Doctor Hernández Poveda, sobre la receta de la longevidad: "Envejecer es opcional"
José Hernandez Poveda presenta 'Envejecer es opcional' donde marca las pautas para mejorar la calidad de vida: "Algunos venden longevidad en botes y no funciona"
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El doctor José Hernández Poveda, especialista en longevidad y autor de 'Envejecer es opcional', lleva años intentando desmontar una idea incómoda: que envejecer mal es inevitable. Su trabajo se sitúa en ese territorio donde la medicina deja de ser solo reactiva para convertirse en preventiva y, sobre todo, en predictiva. En su consulta y en su divulgación insiste en una misma idea de fondo: no se trata únicamente de vivir más, sino de decidir cómo se viven esos años añadidos. Y ese cambio, según él, no es filosófico, sino profundamente científico. “Ese es exactamente yo diría que es el cambio de paradigma entre la medicina tradicional y la medicina de longevidad”, explica desde el inicio.
Su planteamiento parte de una base medible, casi matemática del envejecimiento. “Hay marcadores que están más que estudiados, como la masa muscula o la salud cardiovascular que nos indican la probabilidad que tiene cada individuo justamente de mantener su calidad de vida a medida que va cumpliendo años”, detalla. La clave, insiste, no está en la incertidumbre sino en la anticipación. “Esos marcadores los podemos medir con mucha anticipación y tomar las medidas necesarias para tenerlos en el punto óptimo”. No promete certezas absolutas, pero sí algo más tangible: margen de maniobra.
En ese contexto aparece una de sus ideas más repetidas: la medicina de longevidad no repara tarde, sino que interviene pronto. “Al final sigue siendo probabilidades, no podemos asegurar nada, pero sí podemos tener las mejores cartas posibles para el resto de los años que nos quedan”. La expresión es deliberada, casi cotidiana, porque busca acercar un concepto complejo a una realidad comprensible. El objetivo no es eliminar el azar, sino reducir su peso en el deterioro funcional de la vida.
Jovenes, pero no tan invencibles
El momento en el que empezamos a preocuparnos por cómo vivimos el futuro, según el doctor, suele llegar tarde. Y esa tardanza tiene explicación. “Cuando somos jóvenes nos creemos invencibles y siempre vivimos bajo la falsa ilusión de que estamos sanos”, advierte. El problema no es solo biológico, sino cultural: normalizamos señales que, en realidad, no deberían asumirse como inevitables. “Me han hecho la analítica y me han dicho que todo es normal y eso nos da una falsa sensación de seguridad”, añade, desmontando una confianza que, en su opinión, es engañosa.
Para él, el envejecimiento no es un interruptor que se enciende a una edad concreta, sino un proceso continuo. “El envejecimiento es una pérdida progresiva de nuestras habilidades cognitivas, físicas o emocionales y es un daño progresivo que se va acumulando de forma muy lenta prácticamente desde el momento en que nacemos”. Esa mirada desplaza el foco: no hay un antes y un después, sino una línea constante de acumulación. Y por eso insiste en que cuanto antes se intervenga, mejores son los resultados.
“Cuanto antes una persona sea capaz de empezar a modificar sus hábitos y vivir con un estilo de vida casi pensando en la longevidad, muchos mejores serán los resultados”, resume. La idea de fondo es sencilla, pero exigente: el futuro no se improvisa cuando llega, se construye mucho antes. Y en ese proceso, cada decisión cotidiana suma o resta capacidad funcional.
Cuanto antes una persona sea capaz de empezar a modificar sus hábitos y vivir con un estilo de vida casi pensando en la longevidad, muchos mejores serán los resultados
La conversación sobre edad y vitalidad suele girar en torno a una tensión evidente: hay personas de 50 años agotadas y otras de 80 plenamente activas. Para el especialista, esa comparación no es anecdótica, sino reveladora. “Una parte muy importante está en la mentalidad, sin lugar a dudas”, afirma. La actitud, sin embargo, no es un concepto abstracto, sino un conjunto de conductas sostenidas en el tiempo.
“Siempre necesitamos tener proyectos, necesitamos tener ilusión por vivir”, insiste. Y ahí introduce uno de los conceptos centrales de su discurso: el propósito. “Lo que los japoneses llaman el Ikigai. Sin esto todo lo demás deja de tener sentido”. No lo plantea como una moda importada, sino como una variable con impacto real en salud. “Las personas que mantienen conexiones sociales significativas tienen mejor salud y mejor esperanza de vida”, señala, vinculando lo emocional con lo fisiológico.
El mensaje es claro: no se trata solo de añadir años, sino de dotarlos de dirección. “Alargar la vida para que sea una vida de sufrimiento, de dolor y de depresión no tiene mucho sentido”. La longevidad, en su visión, solo tiene valor si mantiene la capacidad de disfrutar, decidir y participar activamente en la propia vida.
Cuando se le pregunta por los hábitos que más aceleran el envejecimiento, su respuesta no duda. “Sin duda el sedentarismo, la falta de ejercicio”, afirma con rotundidad. No lo plantea como una recomendación genérica, sino como un factor determinante. A ese primer bloque añade otros dos elementos igual de críticos: “El consumo de alimentos ultraprocesados… y la falta de descanso”.
El sueño aparece como un punto ciego habitual. “El que siempre se sacrifica es el sueño”, advierte. Y ahí introduce una de sus ideas más insistentes: el daño no es inmediato, pero sí acumulativo. “No somos conscientes del daño que produce en el cerebro y en nuestro organismo en general cada hora de sueño que sacrificamos”. La lógica moderna del rendimiento, sugiere, ha convertido el descanso en una variable prescindible, cuando en realidad es estructural.
En paralelo, aparece otra observación recurrente en su consulta: la falta de tiempo suele ser una excusa mal planteada. “Todo el mundo dice, ya, pero es que yo trabajo, tengo niños… pero luego ves que pasan tres o cuatro horas al día en redes sociales”. La contradicción, señala, no es de disponibilidad, sino de prioridades. “El cerebro humano está diseñado para la recompensa inmediata, no para la recompensa dentro de 20 años”.
No hay atajos para alargar la vida
Uno de los pilares más sólidos de su enfoque es la medición. Frente a las modas de salud o las recomendaciones generalistas, insiste en la individualización. “Para mí el error más frecuente es que no lo miden”, explica. Sin datos, sostiene, cualquier intervención es intuitiva, y por tanto insegura. “Luego cuando medimos el efecto, muchas veces vemos que no ha mejorado nada o incluso que está produciendo un daño”.
En ese sentido, desmonta también la idea de atajos en longevidad. “Hay personas que venden longevidad en botes y la longevidad no funciona de esa forma”, afirma con claridad. No niega el valor de la suplementación en contextos concretos, pero la sitúa en un segundo plano. “Eso nunca puede ser la base de ningún tratamiento de longevidad”, subraya.
La base, insiste, son hábitos estructurales. “Dormir entre 7 y 8 horas, entrenar fuerza, entrenar cardio, eliminar ultraprocesados y aumentar las conexiones sociales”. La lista no es novedosa, pero sí exigente en su coherencia. Y añade un matiz importante: no se trata de hacer mucho, sino de hacer lo correcto de forma sostenida.
En la parte final de la conversación, el doctor deja una idea que condensa todo su discurso. “Nunca es tarde. Tengo pacientes desde 25 años hasta 95 y todos están mejor”. Pero matiza inmediatamente: “El mejor día para empezar fue ayer y el segundo mejor es hoy”. La frase funciona como cierre práctico a un planteamiento que, en el fondo, busca activar decisiones inmediatas.
El envejecimiento, tal y como lo describe, no es un destino fijo sino un proceso moldeable. “Cada vez que hay un daño establecido en el cuerpo, en muchos órganos es irreparable”, advierte, lo que refuerza la importancia de la prevención. No se trata de corregir tarde, sino de intervenir antes de que el deterioro se consolide.
Y al final deja una última pregunta, casi como una herencia intelectual: “xº”. No es una reflexión retórica, sino el núcleo de toda su propuesta. Porque, en su visión, la longevidad no empieza en el futuro, sino en la próxima decisión cotidiana.
