Salud y Bienestar

Rachel Zoffness desmonta la visión tradicional del dolor crónico: “No se trata solo de pastillas y cirugías”

Una mujer se duele de la espalda. Pexel
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Durante años nos hemos contado una historia demasiado simple sobre el dolor: si duele la espalda, el problema está en la espalda; si duele la rodilla, el problema está en la rodilla. Y si duele mucho, se arregla con una pastilla, una infiltración o, con suerte, una cirugía. Esa forma de entender el dolor ha guiado la medicina durante décadas. El problema —incómodo, pero cada vez más evidente— es que la ciencia ya no la sostiene.

La doctora Rachel Zoffness lleva años intentando explicar esto sin rodeos. Psicóloga clínica y especialista en dolor, ha condensado su visión en el libro ‘Dime dónde te duele’, una obra que no solo informa. Sobre todo, desmonta la idea más arraigada de todas: que el dolor es una señal directa de daño físico.

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Todos conocemos a alguien que lleva años diciendo aquello de ‘la espalda me mata’. Y que ha asumido que vivir con dolor es parte del pack de cumplir años. “Ese es el peor error de concepción que tenemos”, asegura la doctora californiana en conversación con Uppers. “A la mayoría de la gente nos han vendido la mentira de que el dolor es puramente un problema físico, que solo tiene que ver con la anatomía y la fisiología y que únicamente requiere una solución biomédica. Pero la neurociencia ha demostrado durante décadas que el dolor nunca tiene que ver solo con la parte del cuerpo que duele”.

Es decir, que el dolor va más allá de la sensación física. Esa es la tesis que Zoffness defiende y aclara durante las más de 150 páginas que presenta en su estudio: que el dolor es mucho más complicado de lo que nos han vendido hasta ahora y que se construye en el cerebro y en las conexiones neuronales entre las diferentes partes del ser humano.

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La palabra biopsicosocial es la clave de todo

Para argumentar su razonamiento, acude a un ejemplo muy cinematográfico como es el síndrome del miembro fantasma. Es algo que afecta al 80% de los pacientes que pierden un miembro de su cuerpo y que sienten dolor en ese miembro que ya no está. “Si puedes sentir ese dolor en una zona que ya no existe en tu cuerpo, eso nos dice definitivamente que el dolor no solo estaba en ese miembro”.

La neurociencia lleva décadas mostrando que el cerebro no es un simple “receptor” del dolor, sino su creador. Recibe señales del cuerpo, pero las interpreta, las filtra y las transforma antes de convertirlas en la experiencia consciente de dolor. Eso cambia el foco. El problema no es solo “dónde duele”, sino cómo el cerebro decide que algo duele.

Zoffness reclama que si el cerebro es capaz de crear emociones, también es capaz de generar dolor. Y ahí introduce el concepto central de su libro: “El dolor biopsicosocial. Es una palabra extremadamente importante y significa que, por supuesto, hay un componente biológico. La anatomía importa. Pero también hay componentes psicológicos, ya que las emociones, negativas o positivas, amplifican o disminuyen el dolor. Y los componentes sociológicos del dolor. Todos estos factores juntos dan la verdadera receta del dolor”.

El error, según la autora, es seguir pensando en compartimentos estancos: o es del cuerpo o es de la mente. “Eso simplemente no es verdad”, insiste. Y para hacerlo más comprensible, Zoffness recurre a una metáfora que repite a menudo con los pacientes: la receta del dolor. Bueno, en este caso son dos.

La edad es un componente muy importante en el dominio biológico del dolor y es algo que, por desgracia, no podemos controlar

Por un lado está la receta del dolor de alta intensidad. Sería algo así como la comida rápida. “Tu dolor empeora cuando estoy sentado mirando una pantalla durante muchas horas. También empeora después de una noche con mal sueño. O si tengo una dieta de mierda. Y, por supuesto, con el estrés o estar aislado durante periodos de tiempo. Todo eso hace que el dolor aumente. Y todos estos ingredientes son biopsicosociales”. Pero Zoffness también da la receta para bajar la intensidad del dolor: hacer todo lo contrario. Es decir, dormir más, comer mejor, relacionarnos más e intentar controlar un estrés al que señala como uno de los grandes enemigos del dolor.

En esa receta del dolor que enumera Rachel Zoffness hay un ingrediente que juega un papel fundamental y es la edad. Es cierto que cuantos más años cumplimos más cosas nos duelen, pero también es verdad que envejecer no significa que no haya espacio para mejorar. “La edad es un componente muy importante en el dominio biológico del dolor y es algo que, por desgracia, no podemos controlar. Pero a cambio hay muchos otros que sí se pueden controlar para rebajar el umbral del dolor”.

Otro de los mitos que intenta desmontar el libro es luchar contra esa idea preconcebida de que muchas veces el dolor es algo psicosomático, que solo está en la cabeza: “Absolutamente es uno de los grandes argumentos contra los que hay que luchar. Muchos pacientes dicen que el dolor está solo en su mente, que es solo psicológico y eso conlleva cierto estigma y vergüenza. Pero eso no es verdad. Nunca. Por lo que decimos, el dolor nunca es solo físico o solo psicológico. Es biopsicosocial”.

El aislamiento como agravante del dolor

¿Y por qué tenemos estas ideas tan interiorizadas? Por culpa de agentes externos y de falsos mitos. Especialmente en la medicina occidental, como apunta Zoffness. “Recibimos este mensaje por parte de nuestros proveedores de sanidad. Es una leyenda eso de que o tu dolor es físico y acudes al médico o tu dolor es emocional y necesitas ver a un psicoterapeuta. La neurociencia nos dice que todo eso no es verdad. El dolor siempre es físico y emocional”.

Ya hemos hablado de los componentes físicos y psicológicos del dolor. Pero Zoffness va un paso más allá y apunta al componente social como el aspecto que más le ha sorprendido en estas tres décadas de estudio sobre la neurociencia del dolor. “Lo que he aprendido mientras estudiaba el dolor es que uno de los peores dolores que puede sentir el ser humano es el aislamiento social, el confinamiento solitario. Ser social, estar con otros, es tan importante para nuestra supervivencia que nuestro cerebro nos recompensa y produce sustancias que nos hacen sentir mejor físicamente. Especialmente las endorfinas”.

Quizá la idea más importante del libro no sea una respuesta, sino un cambio de enfoque. No se trata solo de preguntar “¿qué me duele?”, sino “¿qué está alimentando este dolor?”. Porque el dolor no es un fallo puntual del cuerpo. Es un sistema dinámico influido por múltiples factores. Quizá el gran error haya sido tratar el dolor solo como una avería del cuerpo, cuando en realidad también habla de cómo vivimos.