Salud y Bienestar

Minerva Piquero, sobre el desconcierto hormonal: “Ese estigma de estás vieja y ha empezado tu fin es una mentira”

La presentadora aborda la menopausia en su último libro: “Un tsunami". (Editorial)
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Si alguien sabe de tormentas y marejadas, esa es Minerva Piquero. Quizás por ello, por su pasado televisivo dando el tiempo, no duda a la hora de poner un simil natural (y potente) a la menopausia: “Un tsunami. Es como un tsunami que viene y lo arrastra todo”. Sin embargo, ella fue capaz de levantarse y convivir con ella hasta el punto de encontrar su catarsis en forma de libro. Un título, ‘No estoy loca’, con el que Piquero quiere abrir un tema que en muchas ocasiones sigue siendo tabú.

“Todavía hay un estigma”, reconoce la periodista madrileña, que se lanzó a la aventura de escribir sobre la menopausia. “La verdad es que lo que me llevó a hacerlo fue la desesperación, porque estaba muy perdida. Tardé mucho tiempo en darme cuenta de qué era lo que me estaba pasando realmente, precisamente porque no nos lo cuentan y porque no había información, más allá del cliché de que pasados los 50 tienes que usar un abanico y tienes sofocos. Empecé a investigar y me di cuenta de que todas las mujeres me contestaban lo mismo: “Es que nadie me lo contó”. Y luego no hablaban de ello por vergüenza”.

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Minerva ha querido poner un poco de luz en una tiniebla que acompaña a las mujeres desde siempre. Una falta de claridad que se traduce en desconocimiento: “Me di cuenta de que el estigma era brutal y lo que empezó siendo un camino desde mí para mí, de repente me lo tomé como algo urgente de todas nosotras. Hay que ponerle nombre a las cosas y hay que normalizar esta conversación Y no solo nosotras, también vosotros”.

El estigma era brutal y lo que empezó siendo un camino desde mí para mí, de repente me lo tomé como algo urgente de todas nosotras

El problema, explica Piquero, es que durante demasiado tiempo el cuerpo femenino ha sido leído por partes, como si cada síntoma tuviera una habitación distinta en el hospital, sin que nadie se atreviera a unir el plano completo. “Yo iba tocando puertas de especialistas”, recuerda. “Fui al psicólogo, fui al endocrino, fui al neurólogo… y dices, no puede ser que vaya poniendo parches y que nadie, ninguno de ellos, en ningún momento se planteó la posibilidad de que esto pudiera formar parte de la menopausia”.

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La explicación científica

Ahí llega la crítica. Porque lo que ella describe no es solo una etapa vital difícil de encajar, sino un vacío estructural de interpretación. Un territorio donde los síntomas existen, pero el relato médico no siempre los agrupa bajo un mismo nombre. Por eso nace ‘No estoy loca’, por la necesidad de comprender que no se trata de piezas sueltas, sino de una transformación sistémica.

“Es una transición neuroendocrina”, explica con una claridad casi didáctica, aunque lo que dice tenga poco de simple. “Aunque tiene su origen en la pérdida de determinadas hormonas en nuestro aparato reproductor sexual, tiene un impacto directo en el cerebro”. Y entonces despliega un mapa interno que rara vez se verbaliza en voz alta: “La progesterona y los estrógenos al caer son neurotransmisores, son neuroprotectores y son los que se encargan de llevar por las neuronas sustancias como la dopamina o la serotonina”.

Esas palabras técnicas no estaban en su vocabulario cuando ella comenzó a descubrir que algo le estaba sucediendo: “Yo cogí mucho peso, demasiado en poco tiempo”, reconoce al recordar uno de los momentos en los que peor lo pasó. Sobre todo por los comentarios ajenos. “Hay un momento en el que piensas que tu cuerpo te está boicoteando y no, lo que estás intentando es sobrevivir. Por eso, cuando nadie me daba soluciones, entonces no me resigné”.

Piquero no desoyó a los médicos, pero tampoco valía con lo que ellos decían: “A mí que el endocrino me sacara la dieta 7 impresa, porque tenía que medir los gramos y pesar las calorías cuando tenía una ansiedad y una tristeza tremenda, pues no me ayudaba. Tampoco que el psicólogo me dijera, tómate depresivos, porque es lo que te toca, o que la ginecóloga me dijera, es lo que hay, es hacerse mayor”. Fue en ese momento cuando se encontró a sí misma tras mucho rebuscar. “Yo me miraba al espejo y decía, es que ahí dentro estás tú, en algún sitio, y esto lo tienes que solucionar”.

Toda esa experiencia, además de mucha investigación, le llevaron a querer usar su experiencia como ayuda para los demás. Y uno de los ingredientes que aporta a la ecuación: “El humor al final es humor cuando tú desnudas tus vulnerabilidades y tus miserias y te das cuenta de que quien las lee se está mirando en tu espejo. Y es que uno se ríe al final de lo que sabe que también ha vivido”.

“Yo no vengo a dar lecciones, cada uno haga su camino como pueda, pero bueno, he iniciado ese camino para contarles que sí que se puede y hacerlo con naturalidad. Y eso inevitablemente te lleva a contar cosas íntimas que a veces han sido dolorosas y me ha costado confesarlas y otras han sido divertidas, pero es que la vida es así”. Sin paños por encima que tapen la realidad.

A mí que el endocrino me sacara la dieta 7 impresa, porque tenía que medir los gramos y pesar las calorías cuando tenía una ansiedad y una tristeza tremenda, pues no me ayudaba

Pero si algo atraviesa su discurso es la sensación de haber transitado ese desconcierto en soledad, sin un lenguaje común que ayudara a ordenar la experiencia. “Se asume que tendrás cambios de humor, que emocionalmente serás una montaña rusa, pero nadie te explica el resto”, señala. Y ese “resto” es precisamente lo que desborda el cliché.

Es precisamente esa soledad con la que tienes que llevar todo lo que a ella le habría gustado que le contaran antes de sufrir los primeros síntomas: “Me habría gustado que alguien me dijera, esto no está sola y se puede arreglar, porque de verdad que esto no lo tragamos solas. Es que nadie nos lo contó, ni nuestras madres. Ahora que parece que por fin podemos normalizar esta conversación y empezamos a romper este estigma”.

Luchar contra el estigma

Una palabra que se repite constantemente en su libro y en su discurso: “Ese estigma de estás vieja y ha empezado tu fin es una mentira, es una carga cultural, estereotipada, que se aleja de la realidad y que nos ha hecho muchísimo daño. A mí me habría gustado saber que después había una mejor versión posible y que estaba en mi mano gestionarla y hacer ese camino”.

“La información me dio el poder”, afirma con una rotundidad que contrasta con el caos previo. “Cuando entiendes lo que te pasa, cambia todo”, resume. Y no lo dice en clave de cierre, sino como apertura. Porque entender no elimina el proceso, pero sí modifica la manera de atravesarlo. Y en ese matiz, casi invisible, se juega buena parte de lo que ella defiende.

En paralelo, su reflexión deja entrever otra dimensión menos evidente: la de cómo esa falta de comprensión afecta también a los vínculos. No solo en el ámbito médico, sino en el doméstico, en el afectivo, en lo cotidiano. “No te entienden, pero tampoco te entiendes tú”, viene a sugerir en distintos momentos de la conversación.

Y es ahí donde su relato vuelve a lo humano, a lo relacional, a esa zona donde la biología deja de ser abstracta para convertirse en convivencia. Porque lo que está describiendo no es únicamente un proceso del cuerpo, sino una forma distinta de estar en el mundo cuando el cuerpo deja de comportarse como se esperaba.