Marcos de Castro, impulsor de un proyecto de cohousing: “La convivencia es lo más bonito y también lo más difícil”

Se plantean pisos de 60 metros cuadrados a un precio entre 250.000 y 300.000 euros, con zonas comunes, jardines y plazas de aparcamiento en el barrio de Pueblo Nuevo de la capital
Meridiano es el primer proyecto de cohousing que arranca dentro de la ciudad de Madrid
En España el cohousing se abre camino a machetazos entre la falta de suelo, una financiación difícil y el desánimo de los participantes durante un proceso que dura de media 15 años. La falta de suelo y de apoyo de los ayuntamientos a este tipo de proyectos hace que los lugares elegidos hasta ahora se sitúen fuera de las grandes ciudades y un poco alejados de todo.
Ahora, en Madrid un grupo de jubilados están a punto de comenzar el primer cohousing senior en el centro de una gran ciudad. Se llama Meridiano y quieren levantar un complejo de 40 apartamentos con espacios comunes y zonas ajardinadas en el barrio de Pueblo Nuevo de la capital. Su impulsor y presidente de la cooperativa es Marcos de Castro.

Este tipo de iniciativas suelen ser complicadas de sacar adelante y muchas veces nacen de grupos con cierta predisposición o recorrido en el mundo cooperativo o comunitario. ¿También es tu caso?
Sí. Yo procedo del mundo cooperativo. He estado vinculado al Grupo Mondragón y ese espíritu cooperativo está muy presente en mi manera de entender las cosas. Después me integré en una organización de mayores, la Unión Democrática de Pensionistas, y desde ahí empezamos a trabajar en esta idea de buscar soluciones para vivir y envejecer juntos.
Lo que planteamos no es una residencia ni una promoción de viviendas al uso. Hablamos de un grupo de personas mayores, o post laborales, que quieren organizar su propia manera de vivir esa etapa de la vida. Cada vez somos más mayores, pero todavía no se han desarrollado suficientes alternativas. Por eso pensamos que había que hacer algo.

¿Por qué envejecer con amigos en vez de hacerlo, como suele ser habitual, en tu casa, con tu pareja o con tu familia?
Por la necesidad de convivir con gente cercana, con amigos, cuando llegue una edad más avanzada. Puede que un día no esté mi mujer, o que no pueda conducir, o que necesite que alguien me lleve a algún sitio. En una comunidad así todo eso es más fácil.
No se trata solo de vivir acompañado, sino de no convertirse en una carga para los hijos. Tengo hijos, pero no quiero que mi vejez dependa exclusivamente de ellos. La idea es construir una red de apoyo mutuo.
¿Qué os han dicho vuestros hijos de esta decisión?
Creo que todavía no lo han entendido del todo. Ellos no piensan que puedas caer en dependencia y necesitar ayuda en el futuro. Eso les genera preocupación y ya tienen bastante con sus problemas. No han entrado mucho en el tema y creo que tampoco quieren entrar. Para ellos, como para mucha gente, resulta difícil comprender que alguien quiera organizar su vejez de una forma distinta a la habitual. Pero precisamente por eso es importante explicar bien estos proyectos. No les preocupa que no les quede nada en herencia ni ese tipo de cosas. Simplemente piensan que son cosas de papá y mamá.
¿Cómo os habéis formado para sacar adelante una iniciativa así? Supongo que os habréis fijado en otras experiencias, como Trabensol u otros proyectos que ya funcionan.
Sí, claro. Hemos mirado mucho otras experiencias. Trabensol, en Torremocha de Jarama, es una referencia, aunque también tiene sus particularidades. Allí, por ejemplo, hay personas que se han tenido que desplazar bastante o vender su vivienda para poder incorporarse. Nosotros queríamos hacerlo en Madrid, dentro de la ciudad, no a cien kilómetros. Queríamos un proyecto integrado en un barrio, conectado con la vida cotidiana y con los servicios.

Entonces, el objetivo no es solo vivir juntos, sino participar en la vida del barrio.
Exacto. Nosotros queremos plantearlo así. No queremos encerrarnos en una comunidad aislada. Queremos integrarnos en el barrio, participar en sus actividades, organizar iniciativas y abrir espacios de relación. El cohousing no tiene sentido si se convierte en una burbuja.
El suelo es una de las grandes dificultades de estos proyectos. ¿Cómo ha sido vuestro proceso?
Ha sido muy largo. Hemos tenido que negociar con el Ayuntamiento de Madrid durante 10 años. Empezamos en una etapa política, luego cambió el gobierno municipal y hubo que volver a explicar el proyecto. Primero tenían que entender qué era el cohousing; después, comprender la importancia del suelo; y, finalmente, aceptar que no se trataba de una operación especulativa, sino de una cesión para un proyecto social.
El Ayuntamiento sacó varias parcelas para proyectos de cohousing. Una estaba en San Chinarro y otra en la zona de Emilio Ferrari. Nosotros queríamos Emilio Ferrari porque encajaba mejor con nuestro proyecto y porque había una demanda clara de hacerlo allí.
Decías que lleváis unos diez años de trámites. ¿En qué momento estáis ahora?
Estamos todavía pendientes de formalizar algunas cuestiones. El Ayuntamiento ya ha avanzado mucho, pero necesitamos la comunicación formal y la firma de la cesión de uso. Estamos en ese punto.
¿Qué cálculos hacéis sobre cuándo podríais entrar a vivir allí si todo va bien?
Una vez tengamos la cesión formal, todavía quedará mucho trabajo. Los arquitectos tendrán que desarrollar el proyecto, habrá que tramitar licencias y después construir. Calculamos aproximadamente un año para cerrar esa parte administrativa y unos dos años más para la construcción. En total, podríamos hablar de unos tres años más, si todo va bien.
¿La fórmula es la de cooperativa en cesión de uso?
Sí. Nosotros formamos una cooperativa y las viviendas no son en propiedad, sino en cesión de uso durante 75 años, que es lo que nos ofrece el ayuntamiento. Eso es muy importante. Aquí no se compra una vivienda para especular, ni para dejarla luego en herencia como una propiedad normal. Es otro modelo.
¿Cuántos apartamentos tendrá el proyecto?
Serán 40 apartamentos. Todos los hemos planteado iguales, de unos 60 metros cuadrados, con dos habitaciones: una más grande y otra más pequeña. Esa segunda habitación puede servir para visitas, para una persona de apoyo o para situaciones de cuidados.
Además, habrá muchas zonas comunes: gimnasio, sala de lectura, sala de usos múltiples, lavandería, comedor y otros espacios compartidos. La idea es que la vida no ocurra solo dentro de cada apartamento, sino también en los espacios comunitarios.
¿Qué presupuesto manejáis? ¿Cuánto puede costar incorporarse a un apartamento de este tipo?
Todavía es difícil cerrar una cifra definitiva, porque hasta que no termina el proceso no sabes exactamente cuánto va a costar, pero estimamos que entre 250.000 y 300.000 euros. En cualquier caso, hay que insistir en algo: no es una vivienda en propiedad. Es cesión de uso.
Eso significa que el coste está por debajo del mercado, pero también que no puedes venderlo libremente ni especular con él. No compras una casa para hacer negocio.
¿Qué ocurre cuando una persona fallece?
El apartamento vuelve a la cooperativa. No pasa a ser una propiedad heredable como una vivienda convencional. Lo que se haya aportado se recupera según las reglas de la cooperativa, actualizándose de forma regulada, por ejemplo, con el IPC, pero no al precio de mercado. Lo fundamental es evitar cualquier tipo de especulación.
¿Y si alguien decide marcharse antes?
También puede hacerlo. La cooperativa le devuelve lo que corresponda según lo que haya aportado y según las normas internas. Está todo pensado para que una persona pueda salir sin que eso rompa el proyecto, pero también sin convertirlo en una operación inmobiliaria.
¿Tenéis ya ocupados todos los apartamentos?
Tenemos alrededor de 30 comprometidos. Todavía quedan plazas, aunque ya veremos cómo evoluciona. En estos procesos entra gente, sale gente, hay personas que se cansan por los plazos o cambian de vida. Es normal, porque llevamos muchos años.
¿Hay más gente ahora en la cooperativa que al principio?
Somos algo más, pero también ha habido muchas personas que se han ido quedando por el camino. Diez años es mucho tiempo. Algunas personas se han borrado, otras han encontrado otra solución, otras se han ido a Cataluña o a otros proyectos. Pero seguimos creciendo poco a poco, sobre todo por el boca a boca.
Esto no se puede construir solo con números. Se construye compartiendo valores. Alguien conoce el proyecto, se lo cuenta a un amigo, ese amigo se interesa y así va llegando gente que entiende lo que defendemos.
Hay una frase que se repite mucho en estos proyectos: el problema de la convivencia es la convivencia. ¿Cómo se trabaja eso?
Es verdad. La convivencia es lo más bonito y también lo más difícil. Por eso es importante que la gente no entre solo porque quiere un apartamento barato o una solución práctica para la vejez. Tiene que compartir una manera de entender la vida: cooperación, apoyo mutuo, participación, ausencia de especulación y compromiso con el grupo.
¿Qué es lo más complicado para que un proyecto de este tipo llegue a cuajar? Muchos empiezan, pero no todos salen adelante.
Yo diría que hay dos grandes dificultades. La primera es la política pública. Si las administraciones no entienden estos modelos y no facilitan suelo o mecanismos adecuados, es muy difícil avanzar. En España todavía hay poca experiencia y todo cuesta mucho.
La segunda dificultad es la financiación. La banca tradicional no siempre entiende bien estos proyectos. Hay entidades más sensibles al mundo cooperativo, como Fiare o Caja de Ingenieros, pero aun así es complicado. Se necesita asesoramiento y paciencia.
¿Habéis contado con ayuda externa para formalizar el proyecto?
Sí. Tenemos un equipo de arquitectos y también apoyo cooperativo para la parte financiera, contable y jurídica. Es imprescindible. Si no sabes nada de estos temas, necesitas ayuda. Eso cuesta dinero, claro, pero es necesario porque no basta con tener una buena idea. Hay que convertirla en un proyecto viable.
Y queda un asunto esencial: los cuidados. En algún momento necesitaréis apoyo. ¿Cómo lo habéis previsto?
Es una de las preguntas más importantes y también una de las que más debate genera. El tema de los cuidados depende del nivel de dependencia al que llegue cada persona. Hay quien defiende que la comunidad debe acompañar hasta el final, sea cual sea la dependencia. Pero eso exige espacios, recursos y organización.
Lo que sí tenemos claro es que el apoyo mutuo forma parte del proyecto. Hoy yo te llevo en coche, mañana tú me ayudas con otra cosa. No todo tiene que resolverse desde una lógica institucional o residencial. Convivir también significa ahorrar soledad, apoyarse y acompañarse.
Entonces, el cohousing no sustituye todos los cuidados profesionales, pero sí crea una red.
Exacto. No se trata de negar que pueda hacer falta ayuda profesional. Pero vivir en comunidad cambia mucho las cosas. Hay pequeñas dependencias o necesidades cotidianas que se resuelven mejor si tienes gente cerca. Y luego, cuando la dependencia sea mayor, habrá que ver qué apoyos profesionales se necesitan y cómo se organizan. Lo importante es no llegar solos a esa etapa. Esa es la clave.

