que se sienten a esperar visitas.
Recientemente Maura ha dicho en voz alta lo que muchas personas de su generación sienten pero no se atreven a formular con esa misma claridad: que ser mayor no significa ser un niño al que hay que proteger de sí mismo.
"No hay que tratar a las señoras mayores como si fueran niños, que somos señoras mayores y que tenemos ganas de hacer lo que nos dé la gana, yo por lo menos", afirmó. Y añadió, con la puntería que le da la edad: "A los señores no se les ocurre decirme lo que tengo que hacer. Y si a alguno se le ocurre, le paro los pies." La imagen con la que abre la reflexión no es un argumento abstracto sino una escena reconocible para cualquiera: "¡Ey, abuelita, ¿qué quieres? Vamos a ir a ver a la abuelita que se encuentra muy sola, ¿no?" Esa ternura condescendiente, que es bien intencionada y al mismo tiempo capaz de demoler la identidad de quien la recibe, es exactamente lo que Maura está desmontando.
Ochenta años y sin intención de portarse
María del Carmen García y Maura nació el 15 de septiembre de 1945 en el barrio madrileño de Chamberí, hija de un oftalmólogo y bisnieta del grabador Bartolomé Maura y Montaner, hermano del político Antonio Maura. Lleva más de cinco décadas en activo, con una filmografía que supera los 120 títulos en cine y televisión, cuatro premios Goya (lo que es un récord que solo iguala Verónica Forqué), un César francés, el premio a la mejor actriz del Festival de Cannes y el Premio Donostia, que recibió en 2013 siendo la primera actriz española en lograrlo.
Fue la primera "chica Almodóvar" y protagonizó junto a él títulos que forman parte del canon del cine europeo: ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984), Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), Volver (2006). En 2025 estrenó Vieja loca, un thriller psicológico producido por J.A. Bayona y dirigido por el argentino Martín Mauregui, en el que interpreta a una anciana con demencia senil que encierra, literalmente, a quien va a cuidarla. La crítica coincidió en que ofrecía "el papel más desagradable y oscuro de su amplia carrera" y que, sin embargo, salía "airosa" de él. Para prepararlo, se sometió a cuatro meses intensivos de entrenamiento de fuerza, pesas de hasta veinte kilos incluidas, que hace a regañadientes y sin fingir que le gustan: "Hago pesas, que lo odio. Considero que es lo mejor para la gente mayor. Coges mucha fuerza y caminas mejor. Encima si te caes estás mejor preparada", explicó.

El paternalismo que no se nombra
Lo que Maura señala en su declaración de esta semana tiene un nombre en la literatura gerontológica: edadismo. El prejuicio de que la vejez es una segunda infancia, de que las personas mayores necesitan ser guiadas, protegidas de sus propias decisiones, visitadas en lugar de llamadas, consultadas en lugar de escuchadas… Es algo tan habitual que en muchos casos ni quien lo practica ni quien lo recibe lo identifican como una forma de discriminación. Maura sí lo identifica, y lo hace sin academicismos: "Se puede aprovechar muy bien el ser mayor, pero te tienen que dejar hacer lo que te dé la gana."
La frase que completa el cuadro es la que revela el mecanismo de poder que hay detrás: "A mí lo que pasa es que tengo muy bien educados a mis hijos y lo entienden." No está diciendo que sus hijos sean buenos hijos. Está diciendo que ha tenido que educarlos para que no asuman que su edad les otorga autoridad sobre sus decisiones. La diferencia es importante. No se trata de gratitud, sino de constatación de un trabajo hecho.
Maura tiene dos hijos, Carmen y Pablo, fruto de su matrimonio con el abogado Francisco Forteza, del que se divorció en 1970. Durante doce años, y tras una prolongada batalla judicial, Forteza le impidió tener contacto con ellos. Fue, según explicó ella misma en múltiples ocasiones, el período más oscuro de su vida: "En los momentos peores, en ésos en los que la angustia es tan fuerte que quieres morirte, mis funciones eran la única cosa del mundo que me hacía feliz". Quien sobrevivió a eso tiene calibradas con precisión las distancias entre el cuidado y el control.

Un testimonio que llega en el momento preciso
La declaración de Maura coincide con un momento en el que el debate sobre la autonomía de las personas mayores en España tiene respaldo institucional. La Comunidad de Madrid aprobó en octubre de 2025 su Primer Plan Regional de Envejecimiento Activo y Prevención de la Dependencia 2025-2027, un documento cuyo objetivo explícito es "mantener la autonomía a partir de los 55 años" y que, según la propia Administración, parte de "escuchar a los propios mayores". La esperanza de vida media en Madrid ya se sitúa en 86,1 años, casi cinco por encima de la media europea, según los datos citados en ese mismo plan.
Lo que Maura está diciendo, desde la experiencia y sin el lenguaje de las políticas públicas, apunta exactamente al mismo punto: que vivir muchos años en buenas condiciones requiere que el entorno deje de asumir que la vejez es sinónimo de fragilidad o de renuncia. Que hay una diferencia entre acompañar y tutorizar. Y que "hacer lo que te dé la gana" no es un capricho de señora mayor con carácter. Es la definición más precisa de lo que significa envejecer bien.

