Ni ocho ni seis horas: el tiempo de sueño que algunos investigadores consideran ideal
Diversos estudios muestran que tanto dormir poco como hacerlo en exceso puede tener efectos negativos en la salud, destacando la importancia de la calidad, la regularidad y la continuidad del sueño
Sueño reparador después de los 50: rutinas nocturnas y consejos para mejorar la calidad del descanso
MadridDesde siempre el mensaje ha sido claro y repetido: hay que dormir ocho horas. Es una recomendación que ha calado tan hondo que muchas personas incluso la consideran una regla casi universal, aunque no se suele cumplir. Pero, la ciencia lleva tiempo cuestionando este estándar. La evidencia es cada vez más clara: ni seis ni ocho horas son el punto ideal para todo el mundo.
En los últimos años, varios estudios han comenzado a señalar un rango más preciso como el más beneficioso para la salud. El resultado es un cambio de paradigma que pone el foco en algo más flexible, pero también realista: no se trata de una cifra fija, sino un equilibrio.
¿De dónde viene el mito de las ocho horas?
La idea de dormir ocho horas no nació exactamente de la ciencia moderna, sino que tiene raíces históricas y culturales. Durante mucho tiempo se asumió como una media razonable, pero no se trata de una verdad biológica universal.
Hoy en día, los expertos coinciden en que ese número no sirve para todos. De hecho, las recomendaciones actuales hablan más bien de un rango. Diversas instituciones y revisiones científicas sitúan el descanso óptimo para adultos entre 7 y 9 horas por noche, dependiendo de factores como la edad, el estilo de vida o la genética.
El punto óptimo se acerca a las 7 horas
Algunos estudios han ido más allá del rango y han intentado identificar un punto concreto donde se concentran más beneficios. Aquí aparece una cifra que se repite con frecuencia: alrededor de siete horas de sueño.
Diversas investigaciones han observado que dormir en torno a esa duración está asociado con mejores resultados en salud, función cognitiva y bienestar general. Incluso análisis con grandes poblaciones han encontrado que el riesgo de mortalidad es menor en personas que duermen aproximadamente entre seis y siete horas frente a aquellos que duermen más o menos.
Además, algunos expertos señalan que la curva de salud relaciona con el sueño tiene forma de “U”: dormir poco es perjudicial, pero dormir demasiado también puede serlo. De hecho, un estudio realizado en 2025 encontró que dormir más de ocho horas se relaciona con un mayor riesgo de mortalidad en comparación con un rango más moderado.
Otro de los hallazgos más llamativos de los últimos años llega de un estudio más reciente que afinó aún más el resultado: 7 horas y 18 minutos podrían ser el punto óptimo para reducir ciertos riesgos metabólicos, como la resistencia a la insulina.
Aunque esta cifra no debe ser interpretada de forma rígida, sí que refuerza una idea clave: el margen óptimo de sueño puede estar más cerca de las siete horas que de las ocho en muchos casos.
El límite es dormir menos de 7 horas
Si hay un consenso fuerte en la comunidad científica es que dormir menos de siete horas de manera habitual es insuficiente. Diversos organismos y estudios coinciden en que el sueño corto está asociado con múltiples problemas de salud, desde enfermedades cardiovasculares hasta depresión o deterioro cognitivo.
Asimismo, investigaciones recientes han encontrado una relación directa entre dormir menos de siete horas y una menor esperanza de vida.
Por otro lado, durante mucho tiempo se pensó que cuanto más se durmiera, mucho mejor. Pero la evidencia actual no apoya esta idea. Dormir más de nueve horas de manera habitual también puede tener efectos negativos, como un mayor riesgo de depresión o problemas de salud general. Esto no quiere decir que por que una noche puntual se duerma más o menos sea perjudicial, sino que los extremos, tanto por exceso como por defecto, son perjudiciales.
No importa tanto cuánto se duerme, sino cómo se duerme
Dormir no es simplemente desconectar durante unas horas. Durante la noche, el cerebro lleva a cabo procesos esenciales para el funcionamiento diario y la salud a largo plazo. Entre estos procesos están la consolidación de la memoria, la regulación emocional o la eliminación de residuos metabólicos acumulados durante el día. Cuando la duración del sueño no es la adecuada, estos mecanismos pueden verse alterados, afectando tanto al rendimiento cognitivo como al bienestar general.
No obstante, la investigación más reciente insiste en un matiz clave: no basta con fijarse en el número de horas. La calidad del sueño y la forma en que se distribuye a lo largo del tiempo son igual de importantes. Dormir siete u ocho horas no garantiza un buen descanso si el sueño está fragmentado, si hay múltiples despertares o si los horarios son irregulares. Cuando pasa esto, el cerebro no consigue completar correctamente los ciclos de sueño profundo y REM, esenciales para la recuperación física y mental.
Debido a esto, cada vez más expertos hablan de un enfoque más completo del descanso, teniendo en cuenta la duración pero también una regularidad y continuidad. Un sueño estable, con horarios consistentes y pocas interrupciones, permite que el cerebro funcione de manera más eficiente durante el día, mejora la capacidad de concentración y favorece una mayor estabilidad emocional.
