Valentín Pérez, médico jubilado e impulsor de proyectos comunitarios: “La gente se siente feliz, nos ayudamos”

Hablamos con este doctor e impulsor de proyectos comunitarios asturiano (huertos, el consumo local, el trueque, la economía solidaria). Asegura que otra vida más sana es posible
“Necesitas levantarte todos los días con la ilusión de hacer algo. Tener un propósito. Cultivar las relaciones humanas, con la familia, con la pareja, con los amigos. Sacar tiempo para eso”
Valentín Pérez lleva gran parte de su vida como médico rural en Llanera, un concejo próximo a Oviedo. El año pasado se jubiló, y ahora dedica su tiempo a su pasión, proyectos comunitarios vinculados a los huertos, el consumo local, el trueque, la economía solidaria y el encuentro con los otros. Es el precursor de PaSaLo (Pandemia de Salud y Longevidad) y la finca de su padre es la sede de Ecopruvia, donde se promueven estas actividades. Además se cultivan alimentos que se intercambian en grupos de autoconsumo. Otra vida es posible. Hablamos con él de todo esto.
Al ver sus redes y lo que va compartiendo, da la sensación de que es una persona tranquila, en paz consigo mismo y con la vida. ¿Es así o es una pose?
No, no es una pose. Me siento feliz y disfruto cada momento. Afortunadamente tengo a mi familia bien y me gusta lo que hago, ahora más que nunca. Creo que, si uno no abraza la vida que está viviendo en este momento, empieza el calvario. Cuando quieres que la vida sea de otra manera, luchas contra cosas que no puedes cambiar y ahí empieza el sufrimiento.
Hay una idea muy sencilla, que ya manejaban los estoicos: diferenciar las cosas que están a tu alcance, aquellas que puedes cambiar o mejorar, de todas las demás. Y emplear tu energía en lo primero. Si estás siempre pensando que algo tendría que ser mejor o diferente, eso se convierte en una fuente constante de sufrimiento y de desgaste. En los momentos buenos y en los malos toca aceptar el momento que estás viviendo y adaptarte. Yo, en general, estoy muy feliz y agradecido a la vida. Cada momento de vida es un regalo. Eso muchas veces no lo vemos hasta que nos vamos a morir, pero entonces ya es demasiado tarde.
¿Esto lo ve ahora, después de jubilarse, o siempre ha sido así en su trayectoria?
En realidad, viene de antes. Para mí, la medicina significa acompañar a una persona que se siente mal en el viaje hasta que vuelve a sentirse bien. Y eso requiere tiempo. No es solo hacer un diagnóstico, poner un tratamiento y mandar al paciente a un especialista. Durante los últimos quince años de mi vida he dedicado a mis pacientes prácticamente toda mi vida, desde las ocho de la mañana hasta las once de la noche, a veces hasta las doce. Incluso los fines de semana.
El 99% de las personas que vivieran así se sentirían esclavas y acabarían colapsando. Yo podría haberlo hecho de otra manera, más rápido, pero uno solo se siente bien cuando es coherente. ¿Cómo consigues ser feliz si estás en una consulta con cuarenta personas esperando, algunas llevan dos horas y media allí, sabes que la jornada terminará a las once de la noche y que al día siguiente será igual? Solo hay una manera: entregarte con compasión a lo que tienes en cada momento. Esa persona que tienes delante, aunque haya cuarenta esperando, es lo más importante. Vivir el instante con intensidad, con placer, con dedicación y con conexión con la otra persona. Lo único que tenemos ahora mismo es esta conversación.
Su apuesta por lo comunitario viene entonces de esa vocación médica, de ayudar al otro. ¿Hasta qué punto la comunidad es importante para la salud individual?
Mi primer contacto con esa perspectiva comunitaria fue en la infancia. En los pueblos se vivía así. Hace sesenta años había muchas tareas que se hacían juntas. Ibas de una casa a otra, la gente se reunía para ayudar a alguien y al día siguiente tocaba en casa de otro. Era la vida ordinaria.
Luego, durante mi formación como médico de familia, coincidí con un momento de mucha fuerza del enfoque comunitario en salud. Soy de las primeras generaciones de médicos de familia y nuestra especialidad se llama Medicina Familiar y Comunitaria. Somos médicos de las personas, de las familias y de las comunidades.
La salud de una comunidad depende de muchas circunstancias bien conocidas. La medicina no es la principal. Depende de las condiciones de vida, de los estilos de vida, del apoyo social. El potencial de salud que podríamos generar si incidiéramos en esas cosas sería extraordinario. Si pudiéramos modelar una población y conseguir que nadie fumara, que todo el mundo se moviera al aire libre, que comiera bien, durmiera bien y tuviera un contexto social con mucho apoyo comunitario, aumentaríamos de forma enorme la esperanza de vida. Eso es pura ciencia. Eso es salud comunitaria.
Pero vamos por mal camino. Las comunidades se están debilitando y vivimos en un mundo que tiende a la individualización.
Es verdad. Yo no soy pesimista, porque creo que muchas cosas van a mejor en el mundo, pero la sensación de comunidad, la sensación de pertenencia, la vida comunitaria en los barrios y en los pueblos, se está debilitando mucho.
El modelo económico ha fragmentado las familias. Las ha convertido en familias nucleares, aisladas, ya no en aquellos clanes o familias extensas. Y también ha fragmentado los barrios y las comunidades locales, porque se ha desmantelado la economía local. Antes ibas a comprar al panadero de tu barrio, al frutero de tu barrio o al mercado al aire libre donde venían los agricultores. Conocías a la mayor parte de las personas que te abastecían. Era una red de relaciones.
Ese concepto de comunidad, esa percepción de que pertenecemos a algo más grande, se va diluyendo en una globalización en la que vas a trabajar a un sitio, luego compras en el supermercado y esa es tu conexión con el mundo.
Algunos países han desarrollado modelos muy autónomos para los más mayores. ¿No basta con cubrir sus necesidades materiales?
Algunos países, como los nórdicos, han sido punteros en desarrollar una vida muy autónoma y autosuficiente para las personas mayores. Llegaron al punto de que todas las personas de más de setenta años tienen vivienda, condiciones económicas suficientes, ayuda en el domicilio si necesitan cuidados y sus necesidades sociales cubiertas. ¿Y cuál es el resultado? Un desastre de soledad.
Cuando no necesitas a nadie, nadie necesita a nadie. El sistema está diseñado para que lo resuelvas todo de manera individual. Pero nosotros hemos evolucionado durante cientos de miles de años formando parte de comunidades. La supervivencia dependía de mirar por el bien común. El bien particular existía si la tribu sobrevivía, si la tribu conseguía comida suficiente. Nuestro cerebro sigue siendo, en buena medida, el del cazador recolector. La gente se siente feliz cuando pertenece a una comunidad donde todos nos ayudamos, nos apoyamos y hacemos cosas unos por otros. Es como si el cerebro volviera a su estado natural.
Eso lo ha probado con los huertos comunitarios. ¿Cómo empezaron y en qué consisten?
Los huertos comunitarios son muy sencillos. Tenemos unos terrenos, los hemos preparado y acondicionado para que la gente pueda venir, plantar y cuidar lo que se va cultivando. Yo vengo de una familia de agricultores y yo mismo cultivo. Tenemos algo de maquinaria, tractores viejos, y eso ayuda.
Normalmente nos juntamos los domingos por la mañana, aunque también hay encuentros entre semana. Plantamos, cuidamos lo que está creciendo y recolectamos lo que ya ha madurado. Hace poco que empezamos, pero la gente ya viene y se lleva cosecha. Como hay abundancia, una parte queda también para la casa y otra se integra en el grupo de consumo de la asociación.
Unas cuarenta o cincuenta familias son socias del grupo de consumo. Entre la producción de los huertos comunitarios, la de los huertos que tenemos algunos de nosotros y la de otros agricultores locales de la zona de Asturias, llevamos cada semana al domicilio de las familias asociadas la comida que necesitan. Tenemos unos cien productos locales y otros doscientos, o más, de fuera, de aquello que no producimos aquí. Lo que no se produce en la zona lo pedimos a agricultores de otras partes de España.
Empezamos con este sistema en 2008 o 2009. Nació como una especie de mecanismo de supervivencia. En aquellos años, en la consulta, veía a diario personas que habían tenido una buena situación económica y llegaban arruinadas, con deudas, sin saber qué hacer con su vida, sintiéndose inútiles.
Fue un momento en el que crecieron pequeñas comunidades que intentaban responder a esa situación de una forma práctica: ¿tú qué sabes hacer? Uno sabe de ordenadores, otro pintar casas, otro arreglar cosas. Se trata de intercambiar trabajos y valorar esos trabajos mediante un sistema de trueque. Es una manera de inclusión social y de facilitar intercambios, especialmente cuando la economía entra en recesión.
Cuando hay menos dinero y menos empleo se genera un círculo vicioso. Pero las personas son las mismas. Quien no tiene empleo sigue teniendo ganas de trabajar y sigue siendo capaz de hacer cosas a cambio de las cuales puede obtener recursos para su subsistencia. Para eso sirven estos sistemas complementarios.
¿Y cómo funciona en la práctica?
Por ejemplo, yo tengo producción agrícola, pero no cobro ni un euro por lo que aporto a la comunidad. A cambio, si necesito un litro de aceite o cinco, los cojo en el grupo de consumo. O si necesito cualquier otra cosa, igual. Funcionamos así.
Además, cada vez estamos impulsando más lo que llamamos economía del don. Es otra cosa. La economía del don significa que compartes aquello de lo que tienes abundancia sin esperar contraprestación. No hay un registro de lo que diste ni de lo que te deben. Das y ya está. La ciencia no deja dudas de que uno de los sentimientos que más promueven la felicidad es la gratitud. Agradecer nos sienta bien.
Habla mucho de disfrutar el momento.
Claro. Se trata de darte cuenta de que cada momento de la vida es un regalo. No solo los regalos que te hacen otras personas, sino los que te hace la propia vida: el mero hecho de existir, estar ahora aquí, que no te duela nada, sentir el aire, mirar un paisaje, estar acompañado por familiares o amigos. Todo eso lo damos por hecho, pero llegará un día en que ya no estará.
Los huertos, el campo y el contacto con otras personas también ayudan a envejecer mejor. Asturias es una de las regiones más envejecidas de España. ¿Este tipo de iniciativas sirven para ganar salud?
Sin ninguna duda. Hay muchas pruebas, aunque no puedas estudiarlo como si fuera un ensayo clínico. Cuando observas grandes grupos de población, ves que la mayor parte de las comunidades extremadamente longevas del planeta están formadas por gente del campo, personas con huertos. No han hecho deporte en su vida, pero tampoco han pasado la vida sentadas en un sofá viendo la televisión.
Esa vida activa, al aire libre, compartida con otras personas, en la que además experimentas el placer de llevarte tus propias frutas y hortalizas a casa, es muy saludable. Cuando tienes un huerto comes muchas más frutas y verduras que si tienes que comprarlas todas. Tener una vida en contacto con la naturaleza y un pequeño huerto es una de las actividades que más claramente se vinculan con la longevidad.
En su comarca hay otro proyecto comunitario, Axuntase, un cohousing intergeneracional. ¿Está ya en marcha?
Sí, tenemos mucha relación con ellos. De hecho, consumen productos de nuestro grupo de consumo. Hemos hecho juntos también un proyecto de comunidades energéticas para producir energía y compartirla. Están pendientes de los últimos permisos y retoques, pero están ya con un pie allí.
¿El cohousing puede ser una buena manera de envejecer?
No me cabe duda. En nuestra familia también funcionamos un poco así. Hay varias casas en la finca. Una de mis hijas vive allí con nosotros y se han ido arrimando otras familias. Ahora mismo hay, por lo menos, cuatro familias en la finca.
Convivir en un mismo espacio permite aprovechar recursos que, individualmente, serían mucho más costosos o cansados de mantener. Allí nadie se plantea que tenga que haber un coche privado por cada familia. Se usa el que esté disponible. También hay espacios comunes para actividades. Aunque una familia sea formalmente propietaria de algo, no se vive así: se entiende como algo al servicio del bien común.
El grupo de consumo también funciona un poco de esa manera. No es una empresa individual. Utilizamos una furgoneta, un espacio donde se preparan los pedidos, terrenos, maquinaria e infraestructura para el bien común.
Hasta ahora los padres envejecían en la familia, pero ese modelo se ha roto. Cuando empiezan a necesitar ayuda, muchas veces los llevamos fuera. ¿Estos proyectos pueden responder a ese cambio?
Creo que es necesario, pero también es triste. De alguna manera, las residencias se convierten en las comunidades de los ancianos, entre comillas. Pero eso no tiene nada que ver con la vida de una familia intergeneracional.
Mi padre tiene 93 años y se va a la huerta. La primera que se apunta a ir con él es Lume, una de las nietas más pequeñas, que tiene tres años. Y estamos todas las generaciones por el medio: mis hijas, mi generación y la de mis padres. Eso es una riqueza para los abuelos, que son felices viendo corretear a los niños, y también para los niños. Para ellos eso es vida.
Su padre fue agricultor ecológico. ¿Qué consejo suyo le ha servido más?
Mi padre sigue siendo agricultor ecológico. La finca donde hacemos ahora todo esto fue la primera finca certificada como ecológica en Asturias. Hacíamos agricultura ecológica mucho antes de que hubiera consejo regulador.
Un consejo suyo que no olvido me lo daba cuando yo era joven. Íbamos a la huerta y yo estaba siempre pensando en otras cosas, con la idea de estudiar, ir a la universidad, ser más intelectual. Entonces él, mientras plantábamos lechugas, me decía: “¿Dónde estás?”. Muchos años después me encontré haciendo vídeos sobre volver al presente, disfrutar del momento y saborear cada cosa que estás haciendo. Aquello que él me decía en la huerta terminó siendo una conquista intelectual para mí.
Mi padre tiene el aire de un paisano tranquilo. No lo he visto apurarse nunca y ha trabajado toda la vida como un burro. Cuando hicieron la casa, se levantaba todo a mano. Había que traer el agua de una fuente que estaba a un kilómetro, hacer el hormigón a mano y hacerlo después de volver de trabajar en una fábrica metalúrgica. Aun así, no lo he visto apurado nunca.
Además, siempre ha sido muy sociable. Si un vecino necesitaba arreglar algo de luz, fontanería o cualquier aparato, allí iba él. Sabe hacer un poco de todo. Creo que ese también es parte del secreto.
Usted se ha jubilado hace poco. ¿Qué recomendación daría a los lectores para vivir mejor la jubilación?
Está claro lo que dice la ciencia. Necesitas levantarte todos los días con la ilusión de hacer algo. Tener un propósito. Cultivar las relaciones humanas, con la familia, con la pareja, con los amigos. Sacar tiempo para eso.
También es muy importante moverse y hacerlo en la naturaleza. Tener una actividad interesante que te haga levantarte con ilusión. Caminar por la orilla de un río, ir a la montaña, tener un huerto y hacerlo con otras personas. Al final es la forma de vida que los seres humanos hemos tenido desde siempre y la que hace sentirse bien a la mayoría.
También es verdad que cada persona es un mundo y no se pueden dar recomendaciones genéricas que valgan para todos. Cada uno debe encontrar su lugar. Algunas personas lo encuentran implicándose más con los nietos, otras en proyectos comunitarios, otras en la naturaleza o en muchas otras cosas. Lo importante es que haya propósito, relaciones y vida compartida.

